viernes, 25 de marzo de 2016

El espía que me amó: Charlotte Philby vuelve a Moscú en busca de su abuelo Kim Philby

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El espía que me amó: Charlotte Philby vuelve a Moscú en busca de su abuelo Kim Philby

Traducción del artículo The spy who loved me: Charlotte Philby returns to Moscow in search of her grandfather Kim Philby publicado en The Independent el sábado 6 de marzo de 2010.

El brillante 4x4 negro retumba mientras avanza lentamente a través del cementerio. En los últimos días, pesadas capas de nieve se han depositado en las llanuras de Moscú y a ambos lados de nuestra carretera el suelo es de un blanco deslumbrante. Los dos hombres que asoman en los asientos delanteros –mis guardias de honor– permanecen en silencio, entrecerrando los ojos contra la luz del sol que se cuela a través de las copas de los árboles.

Finalmente, el coche se detiene y el conductor, mirándome por su espejo retrovisor, asiente. Sin decir una palabra, sale del coche con su larga gabardina oscura y sus zapatos de cuero pulido, abriéndome la puerta trasera para que le siga. Mientras la brisa gélida golpea nuestras mejillas, apunta hacia una tumba ligeramente elevada: “La mamá de Yeltsin”, explica. Caminamos en silencio; los demás se detienen, inclinando la cabeza, mientras me sitúo frente a otra tumba situada unos metros más allá.

Aunque esta es la primera vez que estoy frente al lugar donde reposan los restos de mi abuelo, lo reconozco al instante. Ya había visto la lápida –alta y pulida, con la inscripción en cirílico y la imagen de su rostro grabada en la superficie– en fotografías familiares o en recortes de prensa. También su cuerpo frío adornado con medallas– en un ataúd abierto, con guardias armados a ambos lados, así como el cortejo fúnebre multitudinario caminando a través del cementerio de Kuntsevo hacia este mismo lugar.

A los seis años de edad miraba todas esas fotos advirtiendo que había algo peculiar en el abuelo Kimsky. Hoy, de pie frente al lugar donde descansa para siempre, rodeada por ex primeros ministros y héroes nacionales, en un cementerio aislado a las afueras de Moscú y con dos perfectos extraños asomando por detrás de mí, rememoro una vez más lo diferente que fue.

Además de ser mi abuelo –a quien recuerdo, de mis viajes de infancia a Rusia, como un hombre viejo y divertido, con una sonrisa radiante, que se vestía casi exclusivamente con chalecos blancos y tirantes– Kim Philby, a día de hoy, sigue siendo uno de los agentes dobles más importantes de la historia moderna. En 1963, después de haber sido identificado en Gran Bretaña como el famoso “tercer hombre” del Círculo de Espías de Cambridge, Kim huyó a Moscú, para no volver a poner los pies nunca más en el otro lado del Telón de Acero.

Desde entonces ha habido numerosos intentos de entender cómo este alumno sociable de escuelas públicas inglesas y sus compañeros espías de Cambridge –Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross– pudieron ser persuadidos para traicionar a su país y engañar a sus familiares y amigos. Y a cada nuevo capítulo, la historia evoluciona y la respuesta se hace cada vez menos clara: cuanto más se profundiza en su personaje, más esquivo se vuelve.

Ahora, en un esfuerzo por poner un poco de orden en la comprensión que tengo sobre mi abuelo, para aclarar la imagen caleidoscópica que sobre él se ha formado en mi mente, he vuelto por primera vez, ya como adulta, al país donde vivió los últimos 25 años de su vida en el exilio político.

Charlotte Philby depositando flores en la tumba de su abuelo, en el cementerio de Kuntsevo

Es mi tercer día en Rusia. A media mañana, envuelta en el viejo sombrero de oso de Kim y un abrigo a juego (con este frío no tiene sentido reivindicar aquí los derechos de los animales), me pongo en camino desde mi hotel. Conmigo llevo un mapa y suficiente dinero para poder pagar el metro y el taxi que voy a tener que coger desde la estación hasta el cementerio situado junto a la autopista Mozhaisk.

Dos horas más tarde, azotada por el viento y prácticamente congelada de pies a cabeza, llego al concurrido cementerio en cuya puerta, con la esperanza de que el guarda pueda indicarme la dirección correcta, garabateo el nombre de mi abuelo y la palabra “comunista” en un pañuelo de papel a la vez que le muestro mi permiso de conducir.

Cuando por fin dejo claro que he venido desde Inglaterra para visitar la tumba de mi abuelo Kim Philby –el agente soviético que fue enterrado como un héroe en algún lugar de este cementerio a finales de los años ochenta–, el viejo guarda comienza a gritar y me conduce a una oficina a través de una puerta privada. Allí le explica la historia a un hombre alto, vestido con una gabardina oscura, que se identifica como el “jefe”. Éste, a su vez, me hace salir fuera en dirección hacia un flamante Range Rover con ventanas ennegrecidas.

Unos segundos después, cruzamos el cementerio a toda velocidad con el conductor haciendo varias llamadas telefónicas por el camino, cada una consistente en unas pocas frases cortas. A continuación, giramos por diferentes calles llenas de tumbas hasta el camino principal, controlado por guardias armados. Cuando divisan nuestro coche, los hombres se mueven de sus puestos, saludando y haciendo zumbar las puertas eléctricas; uno de ellos salta al asiento delantero y pide instrucciones mientras nos ponemos de nuevo en marcha.

Cinco minutos más tarde, estoy mirando la sombra de un árbol alto y sin hojas que se extiende sobre la nieve, en el camino frente a la tumba de mi abuelo. Y me pregunto quién habrá estado aquí en las últimas horas y colocado un montón de flores de brillantes colores en la base del sepulcro.

Charlotte Philby, de pequeña, con su abuelo Kim, durante una de las visitas familiares a su apartamento de Moscú

Hay muchas cosas que sobre él con total certeza. Los hechos básicos, después de todo, están bien documentados. Kim fue reclutado para la causa comunista cuando era un estudiante en la Universidad de Cambridge. Después de su graduación en 1933, viajó a Viena para servir en la organización comunista internacional Comintern, que era ilegal en Austria. En su bolsillo portaba únicamente las 100 libras esterlinas que le había dado su padre, que también se había graduado en esa misma universidad.

St. John, un inconformista como su hijo, se había unido al Servicio Británico de Relaciones Exteriores en 1917, cuando Kim contaba cinco años de edad. Fue un oficial de la Función Pública de la India que se volvió arabista y explorador, que se pasó veinte años viajando en camello cartografiando el inexplorado desierto saudí de Rub al-Jali y que cruzó innumerables caminos en compañía de Lawrence de Arabia. Se acabó casando con una esclava que le regaló su amigo el rey Ibn Saud de Arabia Saudita, de quien fue asesor personal durante muchos años. Descontento con la política británica en el Medio Oriente, el padre de Kim renunció al Servicio Exterior en 1930, convirtiéndose al Islam y tomando el nombre de Hajj Abdullah.

En 1933 Kim se marchó a Viena. Allí se ofreció como voluntario en el comité de refugiados, recaudando fondos y escribiendo y difundiendo propaganda en secreto. También distribuyó ropa y dinero entre todos aquellos que habían huido de la Alemania fascista. Se casó con Litzi Friedmann, una activista judeo-austríaca, para ayudarla a salir de su país. Cuando en mayo la pareja regresó a Inglaterra, Kim ya era un agente soviético. Encontró trabajo como corresponsal en el extranjero y viajó mucho, mientras se iba aproximando a los servicios de inteligencia británicos. En 1944 fue nombrado jefe de la recién creada Sección Antisoviética, siendo enviado más tarde a Washington. Allí, como máximo representante y enlace del Servicio Secreto de Inteligencia, trabajó durante varios años con la CIA y el FBI. A lo largo de todo ese tiempo puso una gran cantidad de información directamente en las manos de los rusos.

A su regreso a Inglaterra, Kim se esforzó mucho en cubrir las huellas de su pasado comunista. En 1934 se unió a la causa de la Amistad Anglo-Germana, editó una revista pro-Hitler, se entrevistó repetidas veces en Berlín con el Ministro de Propaganda alemán e incluso fue condecorado por Franco en 1938 con la Cruz Roja al Mérito Militar. Poco a poco se fue convirtiendo en uno de los agentes dobles más astutos y traicioneros de todos los tiempos.

El agente Stanley, tal como se le conocía, era sin duda despiadado. De acuerdo con un reciente artículo publicado en el Daily Telegraph: “Durante años Philby saboteó misiones aliadas detrás Telón de Acero y envió a la muerte, de forma calculada, a docenas de agentes”. Casi con toda seguridad, Philby delató a los primeros albaneses entrenados por el Gobierno británico que fueron lanzados en paracaídas para sabotear el régimen comunista de Enver Hoxha y que acabaron siendo ejecutados. Es comprensible, por tanto, que sea odiado por mucha gente. En artículos publicados en internet los lectores lo describen habitualmente como “maligno” y “un cáncer para la sociedad”. Hace apenas cinco años, a mi madre y a mí nos echaron de una tienda en Arizona a causa del nombre en nuestras tarjetas de crédito.

Pero como el escritor Graham Greene –íntimo amigo de mi abuelo y oficial de la inteligencia británica que trabajó bajo sus órdenes en el MI6– escribió en la introducción de la autobiografía de Kim titulada Mi guerra silenciosa: “Desde su punto de vista, el fin, por supuesto, justificaba los medios. Sin embargo, éste es también el punto de vista, tal vez menos abiertamente, de la mayoría de los hombres que se dedican a la política, si hemos de juzgarlos por sus acciones, ya sea un Disraeli o un Wilson”. 'Él traicionó a su país' –sí, tal vez lo hizo–”, continúa Greene, “¿Pero quién de nosotros no ha cometido traición por algo o alguien más importante que un país? Philby creía que estaba trabajando para cambiar las cosas, lo cual beneficiaría a su patria. 

A lo largo de su vida, Kim se casó cuatro veces y tuvo cinco hijos con su segunda esposa, Aileen Furse. Su hijo mayor fue mi padre John Philby. En 1963, siendo un estudiante de arte de 19 años de edad, John se enteró de que su padre era un espía soviético mientras bajaba de un ferry en la Isla de Wight. Allí se encontró con un cartel en el que ponía que Kim era un hombre buscado por la justicia. Había transcurrido mucho tiempo desde que comenzaran las sospechas. En 1951 Kim había avisado a su compañero de Cambridge Donald Maclean de que Gran Bretaña conocía sus actividades como espía y que se había emitido una orden para su arresto. Cuando Burgess y Maclean huyeron a Moscú, evitando su captura, Kim fue el principal sospechoso de haberles dado el chivatazo. Pero en el famoso “Juicio Secreto” de 1952 convenció a su interrogador del MI5 Buster Milmo de que él no era un agente soviético. Logró engañarlo mediante el uso de su tartamudeo ocasional, con el que ganó tiempo para poder pensar antes de decir alguna mentira demasiado evidente. En 1955 Harold Macmillan, por entonces secretario de Relaciones Exteriores, leyó un comunicado confirmando que no había pruebas de que Kim Philby fuese un espía. En 1962, cuando Macmillan era ya Primer Ministro, el agente doble soviético George Blake fue arrestado. Kim ya no pudo ocultar la verdad por más tiempo.

Fotografía del portal de un edificio de Moscú no explicitado por la autora del artículo. Quizás para salvaguardar la intimidad y la seguridad de las personas vinculadas a Philby, en el texto no se hace referencia a este lugar

Estos son los hechos, aunque también hay un montón de interrogantes al respecto. Y son estas dudas las que tenía en mente cuando, al día siguiente, caminaba desde mi hotel en dirección hacia el apartamento de Kim, a través de la plaza Roja, siguiendo una ruta dibujada a lápiz sobre mi mapa. Unas indicaciones vagas elaboradas a partir de los recuerdos combinados de varios familiares, ninguno de los cuales ha estado aquí en los últimos 20 años.

A pesar de que visitamos a Kim en numerosas ocasiones, nadie de la familia dispuso nunca de su dirección en Moscú. En aquellos días, la correspondencia debía ser enviada a un apartado de correos de la ciudad. En su respuesta, Kim firmaba siempre con un nombre en código, “Panina” (una combinación de Pa y Nina, el alias utilizado por la esposa de Kim). Cada vez que íbamos a verle, nos recogían en el aeropuerto y nos llevaban hasta su piso en un coche del KGB. Y lo hacían a través de una ruta tortuosa para que nadie pudiese recordar cómo llegar hasta ese lugar.

Fue de hecho durante esos viajes cuando se formaron algunos de mis primeros recuerdos sobre las visitas a Kim. Por ejemplo, el estar casi “volando” por el tercer carril de una autopista en el interior de un coche camuflado. A veces, el conductor corría una cortina en la parte interior de las ventanillas y, antes de partir, ponía en el techo del coche una baliza con una luz azul intermitente. Si teníamos mucha suerte, en ocasiones –y esto sucedía en la década de 1980– desde un compartimento cerca de la palanca de cambios nos llegaba el sonido lejano de un zumbido. Nuestro escolta sacaba entonces de su interior un teléfono conectado a un cable en espiral y hablaba en voz baja repitiendo siempre las mismas dos palabras, khorosho” y da”, una y otra vez antes de colgar.

De todas formas, aunque hubiese conocido la dirección del abuelo, en el año 2010 ya no resulta un dato de mucha utilidad. Desde la desaparición de la Unión Soviética, muchas calles han cambiado de nombre. Pero esto hoy no importa. Como he dejado un buen margen de tiempo para poder perderme por las calles de Moscú, encaro tranquilamente el camino hacia el apartamento donde Kim vivió sus últimos 25 años de vida. Y donde su viuda Rufa me está esperando para pasar juntas una larga tarde de merienda y té.

Por el camino paso junto a algunos de los viejos refugios de mi abuelo y, haciendo caso a los consejos que daba a sus visitantes –“si ya no puedes sentir tu nariz, entra dentro”– hago una parada breve para tomar un café en el hotel Metropol, el famoso punto de encuentro soviético. Atravesar el desvencijado detector de metales de su entrada principal es como pasar a través del túnel del tiempo.

Hall del hotel Metropol de Moscú

En una zona aislada, junto al restaurante con cúpula (uno de los favoritos de Kim), veo un bar con poca iluminación que es atendido por camareros de piel gris. Las columnas que imitan el mármol se reparten entre racimos de sillas pintadas con pesados colores rojo y oro. Dichas sillas están ocupadas por grupos de hombres con trajes anticuados, maletines y gafas de montura gruesa, que beben vasos de vodka bajo una nube de humo de cigarrillo. Es evidente que todo esto ha conocido tiempos mejores.

La calle Tverskaya, la principal vía de Moscú, que yo recuerdo de las vacaciones de mi infancia como un tramo gris y monótono plagado de colas de gente que parecía que no sabían lo que estaban esperando (aunque generalmente eran naranjas o helado), resulta hoy en día apenas reconocible. Toda ella es una red de tiendas de diseñadores de moda y telefonía móvil, intercaladas con carteles chillones que cuelgan entre los edificios por encima de unas aceras siempre concurridas.

La Oficina Central de Correos, donde Kim iba cada mañana a recoger su correspondencia y una pila de periódicos británicos y estadounidenses, se encuentra a mitad de camino, a la izquierda de la calle. En su interior, el atrio que lleva al mostrador de clasificación y punto de recogida está salpicado de puestos de venta de productos electrónicos, caros accesorios de telefonía móvil y flores a tres Libras Esterlinas el tallo. Hay dos tiendas más de teléfonos móviles en el interior del edificio. En los escalones, una babushka envuelta en pieles pesadas y rodeada de bolsas de plástico cuenta un puñado de monedas de un penique.

Recuerdo una breve conversación telefónica que he tenido esta mañana con uno de los viejos camaradas de mi abuelo en el KGB, con quien he estado en contacto durante el transcurso de mi investigación para escribir este artículo. Me ha dicho que un grupo de cinco o seis de los ex colegas de Kim aún se reúnen cada mes para hacer un brindis en su honor. “No hay duda de que su abuelo habría desaprobado los agudos contrastes en la Rusia actual”, me ha dicho.

El alcance de estos contrastes se puede comprobar en dos artículos aparecidos consecutivamente en The Moscow Times. El primero informa que Rusia ocupa el lugar número 143 en la lista de las economías más libres del mundo, “sólo un punto más alto que los países con economías 'reprimidas' como Vietnam, Ecuador, Bielorrusia y Ucrania”, mientras que el siguiente cuenta cómo el oligarca Roman Abramovich, cuya riqueza asciende a 7.000 millones de Libras Esterlinas, se ha apoderado de treinta y cinco valiosas obras de arte para decorar su yate privado de 170 metros de eslora.

Antigua plaza Dzerzhinski, con el edificio de la Lubyanka (sede del KGB) al fondo

Un poco más allá de la esquina desde la que se domina la plaza Pushkin –el lugar donde se dice que se reunían los disidentes, sacándose los sombreros como señal para reconocerse entre ellos es la antigua sede del hotel Minsk que, como gran parte de la ciudad, se encuentra inmerso en un largo proceso de reconstrucción. En este lugar Kim se encontró por primera vez con el periodista Murray Sayle en 1967. Después de haberse asegurado la primera reunión de Kim con la prensa occidental tras su deserción, Sayle dice que lo encontró “un hombre cortés [que] sonríe mucho, con un pelo gris bien cortado y tez rubicunda que sugieren vitalidad y disfrute de la vida”.

El periodista añade que Kim demostró tener mucho aguante con la bebida durante el curso de sus reuniones posteriores, que tuvieron lugar a lo largo de una serie de largas comidas regadas con mucho alcohol: “Yo no podía detectar ningún cambio en su estado de alerta ni en su jovialidad mientras el camarero llegaba con tandas de 300 gramos de vodka o 600 gramos de coñac armenio”. Al igual que mi padre, Kim tenía un resistencia increíble. Ambos bebían cuando jugaban al ajedrez en el piso en Moscú (mientras yo correteaba causando estragos en la sala de estar) y durante sus largos viajes a Siberia y Bulgaria. Sin embargo, mi abuelo no siempre fue del todo “impermeable”. En una ocasión, después de habernos acompañado al aeropuerto para volver a casa, él y mi padre estaban tan borrachos que el personal de la terminal tuvo que meterlos en un armario, bajo unas escaleras y con una botella de vodka, para mantenerlos callados, mientras el embajador británico deambulaba por el edificio principal esperando el mismo vuelo hacia Londres.

Cuando le pregunté a mi padre, poco antes de morir el año pasado, lo que sentía por la traición de su propio padre, me dijo exactamente lo que Kim le había dicho a Sayle durante esa entrevista en 1967: “Para traicionar, primero hay que pertenecer”. Y como Kim se dijo a sí mismo: “Yo nunca pertenecí”. Mi padre siempre tuvo un gran respeto por mi abuelo. Me dijo que incluso cuando era un niño, él siempre supo que estaba tramando algo, aunque no sabía qué. La pareja se llevó bien en estos últimos años –eran muy similares en muchos aspectos– y mi padre dijo que nunca sintió ningún resentimiento, ni siquiera cuando era atacado injustamente debido a su apellido.

En su obra Single Spies, el escritor Alan Bennett afirmó que mi padre se presentó tarde al funeral de Kim. Dijo que, recién llegado directamente del aeropuerto, permaneció balanceándose detrás de una lápida sosteniendo unas bolsas llenas de bebidas alcohólicas. Pero lo cierto es que mi padre llegó a Moscú días antes del funeral y en una filmación hecha aquel día se le puede ver de pie justo detrás del ataúd de mi abuelo. Cuando Bennett se enteró de todo ello, escribió una nota a mi padre explicándole que la información procedía de una fuente fiable –un periodista de la BBC. Después de leer brevemente la nota, mi padre se encogió de hombros y la echó a una papelera. No se preocupó nunca de lo que los otros pensaban: “No seas aburrida ni tengas miedo de ofender a la gente”, fue una de las últimas cosas que me dijo antes de morir.

Mientras escribía este artículo, Bennett –autor también de An Englishman Abroad, en la que se imagina los años finales de Guy Burgess en Moscú: solitario, patético y totalmente frustrado respondió a un artículo de opinión más corto que escribí en julio pasado como preparación para este trabajo. En él defendía la decisión de mi abuelo de no pedir disculpas públicamente por sus acciones. En su diario para la London Review of Books, Bennett escribió: “Philby parece haber sido responsable de la traición y presunta tortura y muerte de una red de agentes, un hecho que nunca se ha podido demostrar en el caso de Blunt. Lo que hay contra Blunt, y también contra Burgess, es que no eran periodistas. Estos se cuidan entre ellos y Philby se hizo pasar por un reportero borracho y despreocupado. Por eso fue tratado con más indulgencia por los de su profesión”.

Bennett concluye: “Charlotte Philby cree que su abuelo era más honesto de lo que lo fue realmente. Sin embargo, se trató de un honestidad de taberna. Philby era el clásico tipo de 'Vamos a tomar otra bebida, viejo'. El bueno de Kim”. Me gustaría haber discutido un poco más con Bennett sobre sus comentarios, pero por desgracia cuando me puse en contacto con su agente para solicitar una reunión, mi invitación fue rechazada.

En la plaza Pushkin, tuerzo a la izquierda, según mi mapa, más allá de la tienda de comestibles donde Kim –como animal de costumbres que era– recogía su suministro diario de pan y de cualquier fruta y verdura que estuviese disponible para el consumidor. A él le gustaba el hecho de que en Moscú sólo se pudiesen comprar alimentos de temporada. Sin embargo, siempre pedía a sus familiares que le llevasen sus productos favoritos noperecederos que no podía comprar allí: mermelada, Marmite y salsa inglesa.

Hacia el final, tal como puedo comprobar ahora cuando entro en su piso, Kim se rodeó de cosas pertenecientes a la cultura británica y a la vida en el otro lado del Telón de Acero: desde novelas de P.G. Wodehouse a las especias de la India que usaba para su legendario curry.

Para algunos, detalles como éste han alimentado la cuestión de si llegado por primera vez a la patria por la que lo había sacrificado todo, que se supone que representaba todo por lo que él había luchado y donde viviría el resto de sus días en el exilio se volvió una persona desilusionada y amargada, añorando el país que había traicionado.

Sin embargo, yo creo que mi abuelo nunca se cuestionó ni una sola de las decisiones que tomó. Es cierto que, como todos los hombres de la familia Philby, era autodestructivo. Pero, más importante que eso, cada decisión que tomó lo hizo conscientemente. Kim sacrificó todo lo que tenía: arriesgó su vida y las vidas de otros, traicionó a sus compañeros y engañó a su familia y amigos (incluso llegó a espiar a su propio padre tal como se explicará en breve) porque él realmente creía desde el momento en que se unió a la lucha contra el ascenso imparable del fascismo que el comunismo era una causa estimable a la que valía la pena aferrarse por encima de todo.

Por supuesto que tomó decisiones audaces y enormemente polémicas, algunas de las cuales tuvieron consecuencias fatales. Pero no lo hizo a la ligera. Como Kim le dijo a mi madre cuando ella le preguntó si sentía algún remordimiento, él creía que era un soldado, luchando en una sangrienta guerra en el siglo más sangriento de la historia. Y si un soldado está luchando por una causa en la que cree, en la cual piensa que vale la pena sacrificar vidas humanas, aunque al final su bando pierda la guerra, ¿Significa eso que se equivocó al unirse a esa lucha?

Kim incluso engañó a sus propios hijos, abandonándolos cuando huyó a Moscú. ¿Fue esa una decisión egoísta? Quizás. Sin embargo, en su mente también estuvo plenamente justificada. Según sus palabras: “Yo soy realmente dos personas. Soy una persona privada y una persona política. Por supuesto, si hay un conflicto, la persona política es lo primero”.

En 1983, aproximadamente un mes después de que mis padres, siendo aún un bebé, me llevasen a visitarlo por primera vez, Kim nos envió una copia de la obra Sobre la dictadura del proletariado de Lenin, además de una larga y bella carta dirigida a mi abuelo materno, con quien era improbable que se llegase a reunir nunca. En el interior escribió: “Adjunto algunos extractos de nuestra biblia. Al igual que vuestras Santas Escrituras, está abierta a diferentes (y a menudo contradictorias) interpretaciones, de acuerdo con los gustos y prejuicios del lector”.

En la carta añadía: “El problema es que [Lenin] siempre estaba escribiendo a tenor de las cuestiones candentes de cada día (o incluso de cada hora); y, naturalmente, su estrategia y sus tácticas cambiaban para satisfacer esas circunstancias variables... Mi edición rusa cuenta con cincuenta y cinco grandes volúmenes, por lo que existe un amplio margen para la cita selectiva e incluso la interpolación espuria. ¿Quién va a revisar cincuenta y cinco volúmenes para comprobar una sentencia extraña? Sin duda, Jeremías se enfrentó a problemas similares.

Kim no era ningún ingenuo. Sabía que su ideal, como cualquier otro, era susceptible de ser corrompido. Pero eso no significaba que el ideal en sí fuese corrupto o que no valiese la pena. Además, quizás no siempre tuvo la razón. Como me reiteró por teléfono su ex colega del KGB: “Kim fue un comunista idealista. Él creía en la libertad de expresión y pensaba que el estalinismo y todo aquello sería temporal”. Obviamente, lo que sucedió después demostró lo contrario.

Tal vez en la época en la que murió, un año antes de la caída del Muro de Berlín y sabiendo lo que debía saber por entonces, seguramente se sintió decepcionado. Pero incluso en aquel momento de su vida, después de haber tomado decisiones basadas en sus profundas convicciones políticas, no creo que hubiera hecho las cosas de manera diferente.

El apartamento de Kim está situado en un bloque de varios pisos de altura no muy lejos de la plaza Pushkin. Se distingue de los otros por un pequeño balcón. Hoy en día la calle peatonal donde se encuentra sólo es accesible a través de una puerta codificada, y la fachada del edificio ha sido restaurada hasta hacerla casi irreconocible. En el interior, sin embargo, el ascensor es tan “temperamental” como lo fue siempre, así que subo a pie hasta su apartamento, reconociendo al instante la extraña puerta tachonada de cuero que aparece mientras asciendo por la escalera.

Charlotte Philby, posiblemente frente al edificio donde vivió su abuelo (la dirección exacta no aparece en el artículo, aunque sí muchas pistas sobre su ubicación)

La última vez que estuve en este apartamento, a los seis años de edad, hacía tan solo unos pocos días que Kim había fallecido y mis padres y yo fuimos recibidos por un mar de ojos hinchados. Durante nuestra estancia, los gritos y gemidos rebotaban en las paredes. Ahora, mientras la viuda de Kim me recibe en la puerta ofreciéndome un par de zapatillas de lana, el ambiente es tranquilo y calmado.

El piso del abuelo es casi exactamente como cuando él murió: “Después de que Kim se fuese, yo no quise cambiar nada”, dice Rufa. “Se trata de una casa antigua, no como esas otras de la nueva Rusia donde todo es moderno e importado”. Ella no puede imaginar lo que Kim habría hecho en este nuevo mundo, donde una minoría se ha enriquecido enormemente mientras que muchos la gran mayoría fuera de la capital viven en la miseria con poco apoyo del Estado.

En la sala de estar, por encima del sofá cuelgan las mismas pieles junto a un par de pistolas afganas que le regaló un colega del KGB a quien conocí con anterioridad. El sillón de Kim, en el que a nadie más, bajo ninguna circunstancia, le fue permitido sentarse mientras estuvo vivo tampoco durante muchos años después de su muerte, agrega Rufa continúa justo donde estaba, encabezando una mesa baja.

El gramófono, frente al cual Kim tomaba asiento cada tarde a las siete en punto para escuchar el Servicio Mundial, mientras bebía una taza de café, emite un tremendo gemido cuando vuelve a la vida, aunque sigue en muy buen estado. Y la cocina, en la que preparaba su desayuno ritual a base de beicon, huevos y tostadas (otro hábito inglés que nunca rompió) y donde pasó muchas horas cocinando todas las noches, es ahora inundada por el olor de los crepes salados que Rufa prepara para nuestro banquete de cinco horas.

De entre todos los rincones de la casa, el lugar donde la presencia de Kim se deja notar más es en su estudio. Aquí, rodeado de una gran biblioteca, se sentaba durante horas. El único cambio que puedo observar es un ordenador sobre su escritorio, donde antes hubo una vieja máquina de escribir. La vista desde una de las ventanas es, también, notablemente diferente. Desde el balcón se puede ver el mismo patio de la escuela en el que niños con pesadas chaquetas de esquí están enfrascados en un juego eterno: lanzarse desde lo alto de unas escaleras de hormigón hasta el suelo, donde gruesas capas de nieve amortiguan el golpe. Pero tras una ventana más pequeña, justo enfrente de la puerta, la vista de Moscú es interrumpida por el latido de un anuncio de neón de Samsung. Más tarde veré el mismo anuncio por encima de una estatua de Lenin, cerca de la antigua sede del KGB.

La biblioteca de Kim, que se hizo enviar poco después de su aparición en la Unión Soviética, es testimonio de sus complejidades y sus contradicciones: en las estanterías que hay a lo largo de las cuatro paredes de la habitación, los clásicos rusos y los textos comunistas más importantes están situados junto a las novelas de Raymond Chandler y P.G. Wodehouse; hay diecinueve volúmenes de la Historia Moderna de Cambridge y un álbum de recortes sobre Sherlock Holmes. Difícilmente se puede pasar por alto la ironía de un hombre que tan resueltamente traicionó a su país pero que en su apartamento soviético se rodeó de condimentos británicos, periódicos ingleses y alegres obras clásicas de su país.

Como se ha señalado anteriormente, este detalle, junto con el excesivo consumo de alcohol, fueron interpretados como síntomas de que al final de su vida Kim se convirtió en un hombre roto, desilusionado y desanimado. Llegó a Moscú esperando recibir encargos importantes en un puesto de alto rango dentro del KGB y, sin embargo, se quedó con muy poco que hacer, usando la bebida para soportarlo. De hecho, cuando en 1994 seis años después de su a muerte el escritor ruso Genrikh Borovik tuvo acceso a los archivos desconocidos que había en el KGB sobre Kim, quedó claro el grado de desconfianza que los rusos tenían sobre él.

Esos documentos revelaron que Philby fue reclutado porque se creía erróneamente que su padre, St John, era un oficial de la inteligencia británica. Una de las primeras tareas que se le encomendó fue la de espiar a su propio padre, lo cual hizo sin lugar a dudas. Su trabajo dio muy poco de sí ya que, aunque los rusos no quisieran creerlo, no había nada que desenterrar.

Durante años hizo todo lo que se le pidió. Entregó todo lo que tenía a la causa y, aún así, Moscú siempre sospechó de un hombre que había sido descrito como el mejor y más leal sirviente.

Discutiendo las razones de esta postura en la introducción del libro de Borovik, The Philby Files, el periodista y biógrafo Philip Knightley que entrevistó exhaustivamente a mi abuelo durante sus últimos años de vida escribe: “¿Eran tan tontos los dirigentes de los servicios de inteligencia británicos como para ignorar que había informaciones importante que estaban fluyendo hacia Moscú? ¿Con sus puntos de vista comunistas en Viena y su esposa austríaca también comunista, fue reclutado para el SIS a pesar de los procedimientos para investigar sus antecedentes?”.

En el caso de Kim, no ayudó el hecho de que varios de sus controladores soviéticos incluyendo a “Mar”, el hombre que lo reclutó fueran ejecutados con posterioridad como “enemigos del pueblo”. Pero sobre todo el problema fue que la inteligencia de Kim era demasiado prodigiosa y, en perjuicio suyo, los servicios de inteligencia tienen tendencia a creer que cuanto mejor sea la información, más debe ser cuestionada.

Eso fue lo que ocurrió. Al final a pesar de haber sido descrito de forma renuente por Allen Dulles (jefe de facto de la CIA entre 1953 y 1961) como “el mejor espía que Rusia ha tenido jamás Kim fue vigilado a la vez que protegido por sus maestros. Le impidieron usar todo su potencial y él esto lo lamentó mucho. Sin duda le molestaba enormemente tener que ir acompañado siempre dondequiera que fuese en sus primeros años de vida en Moscú, como atestigua Rufa. Pero si todo ello generó en él un sentimiento de autocompasión, esa es otra historia.

En primer lugar, la vida de Kim detrás del Telón de Acero no fue tan mala. Tenía amigos y una esposa. Se entregó a una cultura a la que amaba, yendo a conciertos, al ballet y a las galerías de arte. Viajó a Cuba, Berlín Este y a través de la Unión Soviética. Y pasó los fines de semana en su querida dacha.

En segundo lugar, estuvo siempre preparado para lo que pudiera suceder. Sabía lo que estaba arriesgando su familia, sus amigos, su reputación y tomó sus decisiones en consecuencia. Hizo todo lo que pudo por una causa en la que creía. Sabiendo todo esto, ¿qué había que lamentar? En cuanto a la bebida, Kim no necesitaba una excusa para abrir una botella, era un bebedor en los buenos y en los malos tiempos.

Contemplando el estudio de Kim, más allá de la foto donde posa orgulloso con el equipo local de hockey sobre hielo, debajo de una de su padre y otra con varios políticos soviéticos dándose la mano, mi mirada se ve atraída por una gran pintura en blanco y negro del Che Guevara. El cuadro asoma sobre una de las estanterías en la esquina de la derecha, como un ojo que todo lo ve. Recuerdo las palabras de Kim: “He seguido exactamente la misma trayectoria que él durante toda mi vida adulta. La lucha contra el fascismo y la lucha contra el imperialismo eran fundamentalmente la misma lucha”.

¿Se equivocó siguiendo el camino del comunismo, cuando tanta gente lo había abandonado? ¿Hizo mal en querer comprobar cómo acababa lo que él mismo había empezado? ¿Se puede considerar lamentable que creyera todavía que un estado comunista podía existir sin corrupción, una corrupción que afecta a todos los sistemas, en beneficio de una sociedad equitativa y justa? Sea lo que sea lo que pensemos sobre él, Kim sintió que la historia le daría la razón: “Voy a ser recordado como un buen hombre”, le dijo a mi madre tan sólo dos años antes de su muerte. Tal vez sea demasiado pronto para juzgarlo. Después de todo, el comunismo, según sus seguidores, es una “época final”. Un final inevitable una vez que todos los demás sistemas se han devorado a sí mismos. Cosa que, por supuesto, acabarán haciendo.

Mientras salgo del balcón, mis ojos se clavan en un punto concreto de la habitación. En medio de la estantería que hay detrás de su escritorio, por encima de la silla vacía y justo donde la cabeza de Kim habría descansado muchas veces, asoma un único libro. Caminando hacia él, leo asombrada el título de la novela de Anthony Trollope: Él sabía que tenía razón. 

Charlotte Philby con Rufina Ivanova, cuarta esposa de Philby y su viuda


Kim Philby: Cronología

1912 Harold Adrian Russell 'Kim' Philby nace el 1 de enero en Ambala, India, hijo de Dora y St John. 

1925 Asiste a la Escuela Westminster de Londres.
1929 Entra en el Trinity College de Cambridge. Se une a la Sociedad Socialista de la Universidad de Cambridge. Conoce a Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross.
1933 Deja Cambridge como un comunista convencido. Va a Viena para servir allí a la causa. 
1934 Se casa con la judía comunista Litzi Friedmann. De regreso en Inglaterra, comienza a encubrir su pasado, uniéndose a la Asociación de Amistad Anglo-Alemana y editando su revista pro-Hitler. 
1937 Se une a The Times como corresponsal en el extranjero. En España, informa sobre la Guerra Civil desde el bando del general Franco, quien le otorga la Cruz Roja al Mérito Militar.
1940 Es reclutado por los servicios secretos británicos y se une al Servicio Secretos de Inteligencia (SIS) bajo la supervisión de Guy Burgess.
1941 Es transferido a la subsección ibérica del SIS. Se hace cargo de la inteligencia británica en España y Portugal. 
1942 Se casa con Aileen Furse, con quien tiene dos hijas y tres hijos. Su área de responsabilidad se amplia al Norte de África y al espionaje italiano. 
1944 Es nombrado jefe de la Sección IX, recién creada para operar contra el comunismo y la Unión Soviética. 
1946 Se traslada a Turquía, trabajando como jefe del SIS. 
1949 Se convierte en el representante del SIS en Washington. 
1951 Advierte a su compañero Donald Maclean (del “Grupo de Cambridge”) que se ha dictado orden de detención contra él. Maclean y Burgess escapan a Rusia. Philby es convocado para ser interrogado y se le pide que presente su renuncia como miembro del Servicio Exterior.
1955 El gobierno publica el informe sobre el asunto Burgess-Maclean. El Ministro de Asuntos Exteriores Harold Macmillan dice en el Parlamento que no hay evidencia de que Philby haya traicionado los intereses de Gran Bretaña. Philby es despedido del Servicio Exterior por su asociación con Burgess. 
1957 Fallece Aileen Furse, segunda esposa de Philby. 
1958 Se casa con la estadounidense Eleanor Brewer. 
1962 George Blake es capturado. Philby queda al descubierto.
1963 Philby desaparece en Beirut el 23 de enero. Días después llega a Rusia. Gran Bretaña declara que Philby es el tercer hombre”. 
1965 Recibe la Orden de la Bandera Roja, uno de los más altos honores militares de la Unión Soviética. 
1971 Se casa en Moscú con Rufina Ivanova. 
1988 Muere el 11 de mayo a la edad de 76 años. Se le entierra con honores de héroe en el cementerio de Kuntsevo es Moscú.

Traducción de Mayakovski

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jueves, 10 de marzo de 2016

El Mural "Caídos por la paz y la hermandad de los pueblos" en la plaza Roja [Plan de Propaganda Monumental de Lenin]


El 7 de noviembre de 1918, el mismo día de la inauguración del monumento dedicado a Marx y Engels, Vladímir I. Lenin destapó protocolariamente la gran lona que cubría el mural titulado "Caídos por la paz y la hermandad de los pueblos", obra del escultor Serguéi Timoféyevich Koniónkov (1874-1971), el considerado "Rodin ruso". Presidieron el acto, además de Lenin, Yákov Sverdlov (en las fotos, con cazadora y pantalón de cuero), V.A. Avanesov, N.I. Podvoysky, G.I. Okulova, M.F. Vladímirsky y otros dirigentes bolcheviques. El bajorrelieve, formado por cuarenta y nueve piezas de cemento pintado, se instaló en la cara de la Torre del Senado del Kremlin (Senatskaya Bashnia) que da a la plaza Roja. Muestra a la diosa alada de la Victoria con una bandera roja en la mano derecha y una rama de palma verde (símbolo de la inmortalidad) en la izquierda. A sus pies, entrelazados con crespones negros, se ven dispersos algunos sables rotos y fusiles. En el fondo de la composición hay una representación de un amanecer con los rayos del sol formados por las palabras "Revolución de Octubre de 1917". Pese a la debilidad de los materiales y a que el monumento no satisfizo el concepto artístico buscado con su construcción, el mural permaneció instalado en este lugar hasta 1948, año en el que fue trasladado al Museo de la Revolución, donde permanece expuesto actualmente.

Justo un año antes de la inauguración de la obra de Koniónkov, en este lado de la plaza Roja se habían inhumado, en fosas comunes, los cuerpos de doscientos cuarenta bolcheviques caídos durante los combates de la Revolución de Octubre. Dichos enterramientos dieron lugar a la creación del cementerio del Kremlin, el espacio mítico donde posteriormente se constru también el Mausoleo de Lenin. Hasta comienzos del siglo XIX la parte de la muralla entre la Torre del Senado y la Torre Nikolskaya estuvo ocupada por un foso de defensa lleno de agua procedente del río Neglinnaya. Para celebrar la coronación del zar Alejandro I, la zanja fue cubierta con tierra y convertida en una zona pavimentada y ajardinada dedicada al ocio y, ocasionalmente, a la celebración de ferias y exposiciones al aire libre. Con la excavación en 1917 de las fosas comunes y la instalación al año siguiente del mural de Koniónkov, este rincón de Moscú, con sus sucesivas transformaciones, pasó a ser el lugar sagrado más importante en el imaginario colectivo sobre la historia soviética.


 Fotografías de Lenin encaramado en la muralla del Kremlin, retirando la lona que cubría el mural, y de la obra de Koniónkov tal como se encuentra expuesta hoy en día en el Museo de la Revolución (actual Museo de Historia Contemporánea), en la calle Tverskaya, a menos de dos mil metros de distancia de su emplazamiento original. 

Cuenta una leyenda urbana que en 1918 una anciana se acercó a Koniónkov y le preguntó: 
- "¿Qué es lo que hay escrito en este icono?" 
- "Revolución", le contestó el escultor ruso.
 A lo que la viejecita añadió: 
- "Pero si los santos no sabían nada de la Revolución".
- "Pues que la tengan en cuenta", le espetó el artista.

Sea cierta o no, esta anécdota es un ejemplo del humor satírico que ha caracterizado a los moscovitas a lo largo de la historia y una buena muestra de hasta qué punto la iconografía soviética se acercó al arte sagrado ortodoxo que impregnaba el espíritu del pueblo ruso
 
Cuatro meses después del acto de inauguración del mural de Koniónkov, Yákov Sverdlov murió repentinamente de gripe en la ciudad de Oriol y fue enterrado en el mismo lugar donde se le puede ver de pie, junto a Lenin, en la primera fotografía, enfundado en el uniforme de cuero que se puso de moda entre los dirigentes bolcheviques de aquella época. Tal como muestra esta imagen, sobre su tumba se colocó un busto del escultor ruso Serguéi D. Merkúrov, una obra que aún existe en la actualidad y que forma parte de los doce sepulcros individuales que se hallan tras el Mausoleo de Lenin. La puerta bajo el mural se sigue utilizando como zona de paso entre el interior del Kremlin y la plaza Roja, y fue habitualmente el acceso por el que desfilaban los dirigentes de la URSS (desde Stalin hasta Gorbachov) para acceder al Mausoleo y presidir los desfiles celebrados en la plaza


A partir de aquel año, la base de la Torre del Senado del Kremlin se convirtió en el epicentro de los actos propagandísticos del nuevo orden bolchevique. Rodeando el mural de Koniónkov aparecieron regularmente multitud de banderas, pancartas e imágenes dedicadas a ensalzar los acontecimientos de 1917. Estas dos fotografías fueron tomadas en el mes de marzo de 1919 y corresponden a los actos previos al congreso que dio inicio a la creación de la III Internacional. Lenin fue enterrado cinco años después en el Mausoleo que se construyó en ese espacio sin público que se ve frente a las escaleras, las cuales acabaron siendo suprimidas

Tras el fallecimiento de Lenin en 1924, su primer monumento funerario (el de la imagen), el Mausoleo provisional de madera (también de 1924) y el definitivo de mármol y granito (construido entre 1929 y 1930) taparon sucesivamente el mural de Koniónkov, tal como se observa en esta imagen donde su parte superior sobresale por encima de las coronas depositadas sobre el panteón dedicado al líder bolchevique fallecido. Es por este motivo que, pese a permanecer instalado en la muralla hasta 1948, es uno de los elementos de la plaza menos fotografiados


Transcurridos casi setenta años desde su traslado al Museo de la Revolución, no queda ninguna huella de la presencia del mural en la base de la Torre del Senado, un punto de la necrópolis del Kremlin difícil de fotografiar desde la plaza Roja

La presencia del mural en la exposición permanente del Museo de Historia Contemporánea (calle Tverskaya, 21 - 125009 Moscú) hace justicia a su importancia artística e histórica. Es, quizás, el único elemento del Plan de Propaganda Monumental de Lenin que se ha conservado

miércoles, 9 de marzo de 2016

Diario d'un sovietófilo (capítulo VII)

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Cruzando fronteras invisibles

Hace aproximadamente dos años, gracias a la enorme cantidad de páginas web surgidas en internet desde aquel lejano viaje en 2005, supe que esa mañana del 2 de enero, en los apenas cuatro kilómetros de recorrido entre el hotel 26 y el Treptower Park, había atravesado dos veces la antigua frontera entre la RDA y la RFA. Una frontera ahora invisible pero que continúa fracturando, silenciosamente, la geografía urbana de Berlín.

La primera de esas fronteras invisibles se encuentra en el puente Oberbaum. Y, como todas las fronteras, se halla dividida en dos partes, una en cada extremo. Por un lado, en el cruce entre la Warschauer strasse y la Stralauer Allee, en la riba derecha del río Spree, está la linde que perteneció a Berlín Este durante cuarenta años. Por el otro, en la confluencia de la Oberbaumstrasse y la Schlesische strasse, en la orilla opuesta, se ubica la de la antigua RFA. Hasta noviembre de 1989 todo el tramo de su calzada fue tierra de nadie, con puntos de control de las dos Alemanias en ambos accesos y una torreta de vigilancia situada en el punto medio, frente a los dos torreones de ladrillo rojo reconstruidos posteriormente en los años noventa. Entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la unificación alemana, una vía fantasma del metro acababa de forma abrupta sobre el lado Oriental del puente, con convoyes que llegaban únicamente desde la parte Occidental de la ciudad y sin ninguna estación en la que bajarse. Llama poderosamente la atención que el Oberbaumbrücke, como testimonio mudo de un siglo XX extremadamente convulso, apenas ha sufrido cambios en todos los años de su existencia, excepto por el hecho de que ahora coches, peatones y metro –que circula de nuevo en dirección hacia el antiguo Ostberlin– lo atraviesan de forma fluida a lo largo de todo el día. Se diría que su estilo gótico báltico lo convirtió desde el primer día en un decorado atemporal. Cruzarlo en la actualidad es pisar a la vez las múltiples capas superpuestas de la historia berlinesa y sentir el viento de todos aquellos avatares. Para ello basta con cerrar los ojos, situarse mentalmente en un punto del calendario del siglo pasado y avanzar lentamente por una de sus aceras, esquivando los fantasmas que nos observan desde todas sus esquinas.

La
segunda frontera se halla medio kilómetro más al sur, donde acaba la Schlesische strasse y comienza la Pushkinallee. Por allí pasaba el Muro que dividía la ciudad, orientado de suroeste a nordeste y delimitando una esquina del Berlín Oriental que se incrustaba en terrenos de la ribera izquierda del río. Sin puerta de entrada y salida a través de esa pared, una torreta solitaria en territorio de la RDA vigilaba aquella parte de la línea divisoria desde
un descampado junto a la calle, a una cincuentena de metros de distancia. Al llegar a la orilla del Spree, esta sección del Muro continuaba su recorrido sobre una estrecha dársena construida en paralelo a ambas orillas, casi en el centro del río, apuntando en dirección hacia el puente Oberbaum. Al cabo de un centenar de metros, la frontera se acababa de golpe y pegaba un salto hasta la riba de la Alemania Oriental, dejando una parte del cauce literalmente emparedado. De todo aquello quedan muchas huellas impresas en las calles y parques de este distrito. El Muro, como en todo su recorrido por la ciudad, fue substituido por una doble hilera de adoquines, mientras que la torreta y la dársena continúan en su lugar, languideciendo con el paso de los años. Ir y venir por estas dos calles supone, literalmente, atravesar una barrera fantasmagórica que durante décadas nadie pudo traspasar físicamente, un agujero abierto en el tiempo en medio de una frontera que aún existe como recuerdo que algo que pudo ser y no fue.

E
l punto culminante de todo este recorrido histórico por los barrios de Friedrichshain, Wrangelkiez y Alt-Treptow se encuentra un poco más al sur y también he sabido de su existencia recientemente, gracias a una laboriosa combinación de mapas y fotos antiguas de Berlín. Su situación, lejos de las calles principales del distrito de Treptow, lo ha convertido en prácticamente invisible para los turistas y visitantes foráneos. Es por ello que aquel día de enero de 2005 ni siquiera supe que tenía ese lugar a poco menos de un kilómetro de la confluencia de Schlesische strasse con la Pushkinallee. Se trata de un canal que desemboca en el río Spree.

S
obre el Landwehrkanal,
conectando un parque público con unas antiguas naves industriales en la Kiefholzstrasse, se encuentra el Bahnbrücke der Görlitzer Bahn, un pequeño puente ferroviario del siglo XIX por cuya base transcurrió, en perpendicular, el Muro de Berlín, construido en la orilla derecha de su cauce. Lo que este discreto rincón berlinés tiene de excepcional es que, como un palimpsesto escrito con cemento y acero, cada época histórica ha dejado en él una pequeña marca que nos recuerda su pasado. Aunque hoy en día es un tranquilo paseo peatonal rodeado de árboles y parques infantiles, los arcos de piedra que hay en su base son los mismos que durante la Revolución Industrial alemana soportaron el peso de los trenes que se dirigían desde la estación de Görlitzer –en Neuköln, a la izquierda del canal– en dirección Este, hacia las localidades de Cottbus i Görlitz. Tras la Segunda Guerra Mundial y la división del país, la estación de ferrocarril, en la Spreewaldplatz, a unos quinientos metros al oeste del puente, quedó en el lado Occidental de la ciudad mientras que la vía a partir del Bahnbrücke pasó a pertenecer a Berlín Oriental. A partir de este punto los trenes no dejaban la RDA hasta llegar a Görlitz, en la frontera con Polonia. En 1952 Görlitzer dejó de ser la estación terminal de pasajeros de la línea Berlín-Görlitz (que se trasladó a Ostkreuz, en la Alemania del Este) y se convirtió en un almacén de carga, principalmente de carbón, grava y chatarra. Con la construcción en 1961 del Muro de Berlín, que transcurría de sur a norte por el lado derecho del canal Landwehr, pasando por debajo del puente, las autoridades germanoorientales tuvieron que instalar una puerta sobre él, en el acceso perteneciente a la RDA, con el objetivo de controlar el paso de trenes hacia la parte de Berlín Occidental. Hasta 1985 fue la puerta de entrada en la parte capitalista de una parte del carbón que se utilizó durante décadas como combustible, una carga que pasaba siempre por uno de los nudos ferroviarios más importantes de la Alemania comunista, la estación de Schöneweide, situada a seis kilómetros al este de la de Görlitzer.

La terminal de Görlitzer acabó siendo demolida y en los años noventa se construyó en su lugar un parque público que lleva su mismo nombre, junto al canal Landwehr. De aquella época ha quedado sobre el puente un beschaubrücke, la estructura metálica por encima de las vías del tren que servía para que los miembros de la Grenztruppen, la policía fronteriza dependiente del Ministerio de Defensa, inspeccionasen la parte superior de los vagones. En todo Berlín Oriental y en muchos lugares de la ex RDA existen todavía muchos beschaubrücke, algunos descubiertos, como éste, y otros con un tejado. Hoy en día esta pasarela de metal resulta extremadamente llamativa en medio de la vía verde en la que se ha convertido la antigua línea de tren y a la cual pertenece el puente Görlitzer. Parece más el resto una obra inconclusa que una escultura representativa de toda una era, gloriosa y dramática a partes iguales. Junto al beschaubrücke han quedado también algunos tramos de aquellas vías que en el pasado llevaron pasajeros hasta los confines orientales del Imperio Alemán y combustible hasta el corazón mismo de Berlín Occidental. Este libro abierto que es Berlín tiene una de sus páginas más sorprendentes en este punto, junto a un canal de diez metros de anchura que tiempo atrás sirvió de frontera natural dentro de un mismo país separado por dos ideologías.

A
unque fue inaugurado en 1865, el proyecto de la línea Berlín–Görlitz data de 1852. Por lo tanto, caminar sobre este puente supone pisar más de ciento sesenta años de historia. Convertida ahora en una vía lúdica para deportistas y paseantes, los trenes han ido y venido por esta vía férrea atravesando primero un Imperio, luego una Alemania en decadencia durante el período de entreguerras, soportando a continuación las bombas de la Segunda Guerra Mundial y convirtiéndose más tarde en un puente–frontera sin salida por uno de sus accesos. Un puente que separó dos realidades sociales por el que miles de fantasmas pululan buscando que alguien les tenga en cuenta, en un mundo que gira la espalda a su pasado.

T
engo que volver a este lugar y reparar el agravio de no haberlo visto en su día, en aquel lejano y frío mes de enero de 2005.


Mayakovski

El puente Oberbaum visto en junio de 2008 desde el cruce entre la Warschauer strasse y la Stralauer Allee (antiguo Berlín Oriental). La imagen fue capturada en 2016 en Google Street View

El puente Oberbaum (o Oberbaumbrücke) fotografiado en el año 1900, en una imagen pintada. Lo que ha cambiado no es el puente, que un siglo después sigue prácticamente igual, sino el paisaje del fondo

Imagen aérea del Oberbaumbrücke desde el lado Este de Berlín, tomada aproximadamente en los años ochenta. Comparando esta fotografía con la primera de la serie se puede ver que las únicas diferencias son las dos torres reconstruidas en los años noventa y la desaparición del edificio de la RDA que cerraba el acceso al puente. También se ve con claridad que solo se podía atravesar al otro lado caminando a través de la acera junto al río


Imágenes de 2008 y de la década de los años cincuenta, respectivamente, del extremo sur del puente Oberbaum, donde se encontraba la parte Occidental de la frontera entre la RDA y la RFA. Como se aprecia en ambas fotografías, se ha conservado la barandilla curvilínea sobre el río Spree

Esta es la perspectiva que tenían en 1987 los habitantes de Berlín Oeste desde el acceso meridional del puente Oberbaum

Plano actual de los distritos que hay alrededor del puente Oberbaum y del parque Treptow, en el que se reproduce el recorrido del Muro de Berlín hasta 1989. La parte derecha y superior de la imagen pertenecían a la RDA. Aquí el Muro actuaba como un cuño que encajaba una parte de Berlín Este en el lado Occidental de la antigua capital alemana

Captura de Google Maps ampliando la zona del plano anterior a lo largo del canal Landwehr, en su desembocadura en el río Spree. La línea roja imita el dibujo del Muro

Exactamente la misma zona, pero sobre el plano



La Puschkinallee en dirección sureste, hacia el parque Treptow. Sobre el asfalto y las aceras se puede apreciar el adoquinado donde antaño estuvo el Muro de Berlín. Las imágenes son también de 2008 y fueron capturadas en 2016

Torre de vigilancia de la policía de la RDA cincuenta metros más al sureste del lugar por donde pasaba el Muro, en un lateral de la misma Puschkinallee

Dársena sobre el río Spree paralela a su riba. Sobre ella transcurría la división entre los dos países

El puente Görlitzer, con una flecha de color negro, sobre el canal Landwehr. La línea roja marca el recorrido del Muro antes de su demolición. A la izquierda, donde ahora hay un parque, se encontraba la estación de tren de Görlitzer, en territorio de la RFA. A la izquierda del puente continuaba la línea Berlín-Görlitz a través de la RDA

El puente sobre el Landwehrkanal en 1869, tres años después de la inauguración de la línea ferroviaria Berlín–Görlitz. La fotografía se tomó en la actual Görlitzer Ufer, junto al parque, mirando en dirección sureste. Como se aprecia en la imagen, la pasarela de cuatro ojos pasaba por encima del canal y también sobre un camino junto a la fábrica 

Plano de 1902 donde aparece la estación de Görlitzer y la línea de tren a través del canal, con el nombre de las ciudades hacia donde se dirigía

Fotografía de 1984 desde el lado Occidental de Berlín, con el Muro, la compuerta y el 'beschaubrücke', la estructura metálica de vigilancia. Sobre ella se pueden ver a varios miembros del 'Grenztruppen' controlando los accesos. La imagen fue tomada en dirección nordeste

El puente Görlitzer en 1986, fotografiado desde Berlín Oeste. El estado de la vías y la compuerta, prolongación del Muro que asoma por la izquierda, es fruto del abandono un año antes de la línea ferroviaria usada hasta aquel entonces para el transporte de carbón

El 'beschaubrücke' en 1986 visto en dirección sureste (así lo indican la posición de las farolas, la compuerta y las escaleras de acceso). Se trata de una perspectiva extraña, porque esa parte del puente entre el Muro y el 'beschaubrücke' no pasaba, en teoría, sobre el canal, sino sobre territorio de Berlín Oriental (una carretera, probablemente). Da la sensación que estos coches estaban aparcados en la porción de tierra entre el canal y el Muro, lo cual resulta extraño porque no parece que hubiese suficiente espacio para ello (la otra foto de 1986 no muestra nada parecido)

De nuevo el puente Görlitzer desde Berlín Oeste. La foto es de 1989, el año de la caída/demolición del Muro

El 'beschaubrücke' en 1990 visto desde el lado de Berlín Oriental. Ese mismo año desapareció la RDA

El extremo sureste del puente (tocando a la antigua fábrica) pasa por encima de la Lohmühlenstrasse. La fotografía es de Google Street View fechada en 2008

Imagen de la antigua fábrica junto al puente Görlitzer, continuación hacia la izquierda de la fotografía anterior

Imagen desde la Lohmühlenstrasse con la misma vista que en las dos fotografías anteriores. Por la derecha asoma el 'beschaubrücke', por detrás de la vegetación

El beschaubrücke en la actualidad. De pasarela del 'Grenztruppen' ha pasado a tablón de anuncios de acontecimientos culturales en este distrito de Berlín

Un trozo de vía de la línea BerlínGörlitz, cerca del 'beschaubrücke', es hoy en día un testimonio mudo de tiempos pasados

Unos terraplenes junto al puente han ocultado para siempre lo que quedaba de la antigua estructura de mediados del siglo XIX. Ahora es solo una vía verde sobre un promontorio que comunica este barrio con el parque Görlitzer