viernes, 25 de marzo de 2016

El espía que me amó: Charlotte Philby vuelve a Moscú en busca de su abuelo Kim Philby

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El espía que me amó: Charlotte Philby vuelve a Moscú en busca de su abuelo Kim Philby

Traducción del artículo The spy who loved me: Charlotte Philby returns to Moscow in search of her grandfather Kim Philby publicado en The Independent el sábado 6 de marzo de 2010.

El brillante 4x4 negro retumba mientras avanza lentamente a través del cementerio. En los últimos días, pesadas capas de nieve se han depositado en las llanuras de Moscú y a ambos lados de nuestra carretera el suelo es de un blanco deslumbrante. Los dos hombres que asoman en los asientos delanteros –mis guardias de honor– permanecen en silencio, entrecerrando los ojos contra la luz del sol que se cuela a través de las copas de los árboles.

Finalmente, el coche se detiene y el conductor, mirándome por su espejo retrovisor, asiente. Sin decir una palabra, sale del coche con su larga gabardina oscura y sus zapatos de cuero pulido, abriéndome la puerta trasera para que le siga. Mientras la brisa gélida golpea nuestras mejillas, apunta hacia una tumba ligeramente elevada: “La mamá de Yeltsin”, explica. Caminamos en silencio; los demás se detienen, inclinando la cabeza, mientras me sitúo frente a otra tumba situada unos metros más allá.

Aunque esta es la primera vez que estoy frente al lugar donde reposan los restos de mi abuelo, lo reconozco al instante. Ya había visto la lápida –alta y pulida, con la inscripción en cirílico y la imagen de su rostro grabada en la superficie– en fotografías familiares o en recortes de prensa. También su cuerpo frío adornado con medallas– en un ataúd abierto, con guardias armados a ambos lados, así como el cortejo fúnebre multitudinario caminando a través del cementerio de Kuntsevo hacia este mismo lugar.

A los seis años de edad miraba todas esas fotos advirtiendo que había algo peculiar en el abuelo Kimsky. Hoy, de pie frente al lugar donde descansa para siempre, rodeada por ex primeros ministros y héroes nacionales, en un cementerio aislado a las afueras de Moscú y con dos perfectos extraños asomando por detrás de mí, rememoro una vez más lo diferente que fue.

Además de ser mi abuelo –a quien recuerdo, de mis viajes de infancia a Rusia, como un hombre viejo y divertido, con una sonrisa radiante, que se vestía casi exclusivamente con chalecos blancos y tirantes– Kim Philby, a día de hoy, sigue siendo uno de los agentes dobles más importantes de la historia moderna. En 1963, después de haber sido identificado en Gran Bretaña como el famoso “tercer hombre” del Círculo de Espías de Cambridge, Kim huyó a Moscú, para no volver a poner los pies nunca más en el otro lado del Telón de Acero.

Desde entonces ha habido numerosos intentos de entender cómo este alumno sociable de escuelas públicas inglesas y sus compañeros espías de Cambridge –Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross– pudieron ser persuadidos para traicionar a su país y engañar a sus familiares y amigos. Y a cada nuevo capítulo, la historia evoluciona y la respuesta se hace cada vez menos clara: cuanto más se profundiza en su personaje, más esquivo se vuelve.

Ahora, en un esfuerzo por poner un poco de orden en la comprensión que tengo sobre mi abuelo, para aclarar la imagen caleidoscópica que sobre él se ha formado en mi mente, he vuelto por primera vez, ya como adulta, al país donde vivió los últimos 25 años de su vida en el exilio político.

Charlotte Philby depositando flores en la tumba de su abuelo, en el cementerio de Kuntsevo

Es mi tercer día en Rusia. A media mañana, envuelta en el viejo sombrero de oso de Kim y un abrigo a juego (con este frío no tiene sentido reivindicar aquí los derechos de los animales), me pongo en camino desde mi hotel. Conmigo llevo un mapa y suficiente dinero para poder pagar el metro y el taxi que voy a tener que coger desde la estación hasta el cementerio situado junto a la autopista Mozhaisk.

Dos horas más tarde, azotada por el viento y prácticamente congelada de pies a cabeza, llego al concurrido cementerio en cuya puerta, con la esperanza de que el guarda pueda indicarme la dirección correcta, garabateo el nombre de mi abuelo y la palabra “comunista” en un pañuelo de papel a la vez que le muestro mi permiso de conducir.

Cuando por fin dejo claro que he venido desde Inglaterra para visitar la tumba de mi abuelo Kim Philby –el agente soviético que fue enterrado como un héroe en algún lugar de este cementerio a finales de los años ochenta–, el viejo guarda comienza a gritar y me conduce a una oficina a través de una puerta privada. Allí le explica la historia a un hombre alto, vestido con una gabardina oscura, que se identifica como el “jefe”. Éste, a su vez, me hace salir fuera en dirección hacia un flamante Range Rover con ventanas ennegrecidas.

Unos segundos después, cruzamos el cementerio a toda velocidad con el conductor haciendo varias llamadas telefónicas por el camino, cada una consistente en unas pocas frases cortas. A continuación, giramos por diferentes calles llenas de tumbas hasta el camino principal, controlado por guardias armados. Cuando divisan nuestro coche, los hombres se mueven de sus puestos, saludando y haciendo zumbar las puertas eléctricas; uno de ellos salta al asiento delantero y pide instrucciones mientras nos ponemos de nuevo en marcha.

Cinco minutos más tarde, estoy mirando la sombra de un árbol alto y sin hojas que se extiende sobre la nieve, en el camino frente a la tumba de mi abuelo. Y me pregunto quién habrá estado aquí en las últimas horas y ha colocado un montón de flores de brillantes colores en la base del sepulcro.

Charlotte Philby, de pequeña, con su abuelo Kim, durante una de las visitas familiares a su apartamento de Moscú

Hay muchas cosas que sobre él con total certeza. Los hechos básicos, después de todo, están bien documentados. Kim fue reclutado para la causa comunista cuando era un estudiante en la Universidad de Cambridge. Después de su graduación en 1933, viajó a Viena para servir en la organización comunista internacional Comintern, que era ilegal en Austria. En su bolsillo portaba únicamente las 100 libras esterlinas que le había dado su padre, que también se había graduado en esa misma universidad.

St. John, un inconformista como su hijo, se había unido al Servicio Británico de Relaciones Exteriores en 1917, cuando Kim contaba cinco años de edad. Fue un oficial de la Función Pública de la India que se volvió arabista y explorador, que se pasó veinte años viajando en camello cartografiando el inexplorado desierto saudí de Rub al-Jali y que cruzó innumerables caminos en compañía de Lawrence de Arabia. Se acabó casando con una esclava que le regaló su amigo el rey Ibn Saud de Arabia Saudita, de quien fue asesor personal durante muchos años. Descontento con la política británica en el Medio Oriente, el padre de Kim renunció al Servicio Exterior en 1930, convirtiéndose al Islam y tomando el nombre de Hajj Abdullah.

En 1933 Kim se marchó a Viena. Allí se ofreció como voluntario en el comité de refugiados, recaudando fondos y escribiendo y difundiendo propaganda en secreto. También distribuyó ropa y dinero entre todos aquellos que habían huido de la Alemania fascista. Se casó con Litzi Friedmann, una activista judeo-austríaca, para ayudarla a salir de su país. Cuando en mayo la pareja regresó a Inglaterra, Kim ya era un agente soviético. Encontró trabajo como corresponsal en el extranjero y viajó mucho, mientras se iba aproximando a los servicios de inteligencia británicos. En 1944 fue nombrado jefe de la recién creada Sección Antisoviética, siendo enviado más tarde a Washington. Allí, como máximo representante y enlace del Servicio Secreto de Inteligencia, trabajó durante varios años con la CIA y el FBI. A lo largo de todo ese tiempo puso una gran cantidad de información directamente en las manos de los rusos.

A su regreso a Inglaterra, Kim se esforzó mucho en cubrir las huellas de su pasado comunista. En 1934 se unió a la causa de la Amistad Anglo-Germana, editó una revista pro-Hitler, se entrevistó repetidas veces en Berlín con el Ministro de Propaganda alemán e incluso fue condecorado por Franco en 1938 con la Cruz Roja al Mérito Militar. Poco a poco se fue convirtiendo en uno de los agentes dobles más astutos y traicioneros de todos los tiempos.

El agente Stanley, tal como se le conocía, era sin duda despiadado. De acuerdo con un reciente artículo publicado en el Daily Telegraph: “Durante años Philby saboteó misiones aliadas detrás Telón de Acero y envió a la muerte, de forma calculada, a docenas de agentes”. Casi con toda seguridad, Philby delató a los primeros albaneses entrenados por el Gobierno británico que fueron lanzados en paracaídas para sabotear el régimen comunista de Enver Hoxha y que acabaron siendo ejecutados. Es comprensible, por tanto, que sea odiado por mucha gente. En artículos publicados en internet los lectores lo describen habitualmente como “maligno” y “un cáncer para la sociedad”. Hace apenas cinco años, a mi madre y a mí nos echaron de una tienda en Arizona a causa del nombre en nuestras tarjetas de crédito.

Pero como el escritor Graham Greene –íntimo amigo de mi abuelo y oficial de la inteligencia británica que trabajó bajo sus órdenes en el MI6– escribió en la introducción de la autobiografía de Kim titulada Mi guerra silenciosa: “Desde su punto de vista, el fin, por supuesto, justificaba los medios. Sin embargo, éste es también el punto de vista, tal vez menos abiertamente, de la mayoría de los hombres que se dedican a la política, si hemos de juzgarlos por sus acciones, ya sea un Disraeli o un Wilson”. 'Él traicionó a su país' –sí, tal vez lo hizo–”, continúa Greene, “¿Pero quién de nosotros no ha cometido traición por algo o alguien más importante que un país? Philby creía que estaba trabajando para cambiar las cosas, lo cual beneficiaría a su patria. 

A lo largo de su vida, Kim se casó cuatro veces y tuvo cinco hijos con su segunda esposa Aileen Furse. Su hijo mayor fue mi padre John Philby. En 1963, siendo un estudiante de arte de 19 años de edad, John se enteró de que su padre era un espía soviético mientras bajaba de un ferry en la Isla de Wight. Allí se encontró con un cartel en el que ponía que Kim era un hombre buscado por la justicia. Había transcurrido mucho tiempo desde que comenzaron las sospechas. En 1951 Kim había avisado a su compañero de Cambridge Donald Maclean que Gran Bretaña conocía sus actividades como espía y que se había emitido una orden para su arresto. Cuando Burgess y Maclean huyeron a Moscú, evitando su captura, Kim fue el principal sospechoso de haberles dado el chivatazo. Pero en el famoso “Juicio Secreto” de 1952 convenció a su interrogador del MI5 Buster Milmo de que él no era un agente soviético. Logró engañarlo mediante el uso de su tartamudeo ocasional, con el que ganó tiempo para poder pensar antes de decir alguna mentira demasiado evidente. En 1955 Harold Macmillan, por entonces secretario de Relaciones Exteriores, leyó un comunicado confirmando que no había pruebas de que Kim Philby fuese un espía. En 1962, cuando Macmillan era ya Primer Ministro, el agente doble soviético George Blake fue arrestado. Kim ya no pudo ocultar la verdad por más tiempo.

Fotografía del portal de un edificio de Moscú no explicitado por la autora del artículo. Quizás para salvaguardar la intimidad y la seguridad de las personas vinculadas a Philby, en el texto no se hace referencia a este lugar

Estos son los hechos, aunque también hay un montón de interrogantes al respecto. Y son estas dudas las que tenía en mente cuando, al día siguiente, caminaba desde mi hotel en dirección hacia el apartamento de Kim, a través de la plaza Roja, siguiendo una ruta dibujada a lápiz sobre mi mapa. Unas indicaciones vagas elaboradas a partir de los recuerdos combinados de varios familiares, ninguno de los cuales ha estado aquí en los últimos 20 años.

A pesar de que visitamos a Kim en numerosas ocasiones, nadie de la familia dispuso nunca de su dirección en Moscú. En aquellos días, la correspondencia debía ser enviada a un apartado de correos de la ciudad. En su respuesta, Kim firmaba siempre con un nombre en código, “Panina” (una combinación de Pa y Nina, el alias utilizado por la esposa de Kim). Cada vez que íbamos a verle, nos recogían en el aeropuerto y nos llevaban hasta su piso en un coche del KGB. Y lo hacían a través de una ruta tortuosa para que nadie pudiese recordar cómo llegar hasta ese lugar.

Fue de hecho durante esos viajes cuando se formaron algunos de mis primeros recuerdos sobre las visitas a Kim. Por ejemplo, el estar casi “volando” por el tercer carril de una autopista en el interior de un coche camuflado. A veces, el conductor corría una cortina en la parte interior de las ventanillas y, antes de partir, ponía en el techo del coche una baliza con una luz azul intermitente. Si teníamos mucha suerte, en ocasiones –y esto sucedía en la década de 1980– desde un compartimento cerca de la palanca de cambios nos llegaba el sonido lejano de un zumbido. Nuestro escolta sacaba entonces de su interior un teléfono conectado a un cable en espiral y hablaba en voz baja repitiendo siempre las mismas dos palabras, khorosho” y da”, una y otra vez antes de colgar.

De todas formas, aunque hubiese conocido la dirección del abuelo, en el año 2010 ya no resulta un dato de mucha utilidad. Desde la desaparición de la Unión Soviética, muchas calles han cambiado de nombre. Pero esto hoy no importa. Como he dejado un buen margen de tiempo para poder perderme por las calles de Moscú, encaro tranquilamente el camino hacia el apartamento donde Kim vivió sus últimos 25 años de vida. Y donde su viuda Rufa me está esperando para pasar juntas una larga tarde de merienda y té.

Por el camino paso junto a algunos de los viejos refugios de mi abuelo y, haciendo caso a los consejos que daba a sus visitantes –“si ya no puedes sentir tu nariz, entra dentro”– hago una parada breve para tomar un café en el hotel Metropol, el famoso punto de encuentro soviético. Atravesar el desvencijado detector de metales de su entrada principal es como pasar a través del túnel del tiempo.

Hall del hotel Metropol de Moscú

En una zona aislada junto al restaurante con cúpula (uno de los favoritos de Kim) veo un bar con poca iluminación que es atendido por camareros de piel gris. Las columnas que imitan el mármol se reparten entre racimos de sillas pintadas con pesados colores rojo y oro. Dichas sillas están frecuentadas por grupos de hombres con trajes anticuados, maletines y gafas de montura gruesa, que beben vasos de vodka bajo una nube de humo de cigarrillo. Es evidente que todo esto ha conocido mejores tiempos.

La calle Tverskaya, la principal vía de Moscú, que yo recuerdo de las vacaciones de mi infancia como un tramo gris y monótono plagado de colas de gente que parecía que no sabían lo que estaban esperando (aunque generalmente eran naranjas o helado), resulta hoy en día apenas reconocible. Toda ella es una red de tiendas de diseñadores de moda y telefonía móvil, intercaladas con carteles chillones que cuelgan entre los edificios por encima de unas aceras siempre concurridas.

La Oficina Central de Correos, donde Kim iba cada mañana a recoger su correspondencia y una pila de periódicos británicos y estadounidenses, se encuentra a mitad de camino, a la izquierda de la calle. En su interior, el atrio que lleva al mostrador de clasificación y punto de recogida está salpicado de puestos de venta de productos electrónicos, caros accesorios de telefonía móvil y flores a tres Libras Esterlinas el tallo. Hay dos tiendas más de teléfonos móviles en el interior del edificio. En los escalones, una babushka envuelta en pieles pesadas y rodeada de bolsas de plástico cuenta un puñado de monedas de un penique.

Recuerdo una breve conversación telefónica que he tenido esta mañana con uno de los viejos camaradas de mi abuelo en el KGB, con quien he estado en contacto durante el transcurso de mi investigación para escribir este artículo. Me ha dicho que un grupo de cinco o seis de los ex colegas de Kim aún se reúnen cada mes para hacer un brindis en su honor. “No hay duda de que su abuelo habría desaprobado los agudos contrastes en la Rusia actual”, me ha dicho.

El alcance de estos contrastes se puede comprobar en dos artículos aparecidos consecutivamente en The Moscow Times. El primero informa que Rusia ocupa el lugar número 143 en la lista de las economías más libres del mundo, “sólo un punto más alto que los países con economías 'reprimidas' como Vietnam, Ecuador, Bielorrusia y Ucrania”, mientras que el siguiente cuenta cómo el oligarca Roman Abramovich, cuya riqueza asciende a 7.000 millones de Libras Esterlinas, se ha apoderado de treinta y cinco valiosas obras de arte para decorar su yate privado de 170 metros de eslora.

Antigua plaza Dzerzhinski, con el edificio de la Lubyanka (sede del KGB) al fondo

Un poco más allá de la esquina desde la que se domina la plaza Pushkin –el lugar donde se dice que se reunían los disidentes, sacándose los sombreros como señal para reconocerse entre ellos es la antigua sede del hotel Minsk que, como gran parte de la ciudad, se encuentra inmerso en un largo proceso de reconstrucción. En este lugar Kim se encontró por primera vez con el periodista Murray Sayle en 1967. Después de haberse asegurado la primera reunión de Kim con la prensa occidental tras su deserción, Sayle dice que lo encontró “un hombre cortés [que] sonríe mucho, con un pelo gris bien cortado y tez rubicunda que sugieren vitalidad y disfrute de la vida”.

El periodista añade que Kim demostró tener mucho aguante con la bebida durante el curso de sus reuniones posteriores, que tuvieron lugar a lo largo de una serie de largas comidas regadas con mucho alcohol: “Yo no podía detectar ningún cambio en su estado de alerta ni en su jovialidad mientras el camarero llegaba con tandas de 300 gramos de vodka o 600 gramos de coñac armenio”. Al igual que mi padre, Kim tenía un resistencia increíble. Ambos bebían cuando jugaban al ajedrez en el piso en Moscú (mientras yo correteaba causando estragos en la sala de estar) y durante sus largos viajes a Siberia y Bulgaria. Sin embargo, mi abuelo no siempre fue del todo “impermeable”. En una ocasión, después de habernos acompañado al aeropuerto para volver a casa, él y mi padre estaban tan borrachos que el personal de la terminal tuvo que meterlos en un armario, bajo unas escaleras y con una botella de vodka, para mantenerlos callados, mientras el embajador británico deambulaba por el edificio principal esperando el mismo vuelo hacia Londres.

Cuando le pregunté a mi padre, poco antes de morir el año pasado, lo que sentía por la traición de su propio padre, me dijo exactamente lo que Kim le había dicho a Sayle durante esa entrevista en 1967: “Para traicionar, primero hay que pertenecer”. Y como Kim se dijo a sí mismo: “Yo nunca pertenecí”. Mi padre siempre tuvo un gran respeto por mi abuelo. Me dijo que incluso cuando era un niño, él siempre supo que estaba tramando algo, aunque no sabía qué. La pareja se llevó bien en estos últimos años –eran muy similares en muchos aspectos– y mi padre dijo que nunca sintió ningún resentimiento, ni siquiera cuando era atacado injustamente debido a su apellido.

En su obra Single Spies, el escritor Alan Bennett afirmó que mi padre se presentó tarde al funeral de Kim. Dijo que, recién llegado directamente del aeropuerto, permaneció balanceándose detrás de una lápida sosteniendo unas bolsas llenas de bebidas alcohólicas. Pero lo cierto es que mi padre llegó a Moscú días antes del funeral y en una filmación hecha aquel día se le puede ver de pie justo detrás del ataúd de mi abuelo. Cuando Bennett se enteró de todo ello, escribió una nota a mi padre explicándole que la información procedía de una fuente fiable –un periodista de la BBC. Después de leer brevemente la nota, mi padre se encogió de hombros y la echó a una papelera. No se preocupó nunca de lo que los otros pensaban: “No seas aburrida ni tengas miedo de ofender a la gente”, fue una de las últimas cosas que me dijo antes de morir.

Mientras escribía este artículo, Bennett –autor también de An Englishman Abroad, en la que se imagina los años finales de Guy Burgess en Moscú: solitario, patético y totalmente frustrado respondió a un artículo de opinión más corto que escribí en julio pasado como preparación para este trabajo. En él defendía la decisión de mi abuelo de no pedir disculpas públicamente por sus acciones. En su diario para la London Review of Books, Bennett escribió: “Philby parece haber sido responsable de la traición y presunta tortura y muerte de una red de agentes, un hecho que nunca se ha podido demostrar en el caso de Blunt. Lo que hay contra Blunt, y también contra Burgess, es que no eran periodistas. Estos se cuidan entre ellos y Philby se hizo pasar por un reportero borracho y despreocupado. Por eso fue tratado con más indulgencia por los de su profesión”.

Bennett concluye: “Charlotte Philby cree que su abuelo era más honesto de lo que lo fue realmente. Sin embargo, se trató de un honestidad de taberna. Philby era el clásico tipo de 'Vamos a tomar otra bebida, viejo'. El bueno de Kim”. Me gustaría haber discutido un poco más con Bennett sobre sus comentarios, pero por desgracia cuando me puse en contacto con su agente para solicitar una reunión, mi invitación fue rechazada.

En la plaza Pushkin, tuerzo a la izquierda, según mi mapa, más allá de la tienda de comestibles donde Kim –como animal de costumbres que era– recogía su suministro diario de pan y de cualquier fruta y verdura que estuviese disponible para el consumidor. A él le gustaba el hecho de que en Moscú sólo se pudiesen comprar alimentos de temporada. Sin embargo, siempre pedía a sus familiares que le llevasen sus productos favoritos noperecederos que no podía comprar allí: mermelada, Marmite y salsa inglesa.

Hacia el final, tal como puedo comprobar ahora cuando entro en su piso, Kim se rodeó de cosas pertenecientes a la cultura británica y a la vida en el otro lado del Telón de Acero: desde novelas de P.G. Wodehouse a las especias de la India que usaba para su legendario curry.

Para algunos, detalles como éste han alimentado la cuestión de si llegado por primera vez a la patria por la que lo había sacrificado todo, que se supone que representaba todo por lo que él había luchado y donde viviría el resto de sus días en el exilio se volvió una persona desilusionada y amargada, añorando el país que había traicionado.

Sin embargo, yo creo que mi abuelo nunca se cuestionó ni una sola de las decisiones que tomó. Es cierto que, como todos los hombres de la familia Philby, era autodestructivo. Pero, más importante que eso, cada decisión que tomó lo hizo conscientemente. Kim sacrificó todo lo que tenía: arriesgó su vida y las vidas de otros, traicionó a sus compañeros y engañó a su familia y amigos (incluso llegó a espiar a su propio padre tal como se explicará en breve) porque él realmente creía desde el momento en que se unió a la lucha contra el ascenso imparable del fascismo que el comunismo era una causa estimable a la que valía la pena aferrarse por encima de todo.

Por supuesto que tomó decisiones audaces y enormemente polémicas, algunas de las cuales tuvieron consecuencias fatales. Pero no lo hizo a la ligera. Como Kim le dijo a mi madre cuando ella le preguntó si sentía algún remordimiento, él creía que era un soldado, luchando en una sangrienta guerra en el siglo más sangriento de la historia. Y si un soldado está luchando por una causa en la que cree, en la cual piensa que vale la pena sacrificar vidas humanas, aunque al final su bando pierda la guerra, ¿Significa eso que se equivocó al unirse a esa lucha?

Kim incluso engañó a sus propios hijos, abandonándolos cuando huyó a Moscú. ¿Fue esa una decisión egoísta? Quizás. Sin embargo, en su mente también estuvo plenamente justificada. Según sus palabras: “Yo soy realmente dos personas. Soy una persona privada y una persona política. Por supuesto, si hay un conflicto, la persona política es lo primero”.

En 1983, aproximadamente un mes después de que mis padres, siendo aún un bebé, me llevasen a visitarlo por primera vez, Kim nos envió una copia de la obra Sobre la dictadura del proletariado de Lenin, además de una larga y bella carta dirigida a mi abuelo materno, con quien era improbable que se llegase a reunir nunca. En el interior escribió: “Adjunto algunos extractos de nuestra biblia. Al igual que vuestras Santas Escrituras, está abierta a diferentes (y a menudo contradictorias) interpretaciones, de acuerdo con los gustos y prejuicios del lector”.

En la carta añadía: “El problema es que [Lenin] siempre estaba escribiendo a tenor de las cuestiones candentes de cada día (o incluso de cada hora); y, naturalmente, su estrategia y sus tácticas cambiaban para satisfacer esas circunstancias variables... Mi edición rusa cuenta con cincuenta y cinco grandes volúmenes, por lo que existe un amplio margen para la cita selectiva e incluso la interpolación espuria. ¿Quién va a revisar cincuenta y cinco volúmenes para comprobar una sentencia extraña? Sin duda, Jeremías se enfrentó a problemas similares.

Kim no era ningún ingenuo. Sabía que su ideal, como cualquier otro, era susceptible de ser corrompido. Pero eso no significaba que el ideal en sí fuese corrupto o que no valiese la pena. Además, quizás no siempre tuvo la razón. Como me reiteró por teléfono su ex colega del KGB: “Kim fue un comunista idealista. Él creía en la libertad de expresión y pensaba que el estalinismo y todo aquello sería temporal”. Obviamente, lo que sucedió después demostró lo contrario.

Tal vez en la época en la que murió, un año antes de la caída del Muro de Berlín y sabiendo lo que debía saber por entonces, seguramente se sintió decepcionado. Pero incluso en aquel momento de su vida, después de haber tomado decisiones basadas en sus profundas convicciones políticas, no creo que hubiera hecho las cosas de manera diferente.

El apartamento de Kim está situado en un bloque de varios pisos de altura no muy lejos de la plaza Pushkin. Se distingue de los otros por un pequeño balcón. Hoy en día la calle peatonal donde se encuentra sólo es accesible a través de una puerta codificada, y la fachada del edificio ha sido restaurada hasta hacerla casi irreconocible. En el interior, sin embargo, el ascensor es tan “temperamental” como lo fue siempre, así que subo a pie hasta su apartamento, reconociendo al instante la extraña puerta tachonada de cuero que aparece mientras asciendo por la escalera.

Charlotte Philby, posiblemente frente al edificio donde vivió su abuelo (la dirección exacta no aparece en el artículo, aunque sí muchas pistas sobre su ubicación)

La última vez que estuve en este apartamento, a los seis años de edad, hacía tan solo unos pocos días que Kim había fallecido y mis padres y yo fuimos recibidos por un mar de ojos hinchados. Durante nuestra estancia, los gritos y gemidos rebotaban en las paredes. Ahora, mientras la viuda de Kim me recibe en la puerta ofreciéndome un par de zapatillas de lana, el ambiente es tranquilo y calmado.

El piso del abuelo es casi exactamente como cuando él murió: “Después de que Kim se fuese, yo no quise cambiar nada”, dice Rufa. “Se trata de una casa antigua, no como esas otras de la nueva Rusia donde todo es moderno e importado”. Ella no puede imaginar lo que Kim habría hecho en este nuevo mundo, donde una minoría se ha enriquecido enormemente mientras que muchos la gran mayoría fuera de la capital viven en la miseria con poco apoyo del Estado.

En la sala de estar, por encima del sofá cuelgan las mismas pieles junto a un par de pistolas afganas que le regaló un colega del KGB a quien conocí con anterioridad. El sillón de Kim, en el que a nadie más, bajo ninguna circunstancia, le fue permitido sentarse mientras estuvo vivo tampoco durante muchos años después de su muerte, agrega Rufa continúa justo donde estaba, encabezando una mesa baja.

El gramófono, frente al cual Kim tomaba asiento cada tarde a las siete en punto para escuchar el Servicio Mundial, mientras bebía una taza de café, emite un tremendo gemido cuando vuelve a la vida, aunque sigue en muy buen estado. Y la cocina, en la que preparaba su desayuno ritual a base de beicon, huevos y tostadas (otro hábito inglés que nunca rompió) y donde pasó muchas horas cocinando todas las noches, es ahora inundada por el olor de los crepes salados que Rufa prepara para nuestro banquete de cinco horas.

De entre todos los rincones de la casa, el lugar donde la presencia de Kim se deja notar más es en su estudio. Aquí, rodeado de una gran biblioteca, se sentaba durante horas. El único cambio que puedo observar es un ordenador sobre su escritorio, donde antes hubo una vieja máquina de escribir. La vista desde una de las ventanas es, también, notablemente diferente. Desde el balcón se puede ver el mismo patio de la escuela en el que niños con pesadas chaquetas de esquí están enfrascados en un juego eterno: lanzarse desde lo alto de unas escaleras de hormigón hasta el suelo, donde gruesas capas de nieve amortiguan el golpe. Pero tras una ventana más pequeña, justo enfrente de la puerta, la vista de Moscú es interrumpida por el latido de un anuncio de neón de Samsung. Más tarde veré el mismo anuncio por encima de una estatua de Lenin, cerca de la antigua sede del KGB.

La biblioteca de Kim, que se hizo enviar poco después de su aparición en la Unión Soviética, es testimonio de sus complejidades y sus contradicciones: en las estanterías que hay a lo largo de las cuatro paredes de la habitación, los clásicos rusos y los textos comunistas más importantes están situados junto a las novelas de Raymond Chandler y P.G. Wodehouse; hay diecinueve volúmenes de la Historia Moderna de Cambridge y un álbum de recortes sobre Sherlock Holmes. Difícilmente se puede pasar por alto la ironía de un hombre que tan resueltamente traicionó a su país pero que en su apartamento soviético se rodeó de condimentos británicos, periódicos ingleses y alegres obras clásicas de su país.

Como se ha señalado anteriormente, este detalle, junto con el excesivo consumo de alcohol, fueron interpretados como síntomas de que al final de su vida Kim se convirtió en un hombre roto, desilusionado y desanimado. Llegó a Moscú esperando recibir encargos importantes en un puesto de alto rango dentro del KGB y, sin embargo, se quedó con muy poco que hacer, usando la bebida para soportarlo. De hecho, cuando en 1994 seis años después de su a muerte el escritor ruso Genrikh Borovik tuvo acceso a los archivos desconocidos que había en el KGB sobre Kim, quedó claro el grado de desconfianza que los rusos tenían sobre él.

Esos documentos revelaron que Philby fue reclutado porque se creía erróneamente que su padre, St John, era un oficial de la inteligencia británica. Una de las primeras tareas que se le encomendó fue la de espiar a su propio padre, lo cual hizo sin lugar a dudas. Su trabajo dio muy poco de sí ya que, aunque los rusos no quisieran creerlo, no había nada que desenterrar.

Durante años hizo todo lo que se le pidió. Entregó todo lo que tenía a la causa y, aún así, Moscú siempre sospechó de un hombre que había sido descrito como el mejor y más leal sirviente.

Discutiendo las razones de esta postura en la introducción del libro de Borovik, The Philby Files, el periodista y biógrafo Philip Knightley que entrevistó exhaustivamente a mi abuelo durante sus últimos años de vida escribe: “¿Eran tan tontos los dirigentes de los servicios de inteligencia británicos como para ignorar que había informaciones importante que estaban fluyendo hacia Moscú? ¿Con sus puntos de vista comunistas en Viena y su esposa austríaca también comunista, fue reclutado para el SIS a pesar de los procedimientos para investigar sus antecedentes?”.

En el caso de Kim, no ayudó el hecho de que varios de sus controladores soviéticos incluyendo a “Mar”, el hombre que lo reclutó fueran ejecutados con posterioridad como “enemigos del pueblo”. Pero sobre todo el problema fue que la inteligencia de Kim era demasiado prodigiosa y, en perjuicio suyo, los servicios de inteligencia tienen tendencia a creer que cuanto mejor sea la información, más debe ser cuestionada.

Eso fue lo que ocurrió. Al final a pesar de haber sido descrito de forma renuente por Allen Dulles (jefe de facto de la CIA entre 1953 y 1961) como “el mejor espía que Rusia ha tenido jamás Kim fue vigilado a la vez que protegido por sus maestros. Le impidieron usar todo su potencial y él esto lo lamentó mucho. Sin duda le molestaba enormemente tener que ir acompañado siempre dondequiera que fuese en sus primeros años de vida en Moscú, como atestigua Rufa. Pero si todo ello generó en él un sentimiento de autocompasión, esa es otra historia.

En primer lugar, la vida de Kim detrás del Telón de Acero no fue tan mala. Tenía amigos y una esposa. Se entregó a una cultura a la que amaba, yendo a conciertos, al ballet y a las galerías de arte. Viajó a Cuba, Berlín Este y a través de la Unión Soviética. Y pasó los fines de semana en su querida dacha.

En segundo lugar, estuvo siempre preparado para lo que pudiera suceder. Sabía lo que estaba arriesgando su familia, sus amigos, su reputación y tomó sus decisiones en consecuencia. Hizo todo lo que pudo por una causa en la que creía. Sabiendo todo esto, ¿qué había que lamentar? En cuanto a la bebida, Kim no necesitaba una excusa para abrir una botella, era un bebedor en los buenos y en los malos tiempos.

Contemplando el estudio de Kim, más allá de la foto donde posa orgulloso con el equipo local de hockey sobre hielo, debajo de una de su padre y otra con varios políticos soviéticos dándose la mano, mi mirada se ve atraída por una gran pintura en blanco y negro del Che Guevara. El cuadro asoma sobre una de las estanterías en la esquina de la derecha, como un ojo que todo lo ve. Recuerdo las palabras de Kim: “He seguido exactamente la misma trayectoria que él durante toda mi vida adulta. La lucha contra el fascismo y la lucha contra el imperialismo eran fundamentalmente la misma lucha”.

¿Se equivocó siguiendo el camino del comunismo, cuando tanta gente lo había abandonado? ¿Hizo mal en querer comprobar cómo acababa lo que él mismo había empezado? ¿Se puede considerar lamentable que creyera todavía que un estado comunista podía existir sin corrupción, una corrupción que afecta a todos los sistemas, en beneficio de una sociedad equitativa y justa? Sea lo que sea lo que pensemos sobre él, Kim sintió que la historia le daría la razón: “Voy a ser recordado como un buen hombre”, le dijo a mi madre tan sólo dos años antes de su muerte. Tal vez sea demasiado pronto para juzgarlo. Después de todo, el comunismo, según sus seguidores, es una “época final”. Un final inevitable una vez que todos los demás sistemas se han devorado a sí mismos. Cosa que, por supuesto, acabarán haciendo.

Mientras salgo del balcón, mis ojos se clavan en un punto concreto de la habitación. En medio de la estantería que hay detrás de su escritorio, por encima de la silla vacía y justo donde la cabeza de Kim habría descansado muchas veces, asoma un único libro. Caminando hacia él, leo asombrada el título de la novela de Anthony Trollope: Él sabía que tenía razón. 

Charlotte Philby con Rufina Ivanova, cuarta esposa de Philby y su viuda


Kim Philby: Cronología

1912 Harold Adrian Russell 'Kim' Philby nace el 1 de enero en Ambala, India, hijo de Dora y St John. 

1925 Asiste a la Escuela Westminster de Londres.
1929 Entra en el Trinity College de Cambridge. Se une a la Sociedad Socialista de la Universidad de Cambridge. Conoce a Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross.
1933 Deja Cambridge como un comunista convencido. Va a Viena para servir allí a la causa. 
1934 Se casa con la judía comunista Litzi Friedmann. De regreso en Inglaterra, comienza a encubrir su pasado, uniéndose a la Asociación de Amistad Anglo-Alemana y editando su revista pro-Hitler. 
1937 Se une a The Times como corresponsal en el extranjero. En España, informa sobre la Guerra Civil desde el bando del general Franco, quien le otorga la Cruz Roja al Mérito Militar.
1940 Es reclutado por los servicios secretos británicos y se une al Servicio Secretos de Inteligencia (SIS) bajo la supervisión de Guy Burgess.
1941 Es transferido a la subsección ibérica del SIS. Se hace cargo de la inteligencia británica en España y Portugal. 
1942 Se casa con Aileen Furse, con quien tiene dos hijas y tres hijos. Su área de responsabilidad se amplia al Norte de África y al espionaje italiano. 
1944 Es nombrado jefe de la Sección IX, recién creada para operar contra el comunismo y la Unión Soviética. 
1946 Se traslada a Turquía, trabajando como jefe del SIS. 
1949 Se convierte en el representante del SIS en Washington. 
1951 Advierte a su compañero Donald Maclean (del “Grupo de Cambridge”) que se ha dictado orden de detención contra él. Maclean y Burgess escapan a Rusia. Philby es convocado para ser interrogado y se le pide que presente su renuncia como miembro del Servicio Exterior.
1955 El gobierno publica el informe sobre el asunto Burgess-Maclean. El Ministro de Asuntos Exteriores Harold Macmillan dice en el Parlamento que no hay evidencia de que Philby haya traicionado los intereses de Gran Bretaña. Philby es despedido del Servicio Exterior por su asociación con Burgess. 
1957 Fallece Aileen Furse, segunda esposa de Philby. 
1958 Se casa con la estadounidense Eleanor Brewer. 
1962 George Blake es capturado. Philby queda al descubierto.
1963 Philby desaparece en Beirut el 23 de enero. Días después llega a Rusia. Gran Bretaña declara que Philby es el tercer hombre”. 
1965 Recibe la Orden de la Bandera Roja, uno de los más altos honores militares de la Unión Soviética. 
1971 Se casa en Moscú con Rufina Ivanova. 
1988 Muere el 11 de mayo a la edad de 76 años. Se le entierra con honores de héroe en el cementerio de Kuntsevo es Moscú.

Traducción de Mayakovski

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