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martes, 28 de junio de 2016

Rocky Balboa llega a la serie "The Americans"

Recién finalizada la emisión de la cuarta temporada de la serie “The Americans” (Fox Life - Movistar+), la mayoría de sus seguidores se habrá dado cuenta ya de los cambios introducidos el año pasado en los títulos de crédito iniciales de cada capítulo y que, no por menos trascendentales, resultan sorprendentes por su sutileza. Se trata de un conjunto de fotografías, añadidas a las imágenes ya presentes en los créditos de obertura originales, que no revelan ningún secreto escondido en los últimos guiones de la serie ni aportan nada nuevo al argumento. Pero que por lo intrascendente de su intención se convierten en especialmente llamativas. Como mínimo por la molestia que ha debido suponer acelerar el nuevo montaje para sincronizarlo con la banda sonora del compositor Nathan Barr.

Los títulos de crédito de este drama televisivo creado por Joe Weisberg muestran, durante veinticinco segundos, una colección de estampas de lugares y personajes relacionados con la Guerra Fría haciendo un curioso e interesante ejercicio de similitudes entre la URSS y los EE.UU.: el monumento El obrero y la koljosiana de Moscú y el izado de la bandera en Iwo Jima; pósters propagandísticos de ambos países, entre ellos los celebérrimos de Ródchenko; un astronauta norteamericano y un cosmonauta soviético; Karl Marx y Santa Claus; Lenin y Washington; Jrushchov y Kennedy; Brézhnev y Carter; Andrópov y Reagan; uno de los rascacielos estalinistas y el Capitolio; una estrella roja del Kremlin y la bandera de los Estados Unidos -también con estrellas, además de las barras-. En definitiva, un paralelismo entre los universos simbólicos de ambas potencias con el que los autores de “The Americans” han querido dejar constancia de que la Guerra Fría fue una lucha entre iguales, entre gobernantes situados en ambos extremos del arco ideológico pero con intereses idénticos de puertas adentro: el poder y el control social de la población.

En la tercera temporada, estrenada en 2015, llegó este sutil y hasta cierto punto misterioso añadido que se ha mantenido en esta última que acaba de finalizar. Sin modificar en absoluto el montaje de imágenes de las temporadas precedentes, en el segundo dieciséis aparecieron cinco nuevos segundos con más paralelismos entre los imaginarios visuales de las antiguas superpotencias: el monumento dedicado a Yuri Gagarin en Moscú y el de Rocky Balboa en Philadelphia; una de las torres del Kremlin y el Monumento a Washington en la capital norteamericana (el famoso obelisco blanco de 170 metros de altura); Gerald Ford y Brézhnev; un sello de 1980 sobre la mítica selección soviética de hockey sobre hielo y uno dedicado al Vietnam Veterans Memorial; y, para acabar, una fotografía del Estado Mayor del Ejército de los EE.UU. -curiosamente, con sus rostros censurados- y un busto de Stalin junto a un sello de Lenin con el escudo metálico “La URSS, baluarte de la paz” de fondo (este escudo aparece fugazmente al comienzo de estos mismos créditos).

¿Qué significado tiene este nuevo material? Es casi imposible saberlo. Gerald Ford fue un efímero presidente norteamericano que participó en noviembre de 1974 en un encuentro con Leonid Brézhnev en Vladivostok  (de ahí la foto de ambos mandatarios con sombreros de piel). La pregunta es: ¿Por qué no aparece también Richard Nixon, que viajó a Moscú en 1972 y tuvo un papel más relevante en la política internacional de su país? La ausencia de este personaje resulta, como poco, extraña. ¿Y Stalin? ¿Qué pinta Stalin en una historia situada en la década de los ochenta? La respuesta seguramente es que su sombra fue y sigue siendo muy alargada, pese al “deshielo” decretado en la URSS a finales de los años cincuenta. ¿Y los sellos? El que aparece tras el busto de Stalin es de 1987 y homenajea el III Congreso de Jóvenes Comunistas al que Lenin asistió tras la Revolución de Octubre, según un cuadro pintado en 1949 por Piotr P. Belousov (1912-1989). Pero entonces, ¿qué tienen que ver el Vietnam Veterans Memorial de Washington con el Red Army, el poderoso equipo soviético de hockey? Prácticamente nada. El único nexo común es la época, más o menos aproximada, a la que se remontan ambos escenarios.

Sin embargo, la comparación que se lleva la palma es la del monumento al cosmonauta Yuri Gagarin, en la Leninskiy prospekt de Moscú, con la estatua del personaje de ficción el boxeador Rocky Balboa, instalada cerca de los 'Rocky Steps', las escalinatas del Philadelphia Museum of Art. En este caso, y en contra de lo que la mayoría podría pensar, las dos estatuas tienen curiosos e interesantes puntos en común que vale la pena desgajar. Aunque la de Gagarin posee un estilo más futurista, ambas muestran una figura masculina de cuerpo entero perfectamente musculada. La del cosmonauta soviético fue inaugurada en julio de 1980, con motivo de los Juegos Olímpicos celebrados en Moscú. La del personaje interpretado por Sylvester Stallone se creó ese mismo año para aparecer en “Rocky III”, la tercera entrega de la saga de películas iniciada en 1976 y ambientada en Philadelphia. Tras el rodaje, el actor donó el monumento a la ciudad, dos años antes del estreno oficial de la película. En ella, Rocky Balboa se entrenaba en estas mismas escalinatas alzando los brazos en señal de victoria, siendo ésta una de las imágenes más recordadas del personaje y una de las más icónicas de la historia del cine. Y es lo que refleja precisamente la estatua, aunque en este caso no vaya en chándal sino con el calzón reglamentario de boxeador. En el caso de Yuri Gagarin, su monumento se instaló en la Leninskiy prospekt, concretamente en una plaza que tomó su nombre, porque por esa avenida se dirigió hacia el Kremlin en abril de 1961, procedente del aeropuerto moscovita de Vnukovo, tras su vuelo pionero alrededor de la Tierra en la nave Vostok. ¿Cuál es la diferencia entre ambas estatuas? La de Gagarin es más grande, mira hacia el cielo y es de titanio; la de Rocky mira ligeramente hacia abajo y es de bronce. Es imposible conjeturar qué grado de conocimiento tenían los diseñadores de los créditos de “The Americans” a la hora de elegir estos dos iconos de la Guerra Fría. Ni si este cambio obedeció a alguna causa que se le escapa incluso al más fanático de los seguidores de la serie. Puede que todo haya sido un capricho de sus creadores o una orden dictada desde los despachos de la productora, DreamsWorks Television. Aunque no olvidemos que en 1985 el personaje de Rocky Balboa se enfrentó al boxeador soviético Iván Drago en “Rocky IV”, la película más antisoviética de toda la saga. Son, pues, demasiadas coincidencias para ser una elección hecha al azar.

Sin duda, los créditos iniciales de "The Americans" son uno de los mejores productos en su género de los últimos años. Sin embargo, todo este simbolismo ha pasado por alto a buena parte de los usuarios de la página web filmaffinity España, que la ha colocado en el puesto 55 de un total de 60, únicamente con 5 puntos. Y es que resulta más fácil dejarse deslumbrar por la ficción de "Juego de Tronos" que conocer la historia reciente en el ámbito de la política internacional. Un lástima, porque la primera nos entretiene pero la segunda determina nuestras vidas. 

Mayakovski

 En el segundo 16 de los títulos de crédito iniciales aparece la imagen de un hombre encapuchado, aparentemente a punto de ser interrogado. En este momento se añadieron en la tercera temporada cinco segundos nuevos con otras imágenes en paralelo







 En la nueva versión de los títulos de crédito aparecen Yuri Gagarin y Rocky Balboa, una torre del Kremlin y el obelisco de Washington, Gerald Ford y Leonid Brézhnev, sellos de la 'Red Army' y del 'Vietnam Veterans Memorial' y una extraña combinación entre el Estado Mayor del Ejército USA y un busto de Stalin





 Tras el último fotograma (el del busto de Stalin) el montaje empalma con la versión antigua de los títulos de crédito, mostrando en el mismo orden la estatua de Lenin en el VDNJ de Moscú, una foto de una estatua de George Washington con la palabra 'People' sobreescrita -junto a un dibujo de una antorcha con la palabra rusa 'Narod' (Pueblo)-, una foto de Jrushchov al lado de una de Kennedy, una de Brézhnev junto a una de Reagan y una bandera norteamericana ligada a una estrella del Kremlin. Así acaban los títulos de crédito iniciales de cada capítulo, con esos 5 segundos añadidos a partir de 2015


La estatua de Rocky Balboa, junto a los 'Rocky Steps', es una de las atracciones más visitadas de Philadelphia (después de la 'Liberty Bell'). Emula, aunque con calzón de boxeador, el gesto de Sylvester Stallone cuando entrenaba en estas mismas escaleras, las del
Philadelphia Museum of Art


viernes, 15 de agosto de 2014

La vida soviética de la multimillonaria Christina Onassis


La mañana del 2 de agosto de 1978 la prensa mundial abría muchas de sus portadas con una de las noticias más sorprendentes de los últimos años: La multimillonaria griega Christina Onassis, heredera de un imperio naviero de 500 millones de dólares, se había casado el día anterior con el funcionario soviético Sergei Danilovich Kauzov en el Palacio Central de Matrimonios de Moscú. La intención de la pareja, según se decía, era instalarse en un apartamento de la capital de la Unión Soviética. Esta foto fue difundida por la agencia de noticias TASS y en ella se ve a la pareja junto al embajador griego en la URSS, Pierre Calogeras, y su esposa. Solamente nueve personas más asistieron a la boda. (Fuente de la imagen: http://storiesstar.ru/wp-content/uploads/2014/06/st00199.jpg)

Ese fue el inicio de una de las historias más rocambolescas de la época de la Guerra Fría. Aunque la intención de Christina Onassis de casarse por tercera vez había sido difundida públicamente un mes antes de la boda, durante los días posteriores al enlace los diarios de todo el mundo fueron aportando más detalles sobre la vida de Sergei Kauzov. Unos detalles que hicieron correr ríos de tinta con multitud de leyendas que aún hoy en día no han sido aclaradas. Kauzov, casado y con una hija, era políglota, miembro del PCUS y trabajaba en la todopoderosa empresa estatal del transporte Sovfraht ("Совфрахт"), dependiente del Ministerio de Comercio Exterior. Esta empresa había sido fundada en 1929 por el Soviet del Trabajo y la Defensa y controlaba el transporte terrestre de mercancías en toda la Unión Soviética. Christina Onassis se había hecho cargo en 1976 de algunas actividades en el conglomerado de empresas de su padre (fallecido el año anterior) y esto la pudo llevar a conocer a Kauzov en Moscú, adonde viajó para tratar un tema relacionado con el transporte de grano. O puede que se conociesen al año siguiente en París negociando con el gobierno soviético los términos de un acuerdo de cooperación en materia de transporte (Kauzov había sido trasladado allí después del primer encuentro con Christina en Moscú). Además de insistir en el hecho de que Sergei Danilovich había abandonado a su mujer y a su hija para casarse con una millonaria, la prensa occidental (la soviética carecía de 'páginas de sociedad') destacaba su carácter seductor a pesar de que llevaba un ojo de cristal del cual, según parece, hacía pública ostentación. Es en este punto donde comienza el mito en la relación entre estas dos personas pertenecientes a mundos tan opuestos, un soviético de 37 años y una multimillonaria de 27 que había heredado el imperio creado por su padre Aristóteles, marido de Jacqueline Kennedy y Maria Callas. ¿Fue un enamoramiento mútuo y sincero? ¿O se trató de un capricho más de la millonaria heredera? ¿O quizás Kauzov era un "Romeo" del KGB con la misión de seducir a la joven griega y establecer contacto con la fortuna de la familia Onassis? El ex agente Vadim Melnikov aseguró que existía un plan denominado "Olympia" para extender los tentáculos del KGB hasta la mayor flota del mundo. Y el desertor Oleg Kalugin manifestó que Kauzov pudo haber estado implicado en un fraude de divisas que habría sido convenientemente utilizado para llevar a cabo una misión de alto calado aprovechando su gran visión para los negocios. (Fuente: http://read-this-text.blogspot.com.es/2013/07/blog-post_229.html)

Sea cual sea la verdad en esta extraña historia, el hecho es que nos permite descubrir dos lugares prácticamente anónimos en la ciudad de Moscú: el Palacio del Matrimonio (o de Bodas) y las viviendas construidas en los años 70 destinadas a la intelligentsia soviética.



 El Palacio Central del Matrimonio se encontraba en el número 10 del pasaje Malyy Kharitonyevskiy (antiguo pasaje Griboyédov). De hecho, sigue existiendo en la actualidad con el nombre de Palacio del Matrimonio nº1 ("Дворец бракосочетания №1") y publicita en internet todos sus servicios (por ejemplo, http://orgpoisk.ru/info/id/188). El lugar es conocido popularmente por el antiguo nombre de la calle, Griboyédov, que era a su vez el nombre de este palacio en 1909, año de su construcción. El Malyy Kharitonyevskiy pereulok se halla situado entre el Anillo de los Jardines y el Anillo de los Bulevares (es paralelo a ambos), cerca de la Krasnye Vorota (antigua plaza Lermontovskaya)
(Fuente: Google Maps 15/08/2014)


 La boda, anunciada con antelación, movilizó a muchas personas (básicamente periodistas) que no se quisieron perder el acontecimiento. Las crónicas hablan de todo un dispositivo del KGB que mantuvo al público en la acera opuesta del palacio. En 1961 el Comité Ejecutivo del Soviet de Moscú había trasladado a este lugar el Registro Civil de la ciudad, inaugurando aquí el "Palacio Central del Matrimonio" que aún sigue en funcionamiento. Como puede verse, su aspecto exterior apenas ha cambiado.
(Fuentes: Google Street View 15/08/2014 y http://pastvu.com)



 Transcurridos treinta y seis años desde aquel evento, la decoración de la sala de ceremonias tampoco ha variado significativamente

La boda congregó a once invitados, entre los cuales se encontraba el embajador griego Pierre Calogeras y algunos familiares de Kauzov. No vino nadie por parte de Christina Onassis. Hubo además una orquesta que amenizó el acto. La prensa destacó que Christina lucía un sencillo vestido estampado de verano de color violeta


El matrimonio se instaló, por consejo de las autoridades locales y del mismo Andrópov, en un apartamento en el bloque de pisos del pasaje Protopopovskiy número 16 (antiguo Bezbozhnyy pereulok). Este nombre deriva de "bezbozhnik" que quiere decir "ateo". El moderno edificio había sido construido un año antes, en 1977, y se destinó a escritores soviéticos de élite. Con una calidad superior al estándar de la época, su estilo ya nada tenía que ver con las obras constructivistas destinadas a la intelligentsia de la URSS de los años veinte y treinta. El bloque, aún en pie y bastante bien conservado, hace esquina con el pasaje Astrakhanskiy y se encuentra cerca del Jardín Botánico de la prospekt Mira y de la plaza Komsomolskaya
(Fuente: Google Maps 15/08/2014)



El apartamento que la pareja ocupó en el edificio del Protopopovskiy pereulok era vecino de la vivienda del poeta Valentín Sorokin. Otra de las leyendas que circulan sobre todo este asunto habla de una agria polémica entre el poeta y las autoridades soviéticas y de un soborno a un funcionario que concluyó con el desalojo de Sorokin. Este hecho sirvió para ampliar el habitáculo de la pareja Kauzov-Onassis y convertirlo en un confortable piso de cinco habitaciones. Sin embargo, el ruido de los tranvías que pasaban por la calle hizo que abandonasen este lugar en enero de 1979. Se trasladaron a París y después a una isla del Mar Egeo
(Fuente: http://moya-moskva.livejournal.com/2002412.html?thread=30140140)



La pareja se divorció diecisiete meses después de la boda. Christina Onassis aún se casó una cuarta vez y falleció en Buenos Aires en noviembre de 1988 de un ataque al corazón. Sin embargo, algunas fuentes afirmaron que realmente se había suicidado con una sobredosis de fármacos. Después de dejar Moscú, Sergei Kauzov vivió en Londres donde realizó negocios privados aun siendo ciudadano de la Unión Soviética. Fue entonces cuando se comenzaron a producir transferencias a las cuentas del PCUS por un valor total de 500.000$ para las cuales nunca se ha encontrado explicación. Una hipótesis que se baraja es que Kauzov "pagó" a su propio partido para poder ser titular de un negocio privado en el extranjero. Aunque visto desde otro punto de vista, Kauzov financió a su partido con negocios en el exterior. Desaparecida la URSS, tuvo tratos con su antigua empresa (ahora privatizada) y se instaló definitivamente en Suiza, donde sigue disfrutando en la actualidad de una vida de millonario a sus 73 años de edad. Compró una propiedad en una isla caribeña compartiendo vecindad con David Bowie y Mick Jagger. Allí se vio envuelto en un caso de asedio a una joven francesa. Se desconoce con exactitud qué ha sido de su vida (no concede entrevistas), pero en 2005 hacía 15 años que no pisaba su patria de origen. Algunos ex altos mandos del KGB han negado categóricamente que Kauzov perteneciese a la Seguridad del Estado. 

La ironía de toda esta historia es que mientras que la joven heredera tuvo una vida muy desgraciada que finalizó en circunstancias no aclaradas cuando tenía tan solo 37 años, el oscuro burócrata soviético acabó amasando una fortuna como rico capitalista. Sin embargo, su boda en Moscú costó menos de 3 dólares (al cambio) y duró apenas 32 minutos.  
(Fuentes: Ottawa Citizen 01/08/1978, http://img1.liveinternet.ru/images/attach/c/7/97/656/97656575_kauzov.jpg y http://moya-moskva.livejournal.com/2002412.html?thread=30140140)

martes, 29 de julio de 2014

Diario de un sovietófilo (Capítulo I)

Entre las Olimpiadas, Radio Moscú y Gorbachov

No recuerdo cuándo me convertí al sovietismo. O quizás debería decir a la sovietofilia. No fue influencia de nadie ni de nada en concreto. En mi casa no se hablaba de política, nos considerábamos de izquierdas por una cuestión más identitaria que ideológica. Mis padres votaban a la socialdemocracia porque Felipe González era joven, de origen obrero y encarnaba el cambio. Pero por nada más. Mis primeros recuerdos sovietófilos datan de los años ochenta. Recuerdo haber sentido una mezcla de curiosidad y admiración viendo por la televisión imágenes fugaces de los desfiles militares en la plaza Roja, cuando la URSS era algo lejano y pretendidamente malo. Y precisamente este hecho hacía de ese país un lugar atractivo. Algo considerado lejano y malo desde la perspectiva de una cultura protoconsumista y mediocre, como lo era la nuestra, se convertía para mí en lo más parecido a un paraíso inalcanzable.

En una ocasión un compañero de colegio se rió de mí porqué en el patio de la escuela alabé la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de 1980. La imagen del osito Misha ascendiendo por los cielos moscovitas me pareció lo más majestuoso y enternecedor que había visto en mi vida. Sin embargo, él lo calificó de cursi. En aquel entonces sentía una cierta lástima por las gentes de la URSS porque nuestros medios de comunicación los trataban con un enorme desdén. Nuestra sociedad etnocéntrica hablaba de ellos con arrogancia y desprecio. Muchas películas de la época incidían una y otra vez en la perversidad de aquel lugar y del régimen que lo sostenía. Solamente los sovietófilos como yo creíamos que ese lenguaje insultante escondía la malévola intención de ocultarnos una realidad social maravillosa donde era posible ser feliz. Y esa manipulación nos parecía despreciable. Pero éramos muy pocos los que pensábamos así. Al primero que conocí con tales pensamientos fue a un compañero de clase que el día en que murió el entonces secretario general del PCUS (no recuerdo si Andrópov o Chernenko) se presentó en la escuela con un brazalete negro en una de sus mangas. Me pareció lo más admirable que había visto hacer a una persona de carne y hueso. Nosotros estábamos convencidos de que la URSS era la encarnación de lo bello, humilde, puro y honrado. Mi desafecto con mi entorno social inmediato y mi total desarraigo de la cultura en la que vivía hicieron que me sintiera como un emigrante lejos de una patria que, de hecho, nunca llegué a conocer in situ. Recuerdo también que por esas fechas me regalaron un número de la serie de cómics Mortadelo y Filemón ambientado en los Juegos Olímpicos de Moscú. Allí aprendí que el dirigente soviético se llamaba “Leónidas”. Lo de Brézhnev me costó un poco más. El tebeo me pareció un poco absurdo, daba vueltas y más vueltas a los tópicos y lugares comunes de siempre. Se reía de los soviéticos, como lo hacía todo el mundo.

El resto de recuerdos se ha ido borrando de mi memoria. Sólo han sobrevivido esas impresiones proustianas que vuelven a mí cada vez que leo algo referido a aquel momento de la historia. Y así fue pasando el tiempo, soñando despierto, escuchando en la oscuridad de mi habitación alguna que otra emisión de Radio Moscú y deseando formar parte algún día de todo aquel invento llamado Unión Soviética.

Hasta que llegó él: Mijaíl Serguéyevich Gorbachov. El hombre que tenía que poner las cosas en su sitio. No podía imaginar en aquel momento, con mis quince años recién cumplidos, que todo aquello era el principio del fin. 

Mayakovski

 Portada de El País del 12 de noviembre de 1982, anunciando el fallecimiento de "Leónidas Ilich Breznev". En aquellos tiempos era habitual que las noticias llegasen con uno o dos días de retraso desde el otro lado del Telón de Acero (Brézhnev había muerto el miércoles día 10). El diario anunciaba que la muerte del secretario general del PCUS había sido acogida por la población con "indiferencia y absoluta calma" y que no se "detectaba" en Moscú "ningún dispositivo especial de seguridad". Así mismo comunicaba que el cadáver de Brézhnev sería expuesto en la sala de las columnas del "Palacio" de los Sindicatos para luego ser enterrado en la muralla del Kremlin, "lugar reservado a los héroes de la Unión Soviética". A continuación repasaba su mandato a lo largo de los últimos 18 años destacando que "desarrolló en el poder una política de estabilidad, alejado de la brutalidad estalinista". Finalmente, la portada acababa mencionando a algunas de las personalidades que habían hecho llegar su pésame a las autoridades soviéticas: Ronald Reagan, el rey Juan Carlos I y Dolóres Ibárruri. En la foto, Brézhnev junto a Yuri Andrópov, uno de los candidatos a substituirle junto con Chernenko y "Chevarnatse". La foto de la derecha muestra a ciudadanos soviéticos leyendo el anuncio oficial de la muerte del líder soviético en una de las ventanas de la agencia oficial Tass


Portada del cómic español que parodió las Olimpiadas de 1980, una de las pocas aproximaciones al mundo soviético dirigidas a la gente joven. Abajo, una imagen de Misha, la entrañable mascota de los Juegos Olímpicos. Aparte de funerales, desfiles y encontronazos militares con el mundo capitalista, la televisión retransmitió una imagen más amable de la Unión Soviética, pese al boicot protagonizado por los EE.UU.

martes, 12 de febrero de 2013

La estatua de Félix Dzerzhinski, de la plaza al Museión


"El 'tierno', 'el poeta', 'el astrónomo' Dzerzhinski, se convirtió en monumento en 1958, por obra y gracia del escultor Vutelich [o Vuchétich, según Wikipedia] y del deseo político de Kruschev que quiso distinguir la represión idealista de reafirmación revolucionaria diseñada por Dzerzhinski, del terror estaliniano, instaurado simplemente para consagrar la dictadura de una persona y de sus incondicionales. La Checa nació para la lucha contra "el sabotaje y la contrarrevolución", pero Dzerzhinski la utilizó para apuntalar el poder bolchevique, considerando técnicamente contrarrevolucionarios a todos los sectores políticos opuestos".

(Vázquez Moltalbán, M. (1990) Moscú de la Revolución. Barcelona: Ed. Random House Mondadori, 2005, p. 82)


Plano de 1980 con la situación de la Plaza Dzerzhinski y fotografía aérea actual de la misma plaza (ahora Lubyanka), con la rotonda despojada de la estatua de Félix Dzerzhinski
(Fuente: Google Maps 07/02/2013)

Fotografía de los años sesenta con la estatua de Yevgeni Vuchévich presidiendo la plaza Dzerzhinski

La plaza Lubyanka (en la actualidad) con el edificio del Ministerio a la izquierda, uno de sus dos anexos a la derecha y el espacio ajardinado sin la estatua de Félix Dzerzhinski 
(Fuente: Google Street View 21/12/2012)

 Fotografía del siglo XIX de la plaza de la Lubyanka, tomada desde el actual edificio de la Lubyanka en dirección hacia la plaza Roja. La foto es de Karl Andreyevich Fischer

Imagen de la sede del 'All-Russia Insurance Company', edificio que ocupaba el lugar donde actualmente se encuentra la sede de la Lubyanka. La foto fue tomada por P. von Girgensohn aproximadamente a comienzos del siglo XX

 Hasta 1983 (con Andrópov como secretario general del PCUS), la sede de la KGB presentó el aspecto que muestra la fotografía. Durante muchos años el viejo edificio de seguros convivió con un anexo construido en los años cincuenta, hasta que la nueva construcción lo "engulló" del todo en 1983. En el lado izquierdo de esta imagen, la estatua de Vuchétich

 La desaparición de la URSS marcó también el final de la estatua de Vuchétich. El día 22 de Agosto de 1991, tras el fallido golpe de estado contra Gorbachov protagonizado por la 'nomenklatura' del PCUS, el monumento a Dzerzhinski fue retirado del lugar donde había permanecido durante 33 años
La estatua reapareció en el llamado "Museión" (o "Muzeón", según algunas guías), el "cementerio" de las estatuas y monumentos soviéticos en el parque Iskusstv de Moscú. Se encuentra frente al parque Gorki, en la ulitsa Krimskii, junto a la filial del Museo Tretyakov en el malecón Krimskaya. 

El parque Iskusstv no figura en el plano de 1980 (el lugar vacío aparece señalado con un punto rojo). Naturalmente tampoco se cita el "Museión" porque este espacio fue descubierto en tiempos de la Perestroika a resultas de unas obras en ese barrio (según parece, la iniciativa de ese "cementerio de estatuas" no fue en ningún caso ni oficial ni intencionado). En la fotografía de Google Maps de 2011 se aprecia perfectamente la geometría del parque (el punto rojo indica el lugar por donde se entra). La estatua de Yevgeni Vuchétich se encuentra a unos cincuenta metros de la entrada, a la derecha del camino. Este parque gratuito ofrece una exposición impresionante de lo que fue el arte propagandístico de la Unión Soviética durante más de setenta años. Las fotografías fueron tomadas por el autor de este blog en agosto de 2006.

 

















Contrariamente a lo sucedido en la plaza Dzerzhinski de Moscú, en Leningrado (actual San Petersburgo) continúa en su lugar -y perfectamente conservada- una estatua de Félix Dzerzhinski frente a un edificio gubernamental de la calle Shpalernaya, a medio camino entre el palacio de Tauride y el Smolni. En el plano de Google Maps de 2008 aparece señalado (con un punto rojo) el lugar exacto donde se encuentra esta estatua. El rectángulo delimita una zona alrededor del Smolni que fue el centro neurálgico de los acontecimientos de la Revolución de Octubre (por estas calles iban y venían las tropas que asaltaron el Palacio de Invierno el día 25 de octubre de 1917). Las fotografías fueron tomadas por el autor de este blog en julio de 2007.