jueves, 21 de mayo de 2026

El cementerio soviético en Sondershausen (Turingia, antigua RDA)

Situado en pleno centro de la ciudad alemana de Sondershausen (Estado Libre de Turingia, a 56 km de su capital, Erfurt) se encuentra el cementerio soviético (Sowjetischer Friedhof) con el monumento que rinde homenaje a las cerca de ochenta personas que yacen en este lugar. La necrópolis, inaugurada en 1947, se erigó en el Rosengarten, terreno de otro cementerio más antiguo que entre 1852 y 1889 albergó los cuerpos de cuatro mil seiscientos treinta ciudadanos. El sitio es fácilmente localizable gracias a dos llamativos puntos de referencia: el nombre de la calle, de reminiscencias rusas (Alexander-Puschkin-Promenade), y el edificio adyacente con fachada de color rojo sede de la antigua Goethe-Schule, instituto de formación profesional fundado en 1949 por el gobierno de la República Democrática Alemana (RDA). Desde 1992 lo ocupa la Thüringische Bibliotheksshule, escuela de Biblioteconomía de Turingia. En ambas guerras mundiales este edificio sirvió como hospital militar.
 
Al recinto del cementerio se accede por un camino peatonal perpendicular a la Alexander-Puschkin-Promenade y que transcurre por el lateral de la Thüringische Bibliotheksshule. La calle ya era conocida antiguamente como An den Promenaden y Promenade. El añadido con el nombre del poeta ruso fue realizado también en 1949 y ha pervivido hasta la actualidad. 
 

 

 

Pese a la existencia de este cementerio soviético, fueron realmente las tropas norteamericanas las que liberaron Sondershausen el 11 de abril de 1945, tras un devastador bombardeo, tres días antes, que acabó con la vida de ciento ochenta y un civiles. No fue hasta principios del mes de julio de 1945 cuando la ciudad, así como toda Turingia, fue entregada al Ejército Rojo, pasando a formar parte de la zona de ocupación soviética y más tarde, en 1949, de la RDA. El cementerio, por tanto, no contine los cuerpos de soldados caídos en combates librados por los alrededores de la ciudad. Tal como reza una placa en la entrada del recinto, "en 1947 se erigió en memoria de sesenta y cinco militares y civiles identificados y catorce no identificados, pertenecientes a las fuerzas de ocupación soviética en la zona de mando de Sondershausen, incluyendo mujeres y niños". Al año siguiente se construyó el obelisco en la parte occidental del cementerio y en 1984 se convirtió en monumento con la inscripción de treinta y seis nombres elegidos según criterios desconocidos. En 2002 se llevó a cabo la restauración y ampliación del complejo.     
 
El monumento consta del mencionado obelisco, construido encima de un pedestal, con el símbolo comunista de la hoz y el martillo grabado a dos metros del suelo. En todo lo alto destaca una estrella de cinco puntas sobre una esfera. Una lápida de piedra en la parte frontal del pedestal recuerda, con letras del alfabeto cirílico muy desgastadas, la intención de este espacio monumental. En el lateral hay una placa metálica que traduce el texto al alemán: "Übersetzung des Textes: Ewiges Gedenken / den Kämpfern der sowjetischen Armee / die ihr Leben hingaben / für die Ehre, Freiheit und Unabhängigkeit / ihrer Heimat / der Union / der sozialistischen Sowjetrepubliken / im Kampf für einen dauerhaften und wahrhaftigen Frieden / auf der ganzen Welt" ("Memoria eterna / de los combatientes del Ejército Soviético / que dieron sus vidas / por el honor, la libertad y la independencia / de su patria / la Unión / de las Repúblicas Socialistas Soviéticas / en la lucha por una paz duradera y verdadera / en todo el mundo).  
 
Cuatro muros colocados a ambos lados del obelisco contienen los treinta y seis nombres elegidos para representar a todos los inhumados en este espacio. 
 
 

 

 

 

 



Justo al lado del muro de la izquierda hay dos lápidas enclavadas fuera del rectángulo de piedra sobre el que se asienta el monumento. La de la derecha pertenece a la tumba del teniente Mijaíl Vladimírovich Rybalko, que el día 27 de septiembre de 1979 se estrelló abordo de un MiG-21 en el bosque de Possenwald, mientras se encontraba en misión de reconocimiento. Después de detectar problemas en su aparato, en lugar de pulsar la eyección del asiento, lo cual hubiera dejado el aparato a la deriva, Rybalko realizó una maniobra que evitó que el aparato cayera sobre una zona habitada de Sondershausen. En el lugar del accidente hay un pequeño monolito que conmemora su sacrificio. Se encuentra cerca del mirador Rondell im Possenwald. Rybalko tenía 22 años.
 
La lápida de la izquierda corresponde a la tumba de un joven soviético de diecinueve años fallecido en 1989.
 



En uno de los laterales de la puerta de salida del cementerio algún visitante dejó una pegatina con una frase célebre del Mariscal Gueorgui K. Zhúkov: "Nosotros liberamos Europa del fascismo pero ellos nunca nos han perdonado por ello". Una sentencia que hoy en día tiene más vigencia que nunca. 
 

Sondershausen es una pequeña, pintoresca y tranquila ciudad de la antigua RDA venida a menos después de la reunificación alemana (que trajo consigo el cierre de su mina de potasa). La historia de este lugar sintetiza la historia de siglos en todo el país. Solo el Palacio Residencial de la Casa de Schwarzburg-Sondershausen refleja más de siete estilos arquitectónicos. En el siglo XIX, la ciudad fue saqueada por las tropas napoleónicas y aún se conserva la base de una columna que conmemora la victoria en la guerra francoprusiana (1870-1871). Y casi todo lo sucedido en el siglo XX pasó en estas mismas calles: auge y hundimiento del nazismo, persecución y deportación masiva de judíos, saqueo de la Sinagoga (durante la Noche de los Cristales Rotos de 1938), programa de eutanasia y esterilizaciones forzadas en el hospital estatal (la llamada "Acción T4"), trabajos forzados en algunas empresas de la ciudad y designación de la misma como guarnición de la Wehrmatch, además del mencionado bombardeo aliado en abril de 1945. Y más tarde, la ocupación soviética y la incorporación a la RDA.
 
Hay varios monumentos y construcciones que recuerdan todo ese pasado. Uno de ellos es el dedicado a las víctimas del fascismo en la Güntherstraße, un centenar de metros al oeste del cementerio soviético. Inaugurado en 1947, muestra la inscripción "Unsterbliche Opfer, ihr sanket dahin" ("Víctimas inmortales, perecisteis"), que es el inicio de un famoso canto fúnebre y revolucionario de origen ruso (de la revolución de 1905), muy popular en la tradición obrera y socialista alemana. Alrededor del monumento, situado frente al nonagenario edificio del Gymnasium "Geschwister Scholl" (Instituto "Hermanos Scholl"), están los nombres de los campos de concentración y exterminio de la Alemania nazi. Hans y Sophie Scholl pertenecieron a la organización antifascista Weisse Rose y fueron ejecutados en Múnich por decapitación el 22 de febrero de 1943.    
 
 
 
 
 


Otro monumento muy célebre en la ciudad se encuentra en el cementerio principal (Hauptfriedhof) de la calle Brükental. Está dedicado a las víctimas de los trabajos forzados y combatientes de la Resistencia, como Heinz Koch y Nikolau von Halem.  Una inscripción en el interior del bosque de piedra reza "Die Toten öffnen uns Lebenden die Augen / Allen Opfern von Krieg und Gewalt" ("Los muertos nos abren los ojos a los vivos / A todas las víctimas de la guerra y la violencia"). 
  
 
 

 
 


Sondershausen tiene una variada arquitectura que abarca siglos de construcciones, mutilaciones urbanas y reconstrucciones. Desde el clasicismo del Residenzschloß o de la Achteckhaus hasta los edificios vanguardistas de la RDA. Entre ellos, los Dreipunkthochhäuser, los "Rascacielos de tres puntos" en la Lohstraße, no por casualidad justo enfrente de la zona histórica. 
 

La turbulenta trayectoria de esta ciudad de apenas veinte mil habitantes se traduce en una pluralidad sorpendente en su ayuntamiento, constituido por treinta regidores. Como si sus habitantes se negasen a pasar página de su pasado, encontramos formaciones políticas en ambos extremos del espectro político, en algunos casos en bandos radicalmente opuestos. Die Heimat ("La Patria"), con dos representantes, es un partido neonazi heredero del NSDAP de Hitler, con un programa político directamente racista. En cambio, Volkssolidarität ("Solidaridad Popular"), mayoritaria con siete regidores, es una organización de bienestar social fundada en Dresden en 1945, extendida rápidamente por toda la zona de ocupación soviética y muy activa en tiempos de la RDA. Dedicada iniciamente a la atención de niños, ancianos, enfermos, personas desplazadas y prisioneros de guerra, fue creada por miembros de partidos políticos, entre ellos el SPD y la CDU, y también por las iglesias protestante y católica. En los años setenta, más centrada en la gente mayor y los veteranos de guerra, fomentó la solidaridad con la Unión Soviética y se declaró directamente "antiimperialista".
 

Entre estos dos extremos idelógicos, también encontramos en el Stadtrat de Sondershausen a representantes de AfD, CDU, SPD, Die Linke y Freie Wähler (Votantes Libres).   
 
Transcurridos casi treinta y cinco años desde el final (o supuesto final) de la Guerra Fría, rascando en cualquier momento de su historia reciente aparecen inevitablemente la RDA y la URSS. El cementerio soviético de Sondershausen es un buen ejemplo: alberga reposo eterno a miembros de un país que ya no existe enterrados en otro que tampoco existe. 
 
Mayakovski
Göttingen, mayo de 2026 
 

sábado, 13 de julio de 2024

Necrológica: Ha muerto Eduard Moreno Ibáñez, experto en la batalla de Stalingrado


El pasado 4 de mayo falleció en Barcelona el abogado y escritor Eduard Moreno Ibáñez, especialista en derecho urbanístico, miembro y tertuliano del Ateneu Barcelonès y gran experto en la batalla de Stalingrado. Había nacido en Freila (Granada) y tenía 92 años de edad. 
 
Mi amistad con él fue breve pero intensa, llena de un entusiasmo casi juvenil. Nos conocimos a través de internet en septiembre de 2006, un par de semanas después de mi primera visita a Rusia. Un viaje que incluyó una breve incursión de tres días en la ciudad de Volgogrado, denominación de Stalingrado a partir de 1961. Por esas fechas él y dos ateneístas amigos suyos tenían previsto viajar a esa misma ciudad movidos por un interés histórico. Buscando información en diferentes páginas web, Eduard dio por casualidad con el foro de casarusia.com, antiguo punto de encuentro virtual de amantes de todo lo ruso y lugar donde yo había publicado mis impresiones sobre la visita que acababa de realizar por los escenarios de llamada “madre de todas las batallas”, un enfrentamiento bélico que decidió el destino de la humanidad. Porque fue en las calles de aquella población junto al río Volga donde los soviéticos consiguieron detener la invasión alemana ordenada por Hitler. Ocurrió en enero de 1943 y fue el principio del fin del III Reich.  
 
Tras su regreso de Rusia iniciamos una relación de amistad que se extendió de forma ininterrumpida a lo largo de los siguientes cinco años. En ocasiones, nuestras conversaciones telefónicas se llegaron a prolongar durante más de una hora, y siempre hablando de lo mismo: la URSS y la Gran Guerra Patria, es decir, la Segunda Guerra Mundial. Todavía recuerdo la voz de Carme, su mujer, sonando de fondo insistiéndole en que me dejase descansar un rato después de tanto detalle sobre tanques T-34 y movimientos de pinza. Aquella amistad incluyó algunos viajes a Barcelona para acudir a sus conferencias en el Ateneu Barcelonès y mi participación en 2009 en las Jornadas Don-Volga que él mismo organizó y a las que asistieron Yuri Fedosov y Oksana Fedosova, un matrimonio de profesores de la Universidad de Volgogrado que dieron varias charlas sobre la cultura en el Cáucaso. Mi relación con Oksana, viuda de Yuri desde 2010, ha perdurado hasta hoy.

Lo que más me impactó de Eduard fue la historia que lo había llevado a estudiar la batalla de Stalingrado de una manera casi obsesiva. En el invierno de 1942, cuando era un niño de tan solo diez años y cursaba estudios primarios en un colegio de Badalona, un grupo de falangistas hizo formar en el patio a todos los alumnos y les obligo a repetir, a voz en cuello y de forma sincopada, la frase: «¡Hemos tomado Stalingrado! ¡Hemos tomado Stalingrado!». Aquella escena se repitió unas cuantas veces más, hasta que un día, de forma repentina, los falangistas dejaron de hacer acto de presencia en la escuela y nadie, a partir de entonces, les forzó a repetir aquel eslogan cuyo significado aquellos niños no llegaron nunca a entender. Tuvieron que pasar algunos años hasta que Eduard comprendió que fue el vuelco súbito en los combates por las calles de la ciudad del Volga y la victoria final del Ejército Rojo lo que ahuyentó a los fascistas del patio de su colegio. A partir de entonces, comenzó su obsesión por dicha batalla. Quiso leer y coleccionar cuanto se hubiera escrito sobre aquella contienda, heroica e inhumana a partes iguales. Entre sus allegados se hicieron famosas sus excursiones dominicales a las paradas de libros de segunda mano del mercado de Sant Antoni de Barcelona, donde compraba cualquier obra sobre Stalingrado, aunque ya la tuviese en su casa. He conocido a pocas personas que hayan hecho de una simple anécdota de la infancia el motto del resto de su vida. Porque en esa afición se escondían muchos de los valores que le marcaron el camino como abogado y militante del PSC-PSOE: su admiración por las conquistas sociales del pueblo, su compromiso con la defensa de los derechos de los más desfavorecidos y su rechazo a cualquier forma de dictadura, desde el franquismo al stalinismo.
 
El punto álgido de nuestra amistad llegó en septiembre de 2011 con el viaje que Eduard organizó a Moscú y Volgogrado, ciudad esta última donde Oksana nos haría de anfitriona, traductora y cicerone. Le acompañamos su amigo y ateneísta Enric Crusat, su nieto Ivo Recoder y yo. Fueron once jornadas apasionantes, frenéticas y agotadoras. Tras unos días en la capital rusa, a modo de preámbulo, un tren nocturno nos llevó a Volgogrado en un interminable trayecto que duró diecinueve horas. Allí visitamos la mítica colina del Mamáyev Kurgán, el museo Pamyat en los almacenes Univermag —el búnquer donde el mariscal Friedrich Paulus tenía su cuartel general—, el museo Panorama con su magnífico diorama en el piso superior, la gigantesca estatua de Lenin en la riba del río Volga y los trabajos de exhumación de soldados muertos durante la batalla (aún hoy en día se siguen desenterrando cadáveres). También estuvimos en la sede de la Asociación de veteranos Stalingrado, en la legendaria casa Pávlov, junto a la harinera que continúa mostrando las marcas de los cientos de proyectiles que impactaron contra su fachada. Y todo ello culminado con comidas, cenas y tertulias en compañía de la maravillosa Oksana Fedosova, que sacó tiempo para nosotros de donde no lo tenía. Poder hablar y saludar a los viejos combatientes que lucharon contra el nazismo fue un privilegio y un honor.
 
Aquella experiencia fue tan extraordinaria que estaba claro que lo que viniese a continuación nunca podría superarla. Significó la cumbre de todo lo hablado y vivido durante los últimos cinco años. Y esta fue precisamente la frase textual que le dije mientras nos fotografiábamos junto a la tumba del mariscal y Héroe de la Unión Soviética Vasili Chuikov en lo alto del Mamáyev Kurgán: «Esta foto es la culminación de nuestra amistad». Él me dio la razón. Eduard y yo éramos de mundos diferentes y teníamos personalidades y entornos profesionales y familiares muy distintos. Vivíamos, además, en ciudades separadas por el mar. Es por todo ello que a la vuelta de nuestro periplo, un domingo 18 de septiembre de 2011 a eso de las cinco de la tarde, nos dijimos adiós en el aeropuerto de Barcelona y nunca más nos volvimos a ver. Hubo alguna llamada telefónica en los meses posteriores, pero aquí acabó todo. El destino hizo que nos conociéramos a raíz de nuestros respectivos viajes a Rusia, y un último viaje a Rusia propició que nuestra relación se viese interrumpida para siempre.
 
Hace aproximadamente nueve meses una amiga me hizo llegar un whatsapp en el que me decía que estaba asistiendo a un curso de escritura en el Ateneu Barcelonès y que había oido que Eduard Moreno aún seguía por allí con sus tertulias y conferencias de siempre. Saber de él de esa forma casual me alegró muchísimo. Le pedí que lo saludara de mi parte y, aunque ella lo intentó, jamás llegaron a coincidir por los pasillos de aquel edificio ancestral junto a Las Ramblas de Barcelona. Una necrológica leída hace tan solo unos días me hizo saber que mis saludos ya nunca llegarían hasta el venerable y sabio amigo que me permitió conocer y dar la mano al mismísmo sargento de la 38º Brigada motorizada del Ejército Soviético que un día 31 de enero de 1943 detuvo a punta de ametralladora al mariscal de campo Friedrich Paulus, del VI Ejército alemán.
 
Descansa en pau, amic Eduard. Los que nos quedamos aquí no dejaremos que lo sucedido en Stalingrado caiga en el olvido. Es lo que tu querías. 
 
Mayakovski
 

domingo, 12 de mayo de 2024

La tumba de Alexandra M. Kolontái en el cementerio de Novodévichi

"El 8 de marzo de 1952, apenas unos días antes de su ochenta cumpleaños y curiosa coincidencia− del cuarenta y un aniversario de la creación del Día Internacional de la Mujer, Kolontái sintió un terrible dolor en el pecho. Al amanecer del día siguiente murió. Vyshinski comunicó a su familia las decisiones que se habían adoptado sobre su entierro y sobre el lugar en que descansarían sus restos. De acuerdo con estas instrucciones, se celebró una pequeña ceremonia en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Semiónov, que la había substituido en Estocolmo cuando estaba enferma, fue el encargado de pronunciar un discurso en su honor. Ensalzó a «la diplomática» y evitó evocar a la revolucionaria, a aquella bolchevique tan comprometida con el Partido desde 1915 y, en general, su dimensión política y sus actividades. Aquel discurso y la persona elegida para darlo −un diplomático mediocre− indicaban ya el lugar que Stalin pretendía reservar a Kolontái en la historia de su país.
 
Alexandra fue enterrada en el cementerio de Novodévichi, en el que se encuentran tantas glorias rusas y soviéticas. Su tumba se encuentra en el «camino de los diplomáticos», cerca de los dos ministros a los que prestó sus servicios, Chicherin y Litvínov. La proximidad con respecto a ellos es positiva, desde luego, pero en el caso de una blochevique de tan larga trayectoria ¿no habría correspondido que su última morada fuera la muralla del Kremlin?
 
Todo indica que a Kolontái se le negó el reconocimiento de su pasado bolchevique, empezando por la manera en la que se anunció su muerte.
 
Había una costumbre −a la que Alexandra siempre le dio mucha importancia− por la que se consideraba que la muerte de un comunista importante debía comunicarse en Pravda a través de una necrológica oficial, firmada por un miembro de alto nivel en la jerarquía del Partido. De ese modo, se reconocía su papel en la historia. Sin embargo, Pravda guardó silencio sobre la muerte de Kolontái. Marcel Body escribió al respecto: «Desde la muerte de Alexandra Kolontái, abrí cada día Pravda para buscar una necrológica y tal vez incluso un artículo en memoria de esta gran figura de la revolución, a la que Lenin tenía en alta estima y a la que Stalin consideró oportuno respetar. Pravda, tan prolijo cuando se trataba de hacer un elogio póstumo de cualquier representante del aparato, no dedicó ni una sola línea a Alexandra Kolontái. No anunció ni su muerte ni su funeral. Aquella ingratitud hacia una vieja camarada que, a pesar de sus reservas, sirvió con toda su alma al país de la revolución permite juzgar a un Partido y a un régimen».
 
En lugar del anuncio de Pravda, lo que sí hubo fue una breve necrológica en Izvestia, medio de comunicación del Gobierno. Pero tampoco se trataba de un homenaje oficial, ya que el texto estaba firmado simplemente por «un grupo de amigos y colaboradores». Además, en él no se reconocía el pasado bolchevique de Kolontái. La necrológica ensalzaba a «la primera mujer embajadora» y su carrera diplomática.
 
Su nieto se encargó de reparar aquel agravio y de completar una biografía tan breve, haciendo grabar en la estela que se yergue sobre su tumba el siguiente texto: «Alexandra Mijáilovna Kolontái, 1872-1952, revolucionaria, tribuna, diplomática». Un excelente resumen  de aquella vida tan plena.
 
Menos de un año después de su muerte, falleció Stalin. Alexandra Kolontái consiguió una hazaña casi única en la atormentada historia del país de la revolución: fue la única −o prácticamente la única− de todos los protagonistas de aquel movimiento que logró escapar de la furia exterminadora de Stalin sin romper jamás con su país. Vivió casi tanto tiempo como él, mes arriba, mes abajo. Pero mientra que Stalin, antes de su muerte, había vuelto a hundir a su país y a su Estado en el terror −acababa de estallar el asunto de los médicos judíos−, Alexandra terminó sus días en paz, al menos aparentemente, sin compartir el miedo de la sociedad y sin referirse nunca a él, salvo en conversaciones sumamente secretas. Esto demuestra, ante todo, su personalidad fuera de lo común, que solo es posible comprender si la situamos en el contexto de la larga historia de Rusia y de aquella otra, más breve, de la URSS. Porque Alexandra Kolontái perteneció a ambas y, en muchos sentidos, fue también su reflejo".
 
(Carrère d'Encausse, H. (2021) Alexandra Kolontái. Una feminista en tiempos de la Revolución Rusa. Barcelona: Ed. Crítica, 2023, pp. 227-229)
 

La tumba de Alexandra Mijáilovna Kolontái está catalogada con el número 70 del cementerio de Novodévichi. Se halla situada en el sector 1, en el extremo nordeste del recinto, junto al muro que separa la necrópolis del monasterio homónimo. Curiosamente, en el plano que hay en la entrada del cementerio destinado a orientar a los visitantes, al lado de su nombre aparece la palabra "дипломат" ("diplomática"). Ni siquiera setenta y dos años después de su fallecimiento ha conseguido recuperar su status como revolucionaria y feminista
 
La tumba está presidida por una estatua donde se ve a Alexandra Kolontái sentada mirando hacia la derecha, con un vestido que le llega hasta los pies. Fue obra del escultor soviético Vladímir Kobyl
 
Imagen de la placa con la inscripción encargada por su nieto: «Excepcional y plenipotenciaria embajadora de la Unión Soviética Alexandra Mijáilovna Kolontái (1872-1952). Revolucionaria. Tribuna. Diplomática»
 

Su hijo Mijaíl Vladimírovich "Misha" Kolontái solo la sobrevivió cinco años. Está enterrado en esta misma tumba y su lápida, suelta, aparece en estas fotografías colocada en distintos puntos alrededor de la estatua de su madre
 
Alexandra Mijáilova Kolontái (de soltera, Domontóvich) fue una revolucionaria bolchevique, oradora brillante y gran defensora de los derechos de las mujeres en Rusia. A lo largo de su vida ejerció de periodista, escritora, comisaria del pueblo y diplomática soviética, faceta esta última por la que ha pasado a la posteridad. Nacida en San Petersburgo el 19 (31) de marzo de 1872, en el seno de una família aritócrata de origen finés y ucraniano, creció rodeada de sirvientes y de las comodidades propias de la clase alta, pasando largas temporadas en la finca familiar de Kuusa (Finlandia, por aquel entonces un ducado que pertenecía al imperio ruso). Se casó a los 21 años con un ingeniero, Vladímir Liúdvigovich Kolontái, con quien tuvo el que fue su único hijo, Misha. En 1898 se marchó sola a Zúrich para estudiar marxismo y unirse al movimiento socialdemócrata. A su vuelta a Rusia, se incorporó al Partido Obrero Socialdemócrata y se involucró en actividades ilegales. Participó en la Revolución de 1905, exiliándose en 1908 a diferentes países europeos (Alemania, Suiza, Dinamarca, Noruega). Vivió fuera de su país hasta poco después de la Revolución de Febrero de 1917. En 1915 se incorporó a los bolcheviques y fue una de las personas que en abril de 1917 acudió a la frontera ruso-finesa para recibir a Lenin en su viaje de Zúrich a Petrogrado. Fue también uno de los doce miembros del Comité Central que participó en la mítica reunión celebrada el 23 de octubre de 1917 en el piso franco de Nicolái N. Sujánov, en la por entonces capital rusa. Tras el triunfo de los bolcheviques, fue designada Comisaria del Pueblo de Asuntos Sociales, convirtiéndose de esta forma en la segunda mujer ministra de toda Europa, después de Sofía Panina, Ministra de Asuntos Sociales con el Gobierno Provisional. En 1919 creó, junto a Inessa Armand, el Zhenotdel, la Sección Femenina del Comité Central. Contraria a la NEP de Lenin, en 1920 encabezó el movimiento de oposición dentro del régimen soviético (la Oposición Obrera), disuelto en 1921. En lugar de ser expulsada del Partido, fue enviada como diplomática a Noruega, México y Suecia, teniendo que esperar hasta 1943 para ser ascendida a embajadora soviética en Estocolmo. Desde 1927 hasta el final de sus días defendió los principios del estalinismo y fue de los pocos bolcheviques próximos a Lenin que sobrevivió a las purgas de Stalin. Afectada de problemas cardíacos y en silla de ruedas debido a un accidente vascular, en 1945 se retiró a un piso de la calle Kazán de Moscú , hasta su muerte el 9 de marzo de 1952.
 
 Después de su divorcio y al más puro estilo revolucionario de aquella época, Alexandra Kolontái mantuvo relaciones sentimentales con varios de sus camaradas bolcheviques. Entre ellos, Alexandr Satkévich, Piotr Maslov, Alexandr Shliápnikov, Pável Dybenko (el «gigante sereno de rostro barbudo», según John Reed) y Marcel Body. Curiosamente, Kolontái y Dybenko tienen en San Petersburgo dos calles que llevan sus nombres. Pero son dos calles paralelas que no se cruzan en ningún punto, como sí se cruzaron las vidas de estos dos luchadores y amantes
 
Para conocer la vida y obra de esta revolucionaria, nada mejor que el libro de 2021 de Hélène Carrère d'Encausse titulado "Alexandra Kolontái. Una feminista en tiempos de la Revolución Rusa". Está publicado en castellano por la editorial Crítica (2023). Aunque nacida en París, la escritora, académica y política conservadora Hélène Carrère, madre del famoso escritor francés Emmanuel Carrère, procedía de una familia de aristócratas georgianos. Falleció el 5 de agosto de 2023 a los 94 años de edad