sábado, 26 de diciembre de 2015

La tumba de Antón Chéjov en el cementerio de Novodévichi

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"Antón Chéjov, muerto en Alemania y trasladado a Rusia en un vagón-frigorífico con la inscripción «ostras», fue enterrado en Novodévichi en el Jardín de los Cerezos, donde le acompañan los directores del Teatro del Arte. El monumento funerario de Chéjov, uno de los más bellos del cementerio, es una pequeña capilla modernista. En primavera, con los cerezos en flor, esta zona del cementerio parece el decorado de alguna obra todavía por escribir".

(Pigariova, T. (2001) Autobiografía de Moscú. Barcelona: Ed. Laertes, 2001, p.213)


 La tumba del dramaturgo Antón Pávlovich Chéjov se encuentra situada en el sector 2 de Novodévichi, uno de los más visitados del cementerio. En el mapa oficial de la necrópolis aparece catalogada con el número 180. Una vez dentro del cementerio, se accede a ella torciendo a la derecha a través de un muro divisorio de color rojizo. Luego hay que tomar de nuevo la primera calle a la derecha, la que transcurre entre unos nichos y el Jardín de los Cerezos



 La tumba de Chéjov fue diseñada por el arquitecto Fiódor O. Shéjtel, el mismo que seis años antes había construido el Teatro del Arte de Moscú. También fue el creador de la extraordinaria casa modernista de los Riabushinski, donde residió Gorki entre 1931 y 1936. Curiosamente, Gorki fue uno de los intelectuales rusos que se mostró indignado por el hecho de que Chéjov hubiese sido transportado a Rusia en un vagón para ostras. Parece como si Shéjtel hubiese servido de nexo involuntario de todos estos personajes. Las fotografías de la tumba las realizó el autor del blog en el año 2006

  Antón Pávlovich Chéjov fue un dramaturgo, escritor y médico ruso nacido en Taganrog, el puerto principal del mar de Azov, en 1860. Aunque murió trece años antes de la Revolución de Octubre (y uno antes de la Revolución de 1905), merece ocupar un lugar destacado en la historia soviética de la ciudad de Moscú. Su figura y su creación literaria planearon sobre el país a lo largo del siglo XX y sus obras se siguen representando hoy en día en los teatros de todo el mundo. Encuadrado en la corriente 'Realista psicológica' y maestro del relato corto y de la técnica del monólogo, compaginó la literatura con la medicina. Sus obras de teatro más conocidas son 'La gaviota', 'Tío Vania', 'Las tres hermanas' y 'El jardín de los cerezos', mientras que en el terreno de los relatos cortos destacaron 'Campesinos', 'La sala nº 6' y, sobre todo, 'La dama del perrito', una contraposición a 'Anna Karénina' de Tolstói. Casado en 1901 con la actriz Olga L. Knipper, contrajo tuberculosis mientras ejercía la que él denominaba "mi esposa legal", la medicina (consideraba la literatura como su "amante"). Falleció en 1904, a los 44 años de edad, mientras se encontraba en el balneario de Badenweiler, en Baden-Wurtemberg (Imperio alemán)

Hace apenas una semana, el crítico de El País Marcos Ordóñez publicó un extraordinario artículo a propósito del estreno del monólogo 'Chéjov' en el Festival Temporada Alta de Girona-Salt, a cargo del actor británico Michael Pennington. El siguiente texto, publicado en el suplemento Babelia del citado diario, dan muestra una vez más de la actualidad de la obra del autor de 'La gaviota' (un dibujo de esta ave preside la fachada del Teatro del Arte). Rendir homenaje al dramaturgo ruso frente a su tumba debería ser un ritual obligatorio para todo aficionado al teatro que se encuentre de visita en la ciudad de Moscú. 


Un viejo amigo

Uno de los mejores regalos de final de año ha sido la visita a Temporada Alta de Michel Pennington con ‘Chéjov’, conmovedor monólogo sobre el maestro ruso
Marcos Ordóñez 18 DIC 2015 - 16:08 CET 

Tercera visita del enorme Michael Pennington a Temporada Alta. Rememoro: la primera fue Love is my sin, con Nastasha Parry, una zambullida en los sonetos de Shakespeare, dirigida por Peter Brook, en 2009. La segunda, Sweet William, sobre su dilatada pasión por el Bardo, en 2010. Y el pasado día 4, función única en Salt, Chéjov: otra fascinación igualmente duradera pero más íntima, una amistad que roza la hermandad. El actor británico ha pasado más de treinta años puliendo y lustrando este magnífico monólogo, rastreando historias del buen doctor, pasajes de relatos, fragmentos de sus cartas y entrevistas (todo lo que se dice aquí es de Chéjov), pero sobre todo intentando aproximarnos a su espíritu. La idea destelló en 1975, en el Transiberiano (inmejorable lugar), gracias al poeta Lucien Stryk, y germinó en 1984, cuando el National Theatre encargó a Pennington un texto conmemorativo del ochenta aniversario de Chéjov. Todo ese periodo de búsqueda y barbecho (y lo que vino luego) lo cuenta el actor, por cierto, en su muy recomendable Are You There, Crocodile? Inventing Anton Chéjov (Oberon Books, 2004). Tres décadas, pues, paseando el espectáculo por medio mundo, y sin trazas, felizmente, de acabar la gira.

Cuando Pennington entra en escena vemos a Chéjov más allá de la vieja chaqueta de lino blanco o los quevedos a mitad de la nariz. Lo percibimos en el andar lento, a pasos cortos, el cuerpo un poco estremecido, y casi sentimos el frío invernal de las largas noches de Yalta. Pese al reiterado insomnio y la tos irremediable, el maestro habla con suavidad, con su humor benévolo. Es la voz sabia y calma de alguien que ha visto y vivido todo y ha aprendido a llevarse pasablemente bien con la existencia, aunque la leve agitación de los dedos de su mano derecha delata su inquietud por la muerte cercana (el “molesto castigo”) cuando todavía queda tanto por hacer, por cantar, por disfrutar.

Como el maestro, Pennington es un gran contador de historias, y atrapa nuestra atención desde el principio. Es un monólogo inusual, porque apenas asoma el teatro de Chéjov o su relación con Olga Knipper, pero, capa tras capa, nos descubre a ese hombre ejemplar (su “hombre favorito”) para quien la medicina era la esposa y la escritura la amante, que atrapaba lo pequeño y específico y lo convertía en vasto y universal, al que no se le escapaba un detalle significativo pero nunca estuvo satisfecho de su obra; el hombre humilde, solitario, a ratos melancólico, apático y frío, siempre comprensivo y lúcido, obsesionado “por la facilidad con que ignoramos las necesidades del prójimo”; al médico “responsable de veintitrés pueblos, cuatro fábricas y un monasterio” que buscó la alegría de la vida y quiso “comer las cerezas de veinte en veinte, como deben comerse”, y ante cuya presencia, cuenta Pennington en el prólogo del texto, “todos sentían la necesidad de ser más sencillos y más auténticos”. 

El maestro habla de los placeres que le salvan, la pesca, la horticultura, y que Tolstoi diga de él que “escribe incluso peor que Shakespeare”; extiende con deleite, como si fueran manteles, los mapas de sus bosques perdidos, igual que Astrov en Tío Vania, y considera que releer sus propios textos equivale a “encontrar una cucaracha en la humeante sopa de col”.

Conocemos, en pocas frases, a su amigo el pintor Levitan, que cada tarde golpea a su ventana y le dice “¿Estás ahí, cocodrilo?”, y Chéjov le hace pasar, y charlan y ríen: “Últimamente Levitan sufre unos terribles ataques de melancolía, pero si le cuento una historia divertida se retuerce por el suelo y lanza alegres patadas al aire. Es terrible ser médico porque sé que tiene una dilatación aórtica y pronto ya no llamará a mi ventana”. Nos cuenta también su nostalgia de Francia, “donde todo es civilización y cualquier criada sonríe como una duquesa teatral, aunque esté terriblemente cansada”. Y el inolvidable recuerdo de aquella muchacha armenia de pies descalzos, con la cara más hermosa que vio nunca, “dormido o despierto”, brotando como una brisa en el centro de un verano ardiente para dejar en su corazón infantil “una tristeza cruel y placentera, vaga y neblinosa como un sueño”. Del recuerdo al relato, en el mismo tono, con la misma cadencia, vuelve a vibrar El cazador, y Pennington nos instala en esa prosa seca y sublime, y nos hace ver de nuevo, frase a frase, el reencuentro sin futuro del áspero Yegor y la bondadosa Pelagueia. 

De repente, ante la sorpresa de todos, el escritor consagrado abandona Moscú, y recorre miles de kilómetros de taiga para describir y denunciar la espantosa vida de los reclusos de la isla Sajalín, el peor presidio de Siberia, y levanta la gran piedra fundacional de la crónica moderna. Aparece el Chéjov vindicativo, enfrentado al poder, y cuenta el horror con ira contenida y sin énfasis, que sería como rebajar con agua un alcohol de alta graduación. Nos habla de aquel preso que mató a su mujer con un martillo pero aún tiene su fotografía presidiendo la celda, y del que recibe noventa latigazos metódicos y feroces, y reseña su cara blanca empapada en sudor, los dientes castañeteantes, la mirada perdida, la piel cayendo a tiras, y cuando aparta la mirada ve también la sonrisa del funcionario fascinado por la tortura, y se dice y nos dice: “El mundo que creó Dios es bueno. Solo una cosa es mala: nosotros”.

El espectáculo, modulado como una sonata, es un cuadro puntillista que cobra vida y consigue el prodigio de hacernos sentir que hemos pasado una velada con el maestro como quien visita a un viejo amigo: solo lamenté que esa noche de sábado, en el Teatre de Salt, no hubiera más gente compartiendo el regalo, gente que se perdió una emoción poderosa y serena, casi epifánica. Han pasado dos semanas y resuenan todavía las palabras de Chéjov despidiéndose, vivas de nuevo en la voz de Michael Pennington: “Dad recuerdos de mi parte al sol caliente y el mar en calma. Disfrutad. Sed felices. No penséis en enfermedades. Escribid a menudo a vuestros amigos. Cada hora es preciosa. Cuidaos y alegraos, y procurad no padecer de indigestión ni de mal humor”. Felices fiestas y feliz teatro para todos.

2 comentarios:

  1. Magnifico blog. Tuve la suerte de ser de los que pudimos visitar Novodiebichik tras la Glasnost. En 1987 habiamos firmado los primeros acuerdos comerciales fuera de los monopilios estatales (Stankoimport)y visitabamos Moscú a menudo. Ha sido mi lugar favorito de Moscú dentro de la belleza sin igual de esa ciudad. Ahora parece mejor cuidado y más accesible que entonces.

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    1. Gracias. Sí, Novodévichi está ahora muy cuidado, no hay control de acceso en la puerta (por lo menos en las dos ocasiones en que lo he visitado) y se puede deambular por el interior del recinto sin ningún problema. Interesante historia la vuestra. Veo que sois una empresa de Elgoibar, no tenía ni idea de esos intercambios comerciales durante la Glasnost con empresas de aquí. Un tema interesante del cual se pueden sacar interesantes conocimientos sobre aquella época. Por cierto: ¡qué gran privilegio haber visitado la URSS en los ochenta! Un saludo.

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