jueves, 31 de diciembre de 2015

Diario de un sovietófilo (capítulo V)

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Resiguiendo mi pasado a través de las huellas soviéticas en Ost-Berlin 

Desde el punto de vista de mi renacida afición por lo soviético, el año 2004 fue un paréntesis completamente en blanco. Un inciso que rompió con la dinámica de los dos años anteriores. De una forma casi inconsciente, decidí olvidar mi accidentada relación sentimental haciendo cuantas locuras se pusieron a mi alcance. Sin embargo, después de un par de viajes y de algún que otro escarceo amoroso, me di cuenta de que necesitaba pasar página y lanzarme, como dicen los budistas, a unir puntos. A conectar acontecimientos construyendo un relato propio que relacionase el pasado con el presente para responder a la eterna pregunta, planteada por millones de personas a los largo de los siglos, sobre el sentido de la existencia humana. No podía ser que mis primeras fantasías ideológicas de la adolescencia y mi viaje en el 2002 al otro lado del Telón de Acero fuesen anécdotas aisladas sin ningún tipo de significado. Ni que los paseos erráticos por la Alexanderplatz con mi ex amante y la visita a los restos del Muro de Berlín del año siguiente ocurriesen de forma azarosa sin conexión alguna. Estaba claro que todo aquello marcaba un sendero que debía comenzar a seguir, una línea quebrada que dibujaba una trayectoria vital hacia un futuro incierto. Aquel otoño lo supe: tenía que regresar a Berlín, pero en esta ocasión debía hacerlo solo. 

Hacia el mediodía del 2 de enero de 2005 mi avión aterrizó en el aeropuerto de Tegel, en la capital alemana, después de dos horas y media de vuelo. Hacía frío, pero creo recordar que la temperatura era soportable. Un tiempo gélido al estilo ruso hubiese sido un hecho, más bien una señal, que hubiese permanecido en mi memoria para siempre. Fui en autobús hasta el centro de la ciudad –si mal no recuerdo, hasta la Kart-Liebknecht-Strasse, junto al Fernsehturm– y de allí en metro hasta el ‘hotel 26’, en la Grünberger Strasse, muy cerca de la Karl-Marx-Allee. Había planificado aquel viaje con la ayuda de mi guía Trotamundos, la que usamos en 2003 para recorrer Alemania en coche. Sin embargo, para disponer de una información más completa sobre la ciudad, días antes de mi partida había comprado la versión en español de la guía de Lonely Planet sobre Berlín, editada en 2004. En esta última había señalado unos cuantos lugares a los que catalogué como de visita prioritaria. Todos ellos, naturalmente, con un contenido histórico relacionado con la URSS y la RDA. La organización de cada ruta diaria la decidiría por la noche, en la tranquilidad de mi habitación, dependiendo de las visitas que hubiese realizado esa jornada. El ‘hotel 26’ era más un albergue que un establecimiento hotelero en sentido estricto. El día de mi llegada, en la recepción había un joven griego que me hizo una introducción en inglés sobre la historia de la ciudad, contándome que “Berlin had been two diferent cities”. Una afirmación que me apeteció replicar, explicándole mi punto de vista sobre la naturaleza de esa doble identidad, pero que en aquel momento, agotado por el viaje, me vi incapaz de rebatir. Una vez registrado, el empleado me entregó la llave de mi habitación y otra que abría una discreta puerta lateral que daba a la calle. De esta forma podía entrar y salir del hotel cuando quisiera, incluso de madrugada. No servían desayunos, o por lo menos no iban incluidos en el precio de la habitación que había reservado a través de internet. El ‘26’ sigue existiendo en la actualidad, aunque desconozco si ha variado de categoría o si ha cambiado su acertado esquema de funcionamiento. Por el bien de los futuros visitantes de Berlín, espero que no sea así. Alojarme allí fue todo un acierto.

Subí a mi habitación y deshice la maleta con el equipaje para una semana que había traído conmigo. A continuación, me puse el anorak y salí a la calle con la intención de dar un pequeño paseo iniciático e improvisado por aquel paraíso de la arqueología comunista. Torcí a la izquierda por la Warschauer Strasse y, en la Frankfurter Tor, giré de nuevo a la izquierda en la mítica Kart-Marx-Allee, cuyo nombre, y el hecho de estar caminando por ella, me evocó unas sensaciones que hasta aquel momento yo no había sentido nunca. Me veía a mí mismo como parte de la historia en mayúsculas. Un viajero en el tiempo, en el tiempo histórico y en el de mi propia vida. Recuerdo que comenzó a oscurecer y que lloviznaba, y que el cielo estaba encapotado. Como una pesada losa de cementerio, sentía su fuerza sobre mi cabeza. Debido a que había preparado el viaje con absoluta minuciosidad, me orientaba por aquel barrio como si hubiese vivido allí desde siempre. Llevaba en el bolsillo el plano de Berlín que habíamos comprado en el verano de 2003, un mapa que era famoso entre los turistas por estar plegado de una forma muy especial, como si se tratase de una figura de papiroflexia. Ese plano me recordó aquel verano que parecía prometedor y que acabó siendo un completo desastre. Mientras caminaba en dirección hacia la Alexanderplatz, me llamó la atención el ruido de unas pancartas agitadas por el viento que pendían de una fachada. Parecía un paisaje apocalíptico, como si en ese lugar el tiempo se hubiese detenido desde hacía años. La perspectiva trazada por los edificios estalinistas a ambos lados de la avenida era estremecedora. Prácticamente no pasaba nadie por la calle, ni siquiera coches. La grisura del cielo y aquella ventisca helada me transportaron mentalmente a otro universo simbólico, a aquel que no había conocido, ni conocería nunca, de la RDA. Llegué a la Alexanderplatz y contemplé de nuevo aquel paisaje urbano inmenso tal como lo había hecho la primera vez que estuve allí, aunque en unas circunstancias personales muy diferentes. Me sentí triste y desolado a la vez, aunque también liberado. Comenzaba a comprender que la vida consiste en ir pasando página día tras día. En dejar atrás todo lo que nos sucede con la mayor serenidad y objetividad posibles. Y que en aquel momento debía superar la extrañeza que suponía volver a recorrer en soledad el mismo espacio que meses antes había compartido con una persona que lo era casi todo para mí y que ahora ya no tenía relación alguna conmigo. Estas paradojas e incertidumbres me han acompañado a lo largo de toda mi vida, y nunca he sabido porqué. Una vez leí que podría tratarse de una sensación de pérdida constante, iniciada en la infancia, nunca superada. Aunque he vivido este desasosiego en diferentes estadios de comprensión, unos más nítidos que otros, ahora son el epicentro de las pasiones que exploto intelectualmente hasta hacerlas el eje de mi existencia emocional. Aquel día, plantado en medio de la Alexanderplatz, pensé en todo ello con un nudo en la garganta. Recordé las ilusiones frustradas, las alegrías reprimidas, los abrazos, aquel calor que hacía tanto tiempo que no sentía. Y lo eché de menos. Hasta tal punto que decidí no volver a sufrir nunca más y, de ahí en adelante, evitarlo en la medida de lo posible. Ese paseo, y otros muchos que hice aquellos días, fueron en cierta manera catárticos. En aquel momento no lo sabía pero aún me quedaba un gran trecho hasta alcanzar la estabilidad emocional que me permitiese ser medianamente feliz. Todo eso pensé aquel 2 de enero de 2005, a eso de las cinco de la tarde, en la antigua capital de la RDA, en medio de una fina lluvia, azotada por el aire, en la oscuridad invernal de Berlín. Luego proseguí el camino por el que diecisiete meses atrás había llegado hasta aquel mismo lugar. Sólo que ahora en sentido inverso. Hice una llamada a casa desde la estación de la S-Bahn de la Alexanderplatz. Seguidamente, rodeé el gigantesco Fernsehturm –la torre de televisión– y pasé junto a las dos estatuas del Marx-Engels Forum. Dejé a la izquierda el fantasmagórico edificio abandonado del Palast der Republik, que seguía tal como lo vimos por primera vez, durante la visita a la Berliner Dom. Tomé la Kart-Liebnecht-Strasse y la Unter den Linden hacia la Pariser Platz, con la puerta de Brandenburgo enmarcando el paisaje que hay más allá del antiguo Berlín Este. Justo en ese trecho de calle me vinieron a la memoria un montón de recuerdos. La sensación irrepetible de haber compartido una pasión –o por lo menos eso creía yo– en un juego casi inocente. De haber ido de la mano en una aventura infantil. La falsa corazonada, en definitiva, de habernos compenetrado en un algo que después resultó no ser nada. El amor y el odio, el cariño y la indiferencia, siempre juntos. 

A partir de ese punto de la calle noté que lo que venía a continuación pertenecía al presente, que no tenía nada que ver con todo aquello que estaba recordando. Porque durante aquellos días de verano, disfrazados de turistas, apenas habíamos ido más allá de la puerta de Brandenburgo. A través de este mítico propileo, me encaminé por la Strasse des 17. Juni con la intención de ver, en la penumbra, el monumento soviético del Tiergarten, descubierto en mi nueva guía de viaje y en alguna foto del primitivo internet de aquella época. Y sí, allí estaba, esperándome. Yo aún no lo sabía –lo descubrí en Viena en 2006– pero aquella no era la primera vez que me encontraba frente a un monumento soviético. Sin embargo, para mí lo fue. Casi como si se tratase de un reencuentro entre viejos conocidos, contemplé con pasión, con verdadero deleite, aquella estatua del soldado del Ejército Rojo. Observé con semblante extático, igual que si estuviese rezando, las letras doradas del alfabeto cirílico insertadas sobre el mármol del pedestal, apenas iluminadas por los faros de los coches. Eran mis primeras frases en ruso leídas sobre un monumento. Queriendo absorber por los ojos toda aquella materia, fijé mi mirada en las columnas que había alrededor de la estatua, en los dos tanques que flanqueaban la entrada y en los árboles del parque que había justo detrás. Descubrí unas fotografías, las de su inauguración y las de la inauguración del memorial en Treptow, en una pequeña exposición al aire libre en la parte posterior del conjunto. Fue el éxtasis, la culminación de un sueño. No pude hacer fotos con mi vieja cámara analógica porque ya era de noche. Excitado, me movía de un lado para otro intentando captar con detalle cada estímulo perceptible en medio de las sombras. Quería fijar en mi interior aquel instante que sabía que no olvidaría jamás. Y así lo hice. A continuación me dirigí hacia el Reichstag por un sendero que atravesaba el bosque del Tiergarten. Rodeé el edificio, pasé de nuevo frente a la puerta de Brandenburgo y fui hasta la Potsdamer Platz por la Ebertstrasse, volviendo a recorrer, sin poder impedirlo, el mismo trazado que en el verano de 2003. Desde allí, regresé sobre mis pasos y giré a la derecha en la Behrenstrasse y otra vez a la derecha en la Friedrichstrasse, hasta el Checkpoint Charlie. Después de unos pocos minutos contemplando aquel lugar, sin las hordas de turistas que inundan, sobre todo en verano, sus alrededores, regresé a la avenida Unter del Linden. Y, desde aquella esquina, fui caminando hasta la estación de metro en la Alexanderplatz, donde la línea U5 me llevó a la Frankfurter Tor, al lado del hotel. Hubiese seguido deambulando por aquellas calles durante horas, dejándome llevar como un flâneur atraído por los estímulos históricos y sentimentales de aquel inmenso espacio urbano. Rememorando el pasado, deleitándome con las segundas oportunidades que nos ofrece la vida y con la posibilidad de ser más nosotros mismos, de guiarnos por voces interiores hacia nuestro destino. Resarciéndome, en definitiva, de antiguos sufrimientos. En el hotel me duché, me metí en la cama y me puse a ver en la televisión las noticias sobre el Tsunami que días atrás había asolado una parte de la costa asiática. Sin embargo, en el fondo de mi mente, deseaba que amaneciese lo antes posible para lanzarme a ese viaje en el tiempo que justo acababa de comenzar.

Mayakovski





El 'hotel 26', en la Grünberger Strasse. Se trata del alojamiento ideal, por situación y libertad de movimientos, para los apasionados de la huellas soviéticas en Ost-Berlin




 La ruta a pie, iniciática y catártica, de aquella tarde-noche del 2 de enero de 2005, entre el barrio de Friedrichshain y el monumento soviético del Tiergarten, pasando por la Alexanderplatz y algunas calles del Mitte
(Fuente: Google Maps 12/01/2015)







 El monumento soviético del Tiergarten fotografiado dos días después de aquel 2 de enero, en pleno día aunque con el mismo cielo cubierto que la primera jornada de estancia en Berlín

sábado, 26 de diciembre de 2015

La tumba de Antón Chéjov en el cementerio de Novodévichi

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"Antón Chéjov, muerto en Alemania y trasladado a Rusia en un vagón-frigorífico con la inscripción «ostras», fue enterrado en Novodévichi en el Jardín de los Cerezos, donde le acompañan los directores del Teatro del Arte. El monumento funerario de Chéjov, uno de los más bellos del cementerio, es una pequeña capilla modernista. En primavera, con los cerezos en flor, esta zona del cementerio parece el decorado de alguna obra todavía por escribir".

(Pigariova, T. (2001) Autobiografía de Moscú. Barcelona: Ed. Laertes, 2001, p.213)


 La tumba del dramaturgo Antón Pávlovich Chéjov se encuentra situada en el sector 2 de Novodévichi, uno de los más visitados del cementerio. En el mapa oficial de la necrópolis aparece catalogada con el número 180. Una vez dentro del cementerio, se accede a ella torciendo a la derecha a través de un muro divisorio de color rojizo. Luego hay que tomar de nuevo la primera calle a la derecha, la que transcurre entre unos nichos y el Jardín de los Cerezos



 La tumba de Chéjov fue diseñada por el arquitecto Fiódor O. Shéjtel, el mismo que seis años antes había construido el Teatro del Arte de Moscú. También fue el creador de la extraordinaria casa modernista de los Riabushinski, donde residió Gorki entre 1931 y 1936. Curiosamente, Gorki fue uno de los intelectuales rusos que se mostró indignado por el hecho de que Chéjov hubiese sido transportado a Rusia en un vagón para ostras. Parece como si Shéjtel hubiese servido de nexo involuntario de todos estos personajes. Las fotografías de la tumba las realizó el autor del blog en el año 2006

  Antón Pávlovich Chéjov fue un dramaturgo, escritor y médico ruso nacido en Taganrog, el puerto principal del mar de Azov, en 1860. Aunque murió trece años antes de la Revolución de Octubre (y uno antes de la Revolución de 1905), merece ocupar un lugar destacado en la historia soviética de la ciudad de Moscú. Su figura y su creación literaria planearon sobre el país a lo largo del siglo XX y sus obras se siguen representando hoy en día en los teatros de todo el mundo. Encuadrado en la corriente 'Realista psicológica' y maestro del relato corto y de la técnica del monólogo, compaginó la literatura con la medicina. Sus obras de teatro más conocidas son 'La gaviota', 'Tío Vania', 'Las tres hermanas' y 'El jardín de los cerezos', mientras que en el terreno de los relatos cortos destacaron 'Campesinos', 'La sala nº 6' y, sobre todo, 'La dama del perrito', una contraposición a 'Anna Karénina' de Tolstói. Casado en 1901 con la actriz Olga L. Knipper, contrajo tuberculosis mientras ejercía la que él denominaba "mi esposa legal", la medicina (consideraba la literatura como su "amante"). Falleció en 1904, a los 44 años de edad, mientras se encontraba en el balneario de Badenweiler, en Baden-Wurtemberg (Imperio alemán)

Hace apenas una semana, el crítico de El País Marcos Ordóñez publicó un extraordinario artículo a propósito del estreno del monólogo 'Chéjov' en el Festival Temporada Alta de Girona-Salt, a cargo del actor británico Michael Pennington. El siguiente texto, publicado en el suplemento Babelia del citado diario, dan muestra una vez más de la actualidad de la obra del autor de 'La gaviota' (un dibujo de esta ave preside la fachada del Teatro del Arte). Rendir homenaje al dramaturgo ruso frente a su tumba debería ser un ritual obligatorio para todo aficionado al teatro que se encuentre de visita en la ciudad de Moscú. 


Un viejo amigo

Uno de los mejores regalos de final de año ha sido la visita a Temporada Alta de Michel Pennington con ‘Chéjov’, conmovedor monólogo sobre el maestro ruso
Marcos Ordóñez 18 DIC 2015 - 16:08 CET 

Tercera visita del enorme Michael Pennington a Temporada Alta. Rememoro: la primera fue Love is my sin, con Nastasha Parry, una zambullida en los sonetos de Shakespeare, dirigida por Peter Brook, en 2009. La segunda, Sweet William, sobre su dilatada pasión por el Bardo, en 2010. Y el pasado día 4, función única en Salt, Chéjov: otra fascinación igualmente duradera pero más íntima, una amistad que roza la hermandad. El actor británico ha pasado más de treinta años puliendo y lustrando este magnífico monólogo, rastreando historias del buen doctor, pasajes de relatos, fragmentos de sus cartas y entrevistas (todo lo que se dice aquí es de Chéjov), pero sobre todo intentando aproximarnos a su espíritu. La idea destelló en 1975, en el Transiberiano (inmejorable lugar), gracias al poeta Lucien Stryk, y germinó en 1984, cuando el National Theatre encargó a Pennington un texto conmemorativo del ochenta aniversario de Chéjov. Todo ese periodo de búsqueda y barbecho (y lo que vino luego) lo cuenta el actor, por cierto, en su muy recomendable Are You There, Crocodile? Inventing Anton Chéjov (Oberon Books, 2004). Tres décadas, pues, paseando el espectáculo por medio mundo, y sin trazas, felizmente, de acabar la gira.

Cuando Pennington entra en escena vemos a Chéjov más allá de la vieja chaqueta de lino blanco o los quevedos a mitad de la nariz. Lo percibimos en el andar lento, a pasos cortos, el cuerpo un poco estremecido, y casi sentimos el frío invernal de las largas noches de Yalta. Pese al reiterado insomnio y la tos irremediable, el maestro habla con suavidad, con su humor benévolo. Es la voz sabia y calma de alguien que ha visto y vivido todo y ha aprendido a llevarse pasablemente bien con la existencia, aunque la leve agitación de los dedos de su mano derecha delata su inquietud por la muerte cercana (el “molesto castigo”) cuando todavía queda tanto por hacer, por cantar, por disfrutar.

Como el maestro, Pennington es un gran contador de historias, y atrapa nuestra atención desde el principio. Es un monólogo inusual, porque apenas asoma el teatro de Chéjov o su relación con Olga Knipper, pero, capa tras capa, nos descubre a ese hombre ejemplar (su “hombre favorito”) para quien la medicina era la esposa y la escritura la amante, que atrapaba lo pequeño y específico y lo convertía en vasto y universal, al que no se le escapaba un detalle significativo pero nunca estuvo satisfecho de su obra; el hombre humilde, solitario, a ratos melancólico, apático y frío, siempre comprensivo y lúcido, obsesionado “por la facilidad con que ignoramos las necesidades del prójimo”; al médico “responsable de veintitrés pueblos, cuatro fábricas y un monasterio” que buscó la alegría de la vida y quiso “comer las cerezas de veinte en veinte, como deben comerse”, y ante cuya presencia, cuenta Pennington en el prólogo del texto, “todos sentían la necesidad de ser más sencillos y más auténticos”. 

El maestro habla de los placeres que le salvan, la pesca, la horticultura, y que Tolstoi diga de él que “escribe incluso peor que Shakespeare”; extiende con deleite, como si fueran manteles, los mapas de sus bosques perdidos, igual que Astrov en Tío Vania, y considera que releer sus propios textos equivale a “encontrar una cucaracha en la humeante sopa de col”.

Conocemos, en pocas frases, a su amigo el pintor Levitan, que cada tarde golpea a su ventana y le dice “¿Estás ahí, cocodrilo?”, y Chéjov le hace pasar, y charlan y ríen: “Últimamente Levitan sufre unos terribles ataques de melancolía, pero si le cuento una historia divertida se retuerce por el suelo y lanza alegres patadas al aire. Es terrible ser médico porque sé que tiene una dilatación aórtica y pronto ya no llamará a mi ventana”. Nos cuenta también su nostalgia de Francia, “donde todo es civilización y cualquier criada sonríe como una duquesa teatral, aunque esté terriblemente cansada”. Y el inolvidable recuerdo de aquella muchacha armenia de pies descalzos, con la cara más hermosa que vio nunca, “dormido o despierto”, brotando como una brisa en el centro de un verano ardiente para dejar en su corazón infantil “una tristeza cruel y placentera, vaga y neblinosa como un sueño”. Del recuerdo al relato, en el mismo tono, con la misma cadencia, vuelve a vibrar El cazador, y Pennington nos instala en esa prosa seca y sublime, y nos hace ver de nuevo, frase a frase, el reencuentro sin futuro del áspero Yegor y la bondadosa Pelagueia. 

De repente, ante la sorpresa de todos, el escritor consagrado abandona Moscú, y recorre miles de kilómetros de taiga para describir y denunciar la espantosa vida de los reclusos de la isla Sajalín, el peor presidio de Siberia, y levanta la gran piedra fundacional de la crónica moderna. Aparece el Chéjov vindicativo, enfrentado al poder, y cuenta el horror con ira contenida y sin énfasis, que sería como rebajar con agua un alcohol de alta graduación. Nos habla de aquel preso que mató a su mujer con un martillo pero aún tiene su fotografía presidiendo la celda, y del que recibe noventa latigazos metódicos y feroces, y reseña su cara blanca empapada en sudor, los dientes castañeteantes, la mirada perdida, la piel cayendo a tiras, y cuando aparta la mirada ve también la sonrisa del funcionario fascinado por la tortura, y se dice y nos dice: “El mundo que creó Dios es bueno. Solo una cosa es mala: nosotros”.

El espectáculo, modulado como una sonata, es un cuadro puntillista que cobra vida y consigue el prodigio de hacernos sentir que hemos pasado una velada con el maestro como quien visita a un viejo amigo: solo lamenté que esa noche de sábado, en el Teatre de Salt, no hubiera más gente compartiendo el regalo, gente que se perdió una emoción poderosa y serena, casi epifánica. Han pasado dos semanas y resuenan todavía las palabras de Chéjov despidiéndose, vivas de nuevo en la voz de Michael Pennington: “Dad recuerdos de mi parte al sol caliente y el mar en calma. Disfrutad. Sed felices. No penséis en enfermedades. Escribid a menudo a vuestros amigos. Cada hora es preciosa. Cuidaos y alegraos, y procurad no padecer de indigestión ni de mal humor”. Felices fiestas y feliz teatro para todos.

martes, 22 de diciembre de 2015

La estatua de Stepán Razin en el 'lóbnoye mesto' de la plaza Roja (1919)

"Cualquier foro necesita su tribuna. La tribuna del Moscú medieval era el lóbnoye mesto (lugar frontal), una construcción de piedra blanca de trece metros de diámetro, situada cerca de la salida de la torre Spáskaya, principal acceso al Kremlin de aquel entonces. Desde el lóbnoye mesto, que data de 1534 (época del nieto de Iván III el Grande, Iván IV el Terrible), se dirigían al pueblo los zares o sus portavoces, se dictaban las sentencias y se promulgaban los decretos. A su alrededor se hacían procesiones y se aglomeraba el pueblo. Su función era muy parecida a la del mausoleo de la época soviética, y la leyenda de que el «lugar frontal» era el patíbulo donde rodaban las cabezas (con sus respectivas frentes) no tiene base histórica. En cinco siglos allí ejecutaron sólo a una persona en 1682, un viejo creyente llamado Nikita Pustosviat. El mausoleo alberga a un muerto, el lóbnoye mesto está regado con la sangre de otro: cierto paralelismo sí que existe. Donde se derramó más sangre fue en la misma plaza. En 1671 fue descuartizado el legendario atamán de la guerra campesina Stepán Razin y en 1698, Pedro I mandó ejecutar a un millar de streltsí, exterminando así a la guardia rebelde y poniendo fin al revoltoso siglo XVII. En la Galería Tretiakov un cuadro de Vasili Súrikov, maestro de finales del siglo XIX, evoca la Madrugada de la ejecución de los streltsí, una de las más estremecedoras de la historia rusa.

Para recordar al pueblo soviético el cruel pasado zarista, el 1 de mayo de 1919 fue colocado sobre el lóbnoye mesto, pedestal perfecto, un monumento a Stepán Razin del escultor Serguéi Koniónkov: una escena multitudinaria tallada en madera, con el atamán rodeado de sus acólitos y una princesa secuestrada a punto de ser lanzada al río, de acuerdo con la letra de una conocida canción popular. En la inauguración del monumento, una de las primeras obras de la «propaganda monumental», Lenin calificó el lóbnoye mesto como «símbolo de la opresión capitalista». El monumento fue desmontado pronto, pero desde entonces la tribuna del foro se convirtió en «el patíbulo del despotismo». Todavía hoy los visitantes de provincias la miran con recelo”.

(Pigariova, T. (2001) Autobiografía de Moscú. Barcelona: Ed. Laertes, 2001, pp.112-114)

El 'lóbnoye mesto', cuya existencia se conoce desde 1549, está situado en el extremo sureste de la plaza Roja, entre la Catedral de San Basilio, las galerías comerciales del centro (no confundir con los GUM) y la desembocadura de la calle Kúibysheva (actual Ilinka). La etimología de su denominación es confusa. En algunas fuentes se traduce como 'lugar frontal' y en otras como 'lugar de ejecución', pese a que en este espacio circular de piedra sólo fue ajusticiada una persona a lo largo de quinientos años de historia, tal como nos recuerda Tatiana Pigariova en su obra 'Autobiografía de Moscú' (Laertes, 2001). El origen del nombre podría encontrarse en el Gólgota de la Biblia o en su proximidad a la riba del río Moscova. Sea como sea, el 'lóbnoye mesto' fue utilizado en el pasado básicamente como pedestal desde donde las autoridades rusas lanzaban proclamas a la población. En 1786 el arquitecto Matvéi Kazakov lo reconstruyó desplazándolo unos metros hacia el este, hasta el punto de la plaza donde se halla actualmente

El 1 de mayo de 1919 fue inaugurado en el interior del 'lóbnoye mesto' el conjunto escultórico titulado «Степан Разин с ватагой», algo así como 'Stepán Razin y su clan' ('Vatagoy' también se puede traducir del ruso como cuadrilla, horda, grupo o pandilla). Fue diseñado por el escultor Serguéi Timoféyevich Koniónkov [o Konénkov] (1874-1971), el llamado “Rodin ruso”. Koniónkov, un revolucionario de primera línea involucrado tanto en la Revolución de 1905 como en la de 1917, fue uno de los precursores del 'Plan de propaganda monumental' de Lenin. El conjunto, que se inspira en una conocida canción popular titulada 'Volga, Volga, madre querida', muestra a Razin rodeado por sus acólitos, tallados todos ellos en madera de pino, junto a una princesa persa esculpida en cemento de color rosáceo. La princesa, según la leyenda, acabó siendo lanzada al río Volga. La canción dice:

A la delantera está Stenka Razin

con su princesa a su lado,
para la boda arreglada,
y él alegre y borracho

Desde atrás viene un murmullo:

"¡Nos cambió por una mujer!
Pasó una noche con ella
y a la mañana es mujer también."

Este murmullo y risas

escucha el terrible atamán,
Y con mano poderosa
arrebató a la princesa persa.

Sus espesas cejas se unieron,

se prepara una tormenta;
la sangre furiosa se agolpó
en los ojos del atamán.

"¡De nada tendré pena,

Daré rienda a la furia!"
Se escucha su voz poderosa
Por la costa del lugar.

Volga, Volga, madre querida

Volga, río ruso,
Nunca viste regalo tal
De un cosaco del Don.

Para que no haya discordia

entre gente libre
Volga, Volga, madre querida
He aquí, ¡toma a la princesa!

Agarra con mano poderosa

él a la bella princesa
y por la borda la lanza
a las raudas olas.

"¿Qué les pasa, hermanos, tristes?

Hey, tú, Filka, vamos, ¡danza!
¡Hagamos una canción atrevida
en memoria del alma de ella!"

Desde la isla boscosa

En el ancho y raudo río
Orgullosamente navegaban
Las barcazas cosacas

Como modelos para sus estatuas Serguéi Koniónkov utilizó a los soldados de un destacamento de cosacos del Don que se hallaban acuartelados en Moscú. Se dice que su propia mujer, Margarita, le sirvió de inspiración para diseñar a la princesa persa. El conjunto escultórico fue inaugurado por Lenin quien hizo un breve discurso ensalzando la figura del líder cosaco. A continuación se cantó La Internacional y Koniónkov, tal como recordaría posteriormente en su libro de memorias 'Mi siglo', animó a los cosacos que le sirvieron de modelo, y que habían acudido a la inauguración, a continuar con las celebraciones en sus respectivos cuarteles bebiendo y cantando las canciones sobre el héroe atamán. Debido a la rápida degradación que sufrió el conjunto por las inclemencias del tiempo, hacia finales de ese mismo mes de mayo de 1919 fue trasladado al Museo del Proletariado (en el número 24 de la calle Bolshaya Dmitrovka), que poco después se convertiría en el Museo de la Revolución (en la calle Tverskaya). Otras fuentes apuntan que el motivo real del traslado fueron las malas críticas con las que la obra de Koniónkov fue recibida entre los artistas y los propios líderes revolucionarios de la época. Según el 'Plan de propaganda monumental', en la nueva Rusia debían erigirse monumentos dedicados a quienes los marxistas rusos consideraban sus precursores: los revolucionarios de todos los tiempos y las grandes figuras de la cultura rusa y mundial que defendían los ideales humanistas. En esta lista aparecían Espartaco -el líder de la rebelión de los esclavos en la antigua Roma-, Bruto -el ejecutor de César-, los grandes personajes de la Revolución Francesa, los teóricos del socialismo, el filósofo ucraniano Skovoroda, el compositor Beethoven, así como los escritores y poetas Byron, Tiutchev, Hugo, Saltykov-Shchedrin y la actriz Komissarzhevskaya. Koniónkov, que por aquel entonces era presidente del sindicato de los escultores de Moscú y miembro del consejo artístico de la Dirección General de Bellas Artes de Narkompros, escogió a Stepán Razin para su obra. Sin embargo, parece ser que el enfoque que le dio a su diseño, sobre todo en relación al entorno urbano donde fue instalada, no fue del agrado de casi nadie

Fotografía de la plaza Roja el día 1 de mayo de 1919, con Lenin dando el discurso de inauguración de la obra de Koniónkov. Casi con toda seguridad el líder bolchevique se encaramó a lo alto del 'lóbnoye mesto', dirigiéndose en dirección hacia donde años más tarde se erigirá su mausoleo, pedestal de culto por donde desfilaron todos los dirigentes de la URSS y lugar desde el cual se realizaban, precisamente, los discursos conmemorativos

Pintura alegórica de Anatoli Kashkurévich recordando aquel día


Sendas versiones de la cabeza de Razin se hallan actualmente en el Museo Ruso de San Petersburgo (primera imagen) y en la Galería Estatal Tretiakov de Moscú (segunda imagen). Años después de su traslado al Museo de la Revolución, la creación de Koniónkov fue llevada a Leningrado. Así que la primera cabeza podría ser la original expuesta en la plaza Roja en 1919

Stepán (Stenka) Timoféyevich Razin (Степан [Стенька] Тимофеевич Разин) fue un atamán (jefe militar) de los cosacos del Don nacido en el Imperio Ruso alrededor de 1630. Fue también un héroe popular que dirigió una gran sublevación en el sur del país contra la nobleza y la burocracia del zar. El aumento de los impuestos y los reclutamientos forzosos como consecuencia de las guerras contra Polonia y Suecia en el siglo XVII habían provocado el éxodo de muchos campesinos hacia tierras meridionales. Allí se unieron a los cosacos de Razin quien, en 1670, proclamó la República Cosaca y se sublevó contra el zar establecido en Moscú, formando un ejército para combatir a los boyardos y a la aristocracia. Ese año atacó y tomó por la fuerza la población de Astracán, masacrando a toda la población que se opuso a su avance y saqueando la ciudad. En esta localidad proclamó la abolición de la esclavitud, el principio de igualdad y el fin de los privilegios. Organizó un ejército popular que en una serie de violentos ataques tomó Tsaritsyn (llamada Stalingrado entre 1925 y 1961, y Volgogrado a partir de esa fecha). También conquistó Sarátov y Samara, saqueando todas estas localidades y siguiendo con sus tropas el curso norte del río Volga. Envió mensajeros por todo el territorio ruso con la promesa de establecer una "igualdad total" entre todas las capas de la población, siguiendo el ejemplo de las comunidades de cosacos. A finales de 1670 las tropas de Razin fueron derrotadas en Simbirsk por las fuerzas de los boyardos. Tras dicha derrota el prestigio de Razin se vio resentido, siendo anatematizado por el Patriarcado de Moscú. En 1671 Stepán, junto con su hermano Frol Razin, fue capturado en Kaganlyk, su fortaleza, y llevado a Moscú, donde, después de sufrir torturas y estando aún vivo, fue sometido a descuartizamiento hasta morir en la plaza Roja. Tenía 41 años

Este lugar fue utilizado en tiempos soviéticos como aparador de la propaganda de la URSS, sobre todo durante los desfiles que se celebraban anualmente en la plaza Roja. En la imagen, un conjunto escultórico de temática obrera expuesta en 1936 sobre el 'lóbnoye mesto'

Fotografía de la plaza Roja de Moscú realizada en 1989, durante el desfile del Día de la Victoria, con el 'lóbnoye mesto' en primer término. El monumento circular aparece profusamente decorado con flores y banderas rojas. Detrás se escondía un camión de bomberos a punto para actuar en caso de emergencia





ЛОБНОЕ МЕСТО СЛУЖИЛО ДЛЯ ОБЪЯВЛЕНИЯ ГОСУДАРСТВЕННЫХ АКТОВ, ОБЪЯВЛЕНИЯ ВОЙНЫ ИЛИ МИРА, ОГЛАШЕНИЯ УКАЗОВ О НАЛОГАХ, УКАЗОВ О КАЗНЯХ КОТОРЫЕ СОВЕРШАЛИСЬ НЕ НА ЛОБНОМ МЕСТЕ, А НА КРАСНОЙ ПЛОШАДИ НА СПЕЦИАЛЬНЫХ ДЕРЕВЯННЫХ ПОМОСТАХ (LOBNOYE MESTO SLUZHILO DLYA OB'YAVLENIYA GOSUDARSTVENNYKH AKTOV, OB'YAVLENIYA VOYNY ILI MIRA, OGLASHENIYA UKAZOV O NALOGAKH, UKAZOV O KAZNYAKH KOTORYYE SOVERSHALIS' NE NA LOBNOM MESTE, A NA KRASNOY PLOSHADI NA SPETSIAL'NYKH): Lugar utilizado para dar publicidad a las actuaciones del Estado y para proclamar las declaraciones de guerra o paz, los avisos sobre impuestos y los decretos de ejecución. Una plataforma especial de madera rodeaba el 'lóbnoye mesto'

ПАМЯТНИК АРХИТЕКТУРЫ - ЛОБНОЕ МЕСТО - СООРУЖЕНО в 1549 г. - ПЕРЕДЕЛАНО в 1786 г. - АРХ. М.Ф. КАЗАКОВЫМ ОХРАНЯЕТСЯ ГОСУДАРСТВОМ (PAMYATNIK ARKHITEKTURY - LOBNOYE MESTO - SOORUZHENO v 1549 g. - PEREDELANO v 1786 g. - ARKH. M.F. KAZAKOVYM - OKHRANYAYETSYA GOSUDARSTVOM): Monumento Arquitectónico – 'Lóbnoye mesto' – Construido en 1549 – Rehecho en 1786 – Arquitecto Matvéi Kazakov – Protegido por el Estado

'Madrugada de la ejecución de los streltsí', obra de 1881 del pintor ruso Vasili Súrikov, expuesta actualmente en la Galería Estatal Tretiakov de Moscú

En Rostov del Don existe un conjunto escultórico con el mismo nombre y de idéntica temática también de Serguéi Koniónkov. El escultor ruso disfrutó solamente de veinticinco días de gloria con su obra original. Fue el tiempo que estuvo expuesta en la plaza Roja. La desproporción y la falta de armonía entre sus esculturas y el entorno de la plaza acabó condenándola al ostracismo, independientemente de los efectos que tuvo sobre ellas el clima de Moscú. El conjunto de Rostov, inaugurado en 1972, está instalado seguramente en el lugar más apropiado por su significado histórico: en las tierras donde luchó Stepán Razin contra la tiranía zarista

martes, 8 de diciembre de 2015

Tercer aniversario del blog "Moscú de la Revolución": С ДНЁМ РОЖДЕНИЯ!


La ciudad de Moscú es un libro abierto. Sus calles, edificios y monumentos constituyen, en el idioma del urbanismo, las palabras y metáforas que nos explican su historia, sobre todo su historia más reciente. Ayer se cumplieron tres años desde que este blog intenta, cual Piedra de Rosetta, desentrañar el significado de cada construcción, de cada palmo de hormigón con el que se ha escrito una parte de las crónicas, no sólo del pueblo ruso, sino de toda la humanidad. La narración de siglos de revoluciones y luchas por la dignidad y la libertad de las personas, en medio del eterno dilema entre sociedad e individualidad, entre vida y muerte, entre recuerdo y olvido. Un viaje simbólico, en definitiva, al sentido de la existencia de un género, el humano, que parece olvidar, cada vez más a menudo, su papel de mera comparsa en una naturaleza de la que sólo somos una parte. Una parte insignificante.

Mayakovski

 Medalla conmemorativa del "Tercer Aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre", acuñada en 1920. Sobre la hoz y el martillo aparece inscrito el acrónimo РСФСР (Росси́йская Сове́тская Федерати́вная Социалисти́ческая Респу́блика, Rossíyskaya Sovétskaya Federatívnaya Sotsialistícheskaya Respúblikam, en ruso transliterado). Es decir, 'República Socialista Federativa Soviética de Rusia'. Sobre las fechas 1917-1920, la palabra ОКТЯБРЬ (OKTYABR'), 'Octubre'. En el reverso pone ПРОЛЕТАРИИ ВСЕХ СТРАН, СОЕДИНЯЙТЕСЬ! (PROLETARII VSEKH STRAN SOYEDINYAYTES'!): 'Proletarios del mundo, uníos!'
(Fuente: http://auction.conros.ru/lot/453860/205/1/)