lunes, 14 de agosto de 2017

La Revolución Rusa en la prensa española: 7 de noviembre de 1917 (primera parte)

A diferencia de lo que sucede actualmente y dejando de lado honrosas excepciones, hace un siglo el periodismo era un oficio austero y creativo cuyos obstáculos convertían a sus trabajadores en una suerte de artistas bohemios con alma de aventureros intrépidos. Sin internet ni móviles, sin redes sociales ni ordenadores, sin apenas teléfonos, así trabajaban aquellos reporteros en pos de unas noticias que nunca sabían cuándo ni en qué condiciones llegarían hasta sus lectores, pero que redactaban con pasión y compromiso. Uno de los periódicos españoles que relataron lo sucedido en Rusia en 1917 fue La Vanguardia, un diario que en aquel entonces llevaba la apostilla de «independiente» bajo el logotipo de su portada. La hemeroteca en línea de este rotativo, aún en manos de sus fundadores, la familia Godó, nos permite regresar a aquellos días y revivir, desde la perspectiva de los miles de kilómetros de distancia y del contexto social en que fue escrito, todo lo sucedido en ese país durante aquellas jornadas decisivas de la Revolución de Octubre.

John Silas Reed (Portland, Oregón, 1887 - Moscú, 1920),  
periodista apasionado, profesional y comprometido

El ejemplar 16.158 de La Vanguardia, correspondiente al miércoles 7 de noviembre de 1917 –25 de octubre en Rusia, que aún se regía por el calendario juliano–, costó aquel día cinco céntimos. Era el trigésimo sexto año de existencia de este periódico cuya suscripción anual valía entonces una peseta. Sus veinte páginas se distribuían de forma muy diferente a cómo lo hacen en la actualidad los escasos medios de prensa escritos que todavía se editan a diario. En las cuatro primeras venían, por este orden, las esquelas de los fallecidos, la publicidad comercial y las notas locales. Éstas incluían la información meteorológica del día anterior y algunas noticias particulares, como las designaciones de los maestros a sus respectivas escuelas o los nombramientos de cargos públicos. En la quinta página aparecían las noticias de sociedad, política local y deportes –fundamentalmente de Barcelona– y en las tres siguientes, tras la sección conjunta sobre religión y cotizaciones bursátiles, los anuncios de espectáculos y las columnas de opinión. En la página nueve había un extenso apartado cuyo encabezamiento da una idea de cómo era esta profesión en aquella época: «Información telegráfica y telefónica particular de La Vanguardia – Servicio de nuestros corresponsales especiales y de las Agencias HAVAS, París; REUTER, Londres; WOLFF, Berlín; CORRESPONDANT BUREAU, Viena – Recibida directamente por aparatos instalados en nuestra Recepción». Dicha información se dividía por países: primero «España», hasta la página once; a continuación, «La guerra europea – Dieciséis naciones en armas», subdividido en una sección para cada uno de los Estados contendientes en la Primera Guerra Mundial. En la página doce se publicaba un resumen de noticias recibidas mediante telégrafo, o lo que ellos denominaban «sin hilos», con la curiosa adenda de haber sido recogidas en la «Estación del Prat del Llobregat» (donde más adelante nacerá el aeropuerto de la capital catalana). La edición acababa con la «crónica telegráfica por provincias» y las informaciones recibidas a través de ese mismo medio pero procedentes de otros países. También con noticias culturales, marítimas y militares y una sección de anuncios con ofertas de trabajo. En todo el diario no había ni una sola fotografía, tan solo dibujos publicitarios pintados en blanco y negro.


Las once esquelas mortuorias de ese día, dos en catalán y nueve en castellano, ocuparon la portada y parte de la segunda página de la edición. No se diferenciaban demasiado de las actuales, si exceptuamos algunas costumbres funerarias que, con el paso del tiempo, se han ido perdiendo. Es el caso de la tradición de «asistir á la casa mortuoria (…) para acompañar el cadáver á la iglesia parroquial» o el ritual de «las misas después del oficio y en seguida la del perdón». Todos los fallecidos estaban casados o eran viudos y la mayoría tenía descendencia, incluida una joven de 28 años que en el momento de su muerte era madre de tres hijos, una descripción bastante fidedigna de la organización social y familiar que imperaba en este país hace cien años. Una de las esquelas, con el encabezamiento «Los soldados y marinos británicos», invitaba a la colonia del Reino Unido residente en Barcelona a un funeral colectivo en la parroquia de «San Vicente», en el barrio de Sarrià. La Primera Guerra Mundial, que iba por su tercer año, aparece escrita en ese recordatorio como «guerra actual».


Los anuncios publicitarios eran un compendio de productos y profesiones con un lenguaje de ventas completamente arcaico, inverosímil para los gustos actuales. Los médicos ofrecían sus servicios junto a torneros, vendedores de pianos y comerciantes de ultramarinos, como el caso de un urólogo experto en «vías urinarias, males secretos y matriz» que finalizaba su anuncio, en la segunda página, con un intrigante «especiales tratamientos para forasteros». Una substancia llamada «Fosfo-glico-kola» era descrita por sus creadores como un «poderoso reconstituyente» y el «Vino Nourry», «fortificante y depurativo» con «yodo y taninos», servía contra la «debilidad general, anemia, linfatismo y enfermedades del pecho». Sin embargo, se ofrecían también productos que continúan vigentes en la actualidad y que forman parte de las ancestrales obsesiones estéticas de la población occidental, como son los crecepelos y los tintes para las canas.


Por esas fechas, en el decimoquinto año del reinado de Alfonso XIII, la jefatura del gobierno la ocupaba desde hacía tal solo cuatro días Manuel García Prieto, del Partido Liberal, un político que llegó a estar hasta en cuatro ocasiones al frente del gobierno español, la última justo antes del golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera en 1923. Y mientras las tribus del Rif continuaban sublevadas contra las autoridades coloniales españolas y francesas en Marruecos, un conflicto que iba por su sexto año y que se extendería hasta 1927, la ciudad de Barcelona se preparaba para las inminentes elecciones municipales. Es por ello que las páginas del diario destinadas a la política local dedicaban mucho espacio a los mítines de líderes como Cambó y Lerroux y a sus respectivos candidatos en el municipio. Los apartados de «sociedad» del periódico, el equivalente a la prensa rosa actual, informaban de noticias del tipo «Don Manuel Vives, teniente coronel de la guardia civil, ha pedido la mano de la lindísima, señorita Carlota Viada y Viada, para su hijo don Enrique» o «Los marqueses de Campins presentaban á sus amigos [en el teatro del «Liceo»], á su preciosa hija Pilar, alta y rubia como su madre, y también como ella elegante y distinguida». Un estilo periodístico que dejaba patente el talante ideológico clasista y liberal que tenía esta publicación hace un siglo.

La página ocho comenzaba advirtiendo en su primera columna, con un comunicado explícito, que La Vanguardia no aceptaba en aquella época «el auxilio concedido por el Gobierno a la prensa con motivo de la carestía del papel». Toda una declaración de principios sobre su jactanciosa «independencia» pero que da cuenta también de la situación crítica que se vivía en aquellos momentos en Europa. Hoy en día, en que el papel impreso está en vías de extinción por la comodidad del formato electrónico, cuesta comprender que hace tan solo tres o cuatro generaciones la escasez de un bien comercial tan básico como éste pudiese poner en peligro el derecho a la información y al conocimiento de toda una población. Tras esta advertencia, la página continuaba con columnas de opinión que son, sin lugar a dudas, el mejor retrato sociológico y antropológico de este país, desde todos los ámbitos sociales posibles. De la crítica teológica –la conveniencia o no de hacer aparecer a un actor vestido de diablo en una obra de teatro– a las reivindicaciones laborales –la elevada cifra de mujeres del sector textil que morían cada año por la tisis–, pasando por la crónica bélica sobre la Primera Guerra Mundial –con un título tan esclarecedor como «La ineficacia total de la guerra»–. La recopilación y lectura de todas estas columnas dan una visión más realista de la sociedad de 1917 que los datos aportados por los libros de historia escritos con posterioridad.

En el capítulo de ofertas y demandas laborales, pequeños anuncios de no más de treinta palabras solicitaban o ofrecían los servicios de viajantes, sirvientas, topógrafos, profesores de música, detectives, corredores de bolsa, representantes, abogados, mecanógrafas, cobradores, contables, reparadores, taquígrafas, modistas, secretarias, escribientes, encuadernadores, vendedores y mozos de almacén, incluso para «ayuda de cámara». En uno de ellos, la «Telegrafía sin hilos» era presentada como una «carrera de porvenir». Sin embargo, el reclamo que más llama la atención es el que aparece en la página dieciocho, dirigido a «Viudos y solteros», en el que se explica que «muchas señoritas de todas las edades y con dotes y fortunas de 100 a 100.000 duros desean casarse como Dios manda» y que «todas son honradas, instruidas y de buenas familias», acabando con un «no se admiten líos» y «única casa formal». Mientras tanto, algunas entidades financieras prestaban dinero «á interés módico» a cambio de papeletas del Monte de Piedad, unos resguardos que se guardaban durante un máximo de seis meses, y el gubernamental Banco Hipotecario de España concedía créditos al 3,5% para la compra de una vivienda o la edificación de obra nueva, con un ejemplo práctico publicado ese día para una cantidad de 10.000 pesetas (60 euros), a devolver en 15 años con cuotas mensuales de 84,58 pesetas (51 céntimos de euro).


Esta era la España que el 7 de noviembre de 1917 miraba hacia Rusia a través de las páginas de La Vanguardia y contemplaba, con una mezcla de curiosidad, inquietud y estupefacción, la tormenta que justo aquel día se desencadenaba en un imperio que casi todo el mundo daba ya por agonizante. Tan agonizante como la profesión de periodista un siglo después.

Mayakovski

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