miércoles, 26 de noviembre de 2014

Un año después de la desaparición del obelisco revolucionario del jardín de Alejandro


Cada vez que en Rusia desaparece un monumento soviético, los amantes de este tipo de arte albergan la vana esperanza de que la pieza en cuestión será restaurada y devuelta a su ubicación original. O quizás a otro lugar diferente, como esos museos al aire libre convertidos en tristes cementerios del arte soviético, léase el Museión o el VDNJ. Pero siempre confían en que el sentido común, la sensibilidad artística y la compasión de los gestores culturales permitirán que el monumento de turno continue entre nosotros, recordándonos una parte de la historia sobre la que se está echando tierra con más prisas de lo esperado. Ese fue el caso de El obrero y la koljosiana, la magna obra de Vera Mújina, desaparecida de su pedestal durante seis años (2003-2009) y que durante mucho tiempo se dio por perdida para siempre. Hasta que volvió a ocupar el mismo lugar donde estuvo plantada desde 1937, sólo que ahora sobre un zócalo mejor, una espectacular reproducción del pabellón soviético de Borís Iofán expuesto en París ese mismo año.

Sin embargo, el caso del monumento de Mújina es una excepción. Los turistas que pasean actualmente por el jardín de Alejandro de Moscú, orientados con una guía de viaje publicada antes de noviembre de 2013, se encuentran con una extraña sorpresa. Y es que el obelisco con los nombres de los diecinueve pensadores internacionales ensalzados por la Revolución de Octubre ha cambiado de decoración (esos nombres han sido substituidos por otros) e incluso de ubicación (ha sufrido un desplazamiento y un giro de noventa grados en dirección hacia la muralla del Kremlin). Desde un punto de vista estrictamente material, el obelisco soviético no ha desaparecido del jardín, simplemente ha mutado de aspecto por segunda vez en un siglo. Como si sobre un lienzo apareciese, desapareciese y volviese a aparecer la figura de algún personaje histórico adorado por un régimen y repudiado por el siguiente (y vuelto a bendecir por otro que se supone que no tiene nada que ver con los anteriores).

El 10 de junio de 1914 se inauguró en este jardín un obelisco de granito gris para conmemorar, con retraso, el tricentenario de la dinastía Romanov, la estirpe imperial entronada en 1613 y que tuvo en el zar Mijaíl I a su primer vástago. Su aspecto era más o menos el mismo que tiene ahora el monumento restaurado hace un año, con un águila bicéfala en lo alto, un San Jorge a caballo grabado en el pedestal y la lista de todos los zares de la Casa Romanov inscrita en el cuerpo del obelisco. Se hallaba erigido no en este lugar sino a unas decenas de metros hacia la izquierda, donde actualmente se encuentra la Tumba del Soldado Desconocido. Tres años más tarde estalló la Revolución y la familia imperial al completo fue ejecutada el 17 de julio de 1918. Un mes después se llevó a la práctica sobre el obelisco la reforma impulsada por Lenin "sobre la eliminación de monumentos erigidos en honor de los reyes y de sus siervos, y el desarrollo de proyectos de monumentos de la Revolución Socialista de Rusia" (Decreto SNK del 12/04/1918). Se suprimió el águila bicéfala y se retiraron los emblemas zaristas. El San Jorge fue substituido por el acrónimo RSFSR (República Socialista Federativa Soviética de Rusia; Российская Советская Федеративная Социалистическая Республика, PСФСР, en ruso; Rossíyskaya Soviétskaya Federatívnaya Socialistícheskaya Respúblika, en ruso transliterado) y la inscripción en la parte inferior del pedestal se cambió por la frase "Trabajadores del mundo, uníos!". Los nombres de los zares fueron reemplazados por una lista de diecinueve pensadores y políticos socialistas aprobada por el propio Lenin: Marx, Engels, Liebknecht, Lassalle, Bebel, Campanella, Meslier, Winstanley, More, Saint-Simon, Vaillant, Fourier, Jaurès, Proudhon, Bakunin, Chernishevski, Lavrov, Mijailovski y Plejánov. Toda esta transformación fue supervisada por el arquitecto N.A. Vsevolzhsky. La versión sovietizada del obelisco se presentó públicamente el 7 de noviembre de 1918, para celebrar el primer aniversario de la Revolución de Octubre. Oficialmente se trató del primer monumento del nuevo régimen, cuando el país ni siquiera se llamaba aún Unión Soviética. No muy lejos de ese lugar se había inaugurado días antes, el 3 de noviembre, una estatua del revolucionario francés Maximilien Robespierre, obra de la escultora rusa Beatrice Y. Sandomirskaya (1894-1974). Sólo duró cuatro días, el mismo 7 de noviembre fue objeto de un atentado terrorista que la redujo a un montón de escombros. Con el fin de construir la Tumba del Soldado Desconocido, en 1966 el obelisco fue trasladado al espacio vacío dejado por la estatua de Robespierre destruida en el atentado. Se trató de un desplazamiento del todo simbólico: el obelisco dedicado a los emancipadores de la clase trabajadora fue a parar al lugar ocupado brevemente por el monumento del revolucionario francés, destruido a su vez por agentes contrarrevolucionarios. Y allí ha permanecido discretamente todos estos años, hasta que en 2013 diversas organizaciones civiles y religiosas propusieron aprovechar el cuarto centenario de la dinastía Romanov para recuperar el aspecto original del obelisco, previo a los cambios de 1918. Tras las oportunas discusiones, el 2 de julio del año pasado el monolito fue trasladado a un taller y el pedestal desmantelado. La explicación oficial, que provocó muchas suspicacias entre los moscovitas, fue que el monumento tenía que "ser restaurado" debido a los problemas de estabilidad que presentaba (fruto del traslado sufrido en los años sesenta). Sin que nadie haya llegado a negar este extremo, ahora sabemos que la intención era otra muy diferente. Tan solo tres meses y medio después reapareció en el mismo lugar que había ocupado desde 1966, pero de nuevo con todos los nombres de los zares Romanov, cubierto de la misma simbología zarista que tenía el obelisco primigenio y ligeramente desviado hacia la parte de la muralla del Kremlin donde se encuentra el edificio del Arsenal. Esta restauración ha causado mucha controversia debido a los diversos errores ortográficos cometidos y a que algunas de las imágenes reconstruidas difieren del original de 1914. Pese a todo, fue inaugurado solemnemente el 4 de noviembre de 2013 en presencia del Patriarca Kiril, del ministro de cultura ruso y de otras autoridades municipales y estatales.

Una cosa parece evidente: los mandatarios rusos quieren que el Kremlin y sus alrededores vuelvan a ser territorio zarista, aunque sin zar. Como muestra, la inauguración el 27 de mayo de 2013 de un monumento dedicado al Patriarca Hermógenes (1530-1612) en el mismo jardín de Alejandro, a pocos metros del obelisco. Además, a la temprana desaparición de la estatua de Lenin dentro del Kremlin, se le puede añadir próximamente la demolición del Palacio del Presidium. Rusia busca convertir el centro de Moscú en un aparador del clasicismo arquitectónico al estilo de Viena o San Petersburgo. Un decorado que se ajuste a esa milla de oro de las calles Tverskaya, Nikolskaya y aledaños, donde predominan los hoteles de lujo y las tiendas caras.

De la estatua de Robespierre ya nadie se acuerda. Es una anécdota del pasado que seguramente le llevó muchos meses de trabajo a su autora y que ahora apenas ocupa una línea de texto en los libros de historia. El turista desinformado que se encuentre de repente con el "nuevo" obelisco seguramente se preguntará si se halla frente a un monumento histórico. La respuesta es que no, de hecho es una mala copia de otro monumento. Pero entonces, ¿Se trata de un monumento nuevo? La respuesta es que tampoco. Ese granito de Finlandia (por lo menos con esa forma) tiene exactamente cien años de existencia. A continuación, ese viajero confuso probablemente se interrogará sobre si el obelisco "comunista" ha sido demolido o si ha sido trasladado a otro lugar. La respuesta es que ni una cosa ni la otra. Los nombres de todos esos pensadores estaban inscritos en la misma piedra que tiene frente a él, donde ahora predominan los de Alejandro, Nicolás y Pedro. Por cierto, la dinastía Romanov estuvo formada por diecinueve zares. Exactamente diecinueve, como el número de revolucionarios que Lenin hizo grabar sobre los nombres de sus odiados adversarios. Queda claro que los bolcheviques tenían un sentido del humor bastante sarcástico y una necesidad urgente de crear simbologías paralelas con el objetivo de reescribir la historia de la humanidad y ajustarla a los principios del materialismo dialéctico.

La desaparición del "obelisco dedicado a los destacados pensadores y luchadores por la emancipación de los trabajadores" es otro ejemplo más del juego metafórico que los rusos se traen entre manos con sus monumentos. De hecho, los obeliscos tienen una semblanza extraordinaria con los alfiles del ajedrez, aunque estos en teoría representan a un obispo (y aquí también tenemos a la iglesia de por medio, aunque sea la Ortodoxa). Sea como sea, a eso han jugado siempre los rusos con su pasado, a mover piezas, a matarlas y a convertirlas en otras diferentes cuando culminan su papel en la historia. Sin embargo, el obelisco revolucionario del jardín de Alejandro no volverá nunca más a este lugar porque, en cierta manera, todavía continúa allí.

 Inauguración del obelisco zarista en 1914

 El obelisco, entre 1914 y 1918. Se construyó una especie de túmulo ajardinado para dar más relevancia al monumento

 El obelisco, tal como quedó tras la reforma de 1918. La fotografía fue realizada por el autor del blog en septiembre de 2011. Los personajes que aparecen inscritos son: los filósofos alemanes Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895); el fundador del partido socialdemócrata alemán Wilhelm Liebknecht (1826-1900), padre de Karl Liebknecht; el político socialista alemán Ferdinand Lassalle (1825-1864); el cofundador del partido socialdemócrata alemán August Bebel (1840-1913); el poeta y filósofo italiano Tommaso Campanella (1568-1639), autor de la obra "La ciudad del sol" en la que especulaba sobre una sociedad comunista ideal; el sacerdote católico y filósofo francés Jean Meslier (1664-1729), fundador del ateísmo y el anticlericalismo militante; el activista y reformador inglés Gerrard Winstanley (1609-1676), cofundador de "True Levelers" ("Igualitarios Auténticos"), precursor del socialismo; el teólogo y humanista inglés Thomas More (1478-1535), canciller de Enrique VIII (que lo mandó ejecutar) y autor de "Utopía", la obra que trata de una sociedad ideal asentada en una isla; el filósofo francés del socialismo utópico Henri de Saint-Simon (1760-1825); el dirigente del Partido Socialista Revolucionario de Francia Édouard Vaillant (1840-1915); el socialista francés y padre del "cooperativismo" (precedente del socialismo libertario) Charles Fourier (1772-1837); el político socialista francés Jean Jaurès (1859-1914), fundador de "L'Humanité" y asesinado tres días después del inicio de la Primera Guerra Mundial; el filósofo y político francés Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), creador del "mutualismo" (tendencia económica del anarquismo); el filósofo anarquista ruso Mijaíl Bakunin (1814-1876); el filósofo socialista ruso Nikolái Chernishevski (1828-1889), líder del movimiento "narodnik"; el matemático y político Piotr Lavrov (1823-1900) y el sociólogo Nikolái Mijailovski (1842-1904), teóricos e integrantes del movimiento "narodnik";  y el fundador del marxismo en Rusia Gueorgui Plejánov (1856-1918)

 Estatua del revolucionario francés Maximilien Robespierre, obra de la escultora rusa Beatrice Y. Sandomirskaya (1894-1974). Fue inaugurada el 3 de noviembre de 1918 y destruida cuatro días más tarde

 El día 2 de julio de 2013 comenzaron las obras de desmantelamiento del obelisco



 Reinstalado casi en el mismo lugar a finales de octubre, el obelisco con su nueva simbología se inauguró oficialmente en el mes de noviembre de 2013 con la presencia de autoridades y otras personalidades rusas

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Diario de un sovietófilo (Capítulo IV)

Ir a la entrada anterior sobre 'Diario de un sovietófilo' 

Dimensiones estalinianas

Mi conversión definitiva a la sovietofilia se produjo en la ciudad de Berlín durante el verano de 2003. Ese año decidí aprovechar el mes de julio para estudiar. Mi compañera sentimental había participado hacía poco en un intercambio laboral en el Reino Unido, así que yo no quise ser menos y me matriculé en un curso de inglés en la Universidad de Kent, en Canterbury. También decidí viajar hasta allí en mi coche, repitiendo la aventura del año anterior, sólo que ahora conduciendo hacia el norte. De Barcelona fui a Lyon de una tirada. Después de Lyon a París, de París a Dunkerque y de Dunkerque, en ferry, a Dover. Fueron tres días de una ruta inolvidable. Y todo ello en solitario, sin discutir con nadie y disfrutando al máximo de la experiencia. Recuerdo la sensación inenarrable de ver en el horizonte como la Torre Eiffel se iba acercando hacia mí poco a poco, exactamente como la vieron los soldados de la división Leclerc en agosto de 1944 camino de la liberación de la capital francesa. En Canterbury lo pasé bien, hice muchas amistades y perfeccioné el idioma. Después de unas cuantas semanas de lecturas, ponencias y excursiones, regresé al continente con el mismo ferry y continué mi ruta en coche hacia Brujas y Bruselas, donde pasé un par de días. Había convenido con mi pareja que nos encontraríamos en alguna ciudad europea para proseguir el viaje juntos. Esa iniciativa, en medio de nuestra crisis sentimental, equivalía a finiquitar la relación por la vía rápida. Y aunque yo lo intuía, no hice nada por evitarlo. Tras un mes de separación, nos volvimos a reunir en el aeropuerto de Frankfurt am Main, a casi 400 kilómetros de la capital belga. Y de allí fuimos a Berlín, a 552 kilómetros de distancia, donde se puede decirse que acabó un viaje y comenzó otro. Porque durante esos días me desenamoré completamente de una persona y me dejé seducir por una idea. Fue el inicio de mi travesía íntima por la historia de la URSS.

Para economizar los costes del hotel, decidimos alojarnos en Hennigsdorf, un pueblo situado a 25 kilómetros al norte de la capital alemana. La idea era dejar aparcado el coche durante unos días y movernos con el tren metropolitano berlinés, el S-Bahn. Aunque la estación quedaba un poco lejos del hotel, no nos importó hacer el camino a pie durante los días en que estuvimos alojados allí. Por la noche regresábamos completamente agotados, pero satisfechos y felices. Los viajes compartidos están llenos de esos grandes momentos rituales que resultan insignificantes para quien no los ha vivido. Es de los pocos buenos recuerdos que me han quedado de ella. El primer día compramos un bono turístico en la misma estación de Hennigsdorf y nos dirigimos hacia el centro de la ciudad a bordo del tren. Por mi cabeza rondaban ciertas ideas estereotipadas sobre la ciudad de Berlín. Aunque seguramente la había estudiado en la escuela, el desconocimiento de su historia –o mi olvido inconsciente– era tan enorme que ni siquiera recordaba si el Muro había pasado por el centro de la ciudad. Ni sabía dónde estuvo situada la frontera que separó las dos Alemanias durante cuarenta años. Tampoco tenía presentes las fechas más importantes. Solamente recordaba la enorme desilusión que sentí cuando a finales de los años ochenta todo aquel universo simbólico se hundió repentinamente sin haber podido contemplarlo con mis propios ojos. Aquel día daba por hecho que en Berlín no quedaría ni un solo vestigio de la Europa comunista. Mi pareja, una mujer sobradamente inteligente pero sólo para aquello que le convenía, sabía aún menos de esa parte de la historia. Para ella, nada era interesante excepto las cosas modernas que la hacían parecer ‘cool’. Su máxima preocupación por aquellas fechas era que después del viaje tenía una boda en su pueblo. Y que debía encontrar urgentemente unos zapatos que fueran a juego con su vestido. Vista en perspectiva, la situación podía parecer explosiva. Sin embargo, fue más bien aburrida y decepcionante. Triste, en definitiva. Llegamos a Berlín en tren como unos auténticos turistas, cada uno con su pequeña mochila y la guía Trotamundos de Alemania en la mano. Curiosamente, fue ella la que sugirió bajarnos en la estación de Friedrichstrasse. También ella trazó la ruta de ese día. Nunca he sabido porqué lo decidió así. Quizás simplemente porque la guía sugería ese recorrido como uno de los más interesantes en el centro de la ciudad. Caminamos tres manzanas hasta la avenida Unter den Linden y torcimos a la izquierda. Ni siquiera nos dimos cuenta de que a nuestra derecha teníamos la famosísima puerta de Brandenburgo. Las calles estaban atestadas de gente y yo todo aquello lo vivía con excitación pero sin sentimentalismo, sólo con la curiosidad del forastero que visita una ciudad desconocida y cosmopolita. Continuamos caminando por la Unter den Linden hasta llegar a la catedral, la Berliner Dom. Durante buena parte del paseo tuvimos frente a nosotros la peculiar torre de televisión berlinesa, el Fernsehturm, que nos servía de referencia para no desviarnos del camino. Yo iba mirando la guía y el único nombre que reconocía era el de ‘Alexanderplatz’, la plaza que estaba al final de nuestro recorrido. Me sonaba por una serie de televisión dirigida por Rainer Werner Fassbinder, ‘Berlin Alexanderplatz’, que había visto hacía muchos años. Y porque era un nombre alemán con una sonoridad llamativa y que en su momento me aprendí con extraña facilidad. Aquel día yo no sabía aún que el nombre de Alexander hacía referencia a un zar ruso, lo cual demuestra que las premoniciones resultan siempre increíblemente siniestras. Lo que sí recordé con nitidez es que años atrás me habían presentado a un berlinés y que lo primero que le solté cuando hablé con él fue “Ah, eres de Berlín… Berlín Alexanderplatz”. Un comentario de lo más estúpido y provinciano pero que a ese alemán, lejos de su tierra, le resultó absolutamente entrañable. Sea como fuere, nos dirigimos directos a la Dom porque aquello tenía pinta de ser “visitable” y porque nosotros íbamos en plan turístico. Me llamó la atención que justo al otro lado de la calle había un edificio en ruinas que desentonaba completamente con aquella catedral. Un edificio acristalado de color ocre, con forma de prisma y con algunos graffitis pintados en la fachada. Lo miramos con extrañeza y no le dimos más importancia. Pagamos la entrada a la Dom, subimos a la cúpula y, para descansar un rato, estuvimos sentados en su nave central contemplando las paredes y el techo. No recuerdo si fue en ese momento cuando consulté el nombre del edificio abandonado o si lo hice más tarde en el hotel. Aunque quizás descubrí su existencia y su historia meses después, cuando planeaba volver a Berlín. De todas formas, su nombre no me dijo absolutamente nada: era el Palast der Republik. Recién salidos de la Dom cogí de nuevo la guía y me centré en la información que había sobre la Alexanderplatz. Y quizás ese momento marca un antes y un después en mi conversión estético-sentimental hacia todo lo soviético. El autor explicaba textualmente que la reconstrucción de esa plaza “fue confiada a unos arquitectos demasiado influenciados por la estética estalinista: la explanada tiene dimensiones inhumanas y está rodeada de rascacielos a cuál más impersonal”. Esa frase, esas referencias a Stalin, me hicieron entender que estábamos en el antiguo territorio de la RDA. Que habíamos traspasado la línea, ahora imaginaria, que separó esos dos mundos contrapuestos y enfrentados durante la Guerra Fría. No se lo comenté a mi acompañante porque no hubiera servido de mucho. A fin de cuentas, por allí no se veía ninguna tienda de zapatos. Seguimos andando hasta el Fernsehturm y nos hicimos fotos bajo su espectacular cúpula esférica y futurista. Justo al lado, en medio de una plaza, vimos unas paradas que vendían montones de objetos de la RDA. Estuvimos contemplando con curiosidad toda aquella quincalla que todavía circulaba por los mercadillos ostálgicos de Berlín, catorce años después de la caída del Muro. Y acabamos nuestro paseo, por fin, en la Alexanderplatz. Recuerdo que el paisaje que contemplé me pareció abrumador. Aquellas dimensiones “estalinianas”, en palabras del autor de la guía, me sobrecogieron. Allí entendí la esencia de la arquitectura y el urbanismo socialista: grandes espacios para albergar a las masas de trabajadores. Nunca antes había visto nada igual. Acostumbrado a transitar en mi vida por espacios angostos destinados al mercadeo inmobiliario, la vista en dirección hacia la Karl-Marx-Allee me dejó sin aliento. Presentí que mi objetivo a partir de ese momento debía ser buscar y penetrar en aquellos agujeros de gusano espacio-temporales que me transportarían hacia épocas pretéritas hasta ese momento sólo imaginadas. Supe que volvería a Berlín y que lo haría muy pronto.

Nuestro paseo acabó en una anodina sinagoga judía más allá de la Alexanderplatz, en dirección noroeste, porque así lo recomendaba nuestra guía. Ni siquiera la historia que leímos sobre ese lugar, en relación a la famosa “noche de los cristales rotos”, animó la visita. Hay muchos detalles de aquella excursión que se me han olvidado por completo. Por ejemplo, no recuerdo si estuvimos en el Marx-Engels Forum de camino a la Alexanderplatz o cuando regresábamos a la estación, aunque sí tengo claro que la visión de aquellas dos estatuas en medio de una plaza desolada despertó mi entusiasmo sovietófilo. Aquello sí era una huella intacta del pasado.

Estuvimos dos días más en Berlín. Visitamos la puerta de Brandenburgo, algunos restos del Muro, el edificio del Reichstag -con su moderna cúpula de cristal-, la parte más moderna de la ciudad y las ruinas del cuartel general de la Gestapo. Los ánimos y las energías no dieron para más. Regresamos a casa haciendo parada en Postdam, Erfurt, Wuerzburg, Augsburg, Gengenbach y Montpellier, en Francia. Por en medio visitamos el castillo de Neuschwanstein -construido por Ludwig, el rey loco-, y la ciudad medieval de Rothenburg. Disfrutamos de algún que otro buen momento recorriendo en coche y a la luz de la luna espectaculares carreteras bávaras. O haciendo breves excursiones por la Selva Negra. Pero la tensión entre nosotros iba creciendo. Y no porque nos peleásemos sino por todo lo contrario. Sencillamente, en palabras de ella, porque éramos de “planetas diferentes”. Y eso se puede disimular durante un tiempo, pero no para siempre. La distancia entre nosotros fue aumentando. Cada vez había más caras largas, más silencios. El regreso a casa fue casi precipitado. Ella por la boda. Yo por el hastío. No me sentó bien aquel final de trayecto. Ese otoño nos vimos unas pocas veces más y nos peleamos otras tantas. Comenzamos el año nuevo cada uno por su lado. Para mí era el inicio de un nuevo ciclo vital, en muchos sentidos.

Mayakovski

El recorrido en Berlín, de izquierda a derecha, indicado sobre un plano de Google Maps (capturado el 03/11/2014)

Inicio del recorrido según las fotografías de Google Street View de julio de 2008, cinco años después de la ruta real

Esquina de la Friedrichstrasse con la Unter den Linden







De izquierda a derecha, la cúpula de la Berliner Dom, el Fernsehturm y los restos del Palast der Republik (con grúas)
















El Marx-Engels Forum





Vista desde el Fernsehturm en dirección Oeste. La foto es de julio de 2012 y en ella el Palast der Republik ya no existe: se ha convertido en una enorme explanada verde. Nuestro recorrido partió aproximadamente desde el edificio alto y de color negro que destaca al fondo de la imagen. Nosotros no subimos a la torre

Vista en dirección Este, con la Karl-Marx-Allee perdiéndose en el horizonte del paisaje urbano. Cubierta por la sombra del Fernsehturm, la Alexanderplatz

La Alexanderplatz, con sus dimensiones 'estalinianas' y su paisaje retro-futurista, pese a las modificaciones realizadas en los últimos años. Todas las fotos son de octubre de 2013


Nueva construcción post-RDA surgida en el lado Noreste de la plaza, justo encima de una antigua zona verde. El objetivo era eliminar la grandiosidad de sus dimensiones y tapar la salida a la Karl-Marx-Allee. Es innegable que lo han conseguido



Junto a la Dom y sobre el terreno del Palast der Republik se está reconstruyendo un antiguo palacio prusiano, símbolo de todo aquello contra lo que luchó la RDA. La foto es de abril de 2014

Mes de julio de 2003, final de nuestro recorrido en la Alexanderplatz. La plaza aún presentaba su aspecto primigenio, sin el moderno edificio al fondo con el que se ha pretendido alterar su diseño 'socialista'

 El Marx-Engels Forum en 2005 (fotografía personal del autor del blog)


El Palast der Republik con el aspecto que tenía durante nuestra visita (fotografía personal del autor del blog de 2005)

Trailer de la versión remasterizada de 'Berlin Alexanderplatz', serie de TV dirigida por Rainer Werner Fassbinder en 1980 basada en la novela homónima de Alfred Döblin (1928)