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miércoles, 1 de marzo de 2017

Muslim Magomáyev canta a Cuba en la Sala de las Columnas de la Casa de los Sindicatos (1975)



Salón de baile de la nobleza zarista y lugar de celebración de los funerales de la nomenklatura soviética, la Sala de las Columnas de la Casa de los Sindicatos de Moscú, diseñada por Matvéi Kazakov a finales del siglo XVIII, albergó en tiempos de la URSS numerosos conciertos y actos de carácter oficial y cultural. Situado en la esquina de las calles Bolshaya Dmitrovka y Okhotny Ryad, este antiguo palacio clásico, obra también de Kazakov a partir de un edificio precedente, contiene la espectacular y conocida sala rectangular cuyo nombre proviene de las 28 columnas corintias que la rodean. Unas columnas que, curiosamente, son de madera, con un acabado falso que imita el mármol blanco de Finlandia. Aquí estuvo de cuerpo presente el periodista John Reed tras su fallecimiento en octubre de 1920 y aquí se llevaron a cabo también las exequias de todos los Secretarios Generales del PCUS, con la excepción de Nikita S. Jrushchov, antes de ser llevados al cementerio del Kremlin, situado a poco más de medio kilómetro de distancia.




El 28 de octubre de 1975 el cantante azerbayano Muslim Magomáyev, llamado popularmente el “Sinatra soviético", actuó en este espacio emblemático en el marco de los conciertos organizados por la Unión de Compositores de la URSS. Interpretó, entre otras muchas, la canción "Cuba, mi amor" ("Kuba, lyubov' moya"), con música de Aleksandra Pakhmutova y letra de Nikolái Dobronravov y Serguéi Grebennikov, una obra compuesta trece años antes para conmemorar la visita que Fidel Castro realizó a la ciudad de Bratsk en 1962. Sus versos son un homenaje a la Revolución cubana con citas a los "barbudos" de la “isla púrpura”, al "paso martillado" de los guerrilleros y al lema "Rodina ili smert'!" que Magomáyev, durante su actuación, entona también en castellano: "Patria o muerte!". Ahora que Fidel ya no está entre nosotros es un buen momento para rescatar estas imágenes históricas de la televisión soviética en las que queda patente la buena sintonía que hubo en su momento entre la URSS y la isla caribeña.


La Casa de los Sindicatos, donde se siguen celebrando actualmente innumerables eventos culturales, es uno de los lugares del centro histórico de Moscú que pasa más desapercibido a los turistas que acuden a la ciudad. En primer lugar, por tratarse de un palacete cerrado a las visitas, pero sobre todo porque se halla situado justo al lado del Teatro Bolshói, cuyas dimensiones físicas y celebridad artística ensombrecen las de todos los vecinos arquitectónicos de la Teatralnaya Ploshchad. Muslim Magomáyev, Artista del Pueblo de la URSS galardonado con las Ordenes de la Bandera Roja del Trabajo y de la Amistad de los Pueblos, falleció en Moscú el 25 de octubre de 2008 a los 66 años de edad, tras sufrir un ataque al corazón. Aleksandra Pakhmutova, una de las compositoras más laureadas de la Unión Soviética, continúa a sus 86 años participando en los homenajes que el país le rinde periódicamente. En 1968 un asteroide fue bautizado con su apellido.

martes, 28 de junio de 2016

Rocky Balboa llega a la serie "The Americans"

Recién finalizada la emisión de la cuarta temporada de la serie “The Americans” (Fox Life - Movistar+), la mayoría de sus seguidores se habrá dado cuenta ya de los cambios introducidos el año pasado en los títulos de crédito iniciales de cada capítulo y que, no por menos trascendentales, resultan sorprendentes por su sutileza. Se trata de un conjunto de fotografías, añadidas a las imágenes ya presentes en los créditos de obertura originales, que no revelan ningún secreto escondido en los últimos guiones de la serie ni aportan nada nuevo al argumento. Pero que por lo intrascendente de su intención se convierten en especialmente llamativas. Como mínimo por la molestia que ha debido suponer acelerar el nuevo montaje para sincronizarlo con la banda sonora del compositor Nathan Barr.

Los títulos de crédito de este drama televisivo creado por Joe Weisberg muestran, durante veinticinco segundos, una colección de estampas de lugares y personajes relacionados con la Guerra Fría haciendo un curioso e interesante ejercicio de similitudes entre la URSS y los EE.UU.: el monumento El obrero y la koljosiana de Moscú y el izado de la bandera en Iwo Jima; pósters propagandísticos de ambos países, entre ellos los celebérrimos de Ródchenko; un astronauta norteamericano y un cosmonauta soviético; Karl Marx y Santa Claus; Lenin y Washington; Jrushchov y Kennedy; Brézhnev y Carter; Andrópov y Reagan; uno de los rascacielos estalinistas y el Capitolio; una estrella roja del Kremlin y la bandera de los Estados Unidos -también con estrellas, además de las barras-. En definitiva, un paralelismo entre los universos simbólicos de ambas potencias con el que los autores de “The Americans” han querido dejar constancia de que la Guerra Fría fue una lucha entre iguales, entre gobernantes situados en ambos extremos del arco ideológico pero con intereses idénticos de puertas adentro: el poder y el control social de la población.

En la tercera temporada, estrenada en 2015, llegó este sutil y hasta cierto punto misterioso añadido que se ha mantenido en esta última que acaba de finalizar. Sin modificar en absoluto el montaje de imágenes de las temporadas precedentes, en el segundo dieciséis aparecieron cinco nuevos segundos con más paralelismos entre los imaginarios visuales de las antiguas superpotencias: el monumento dedicado a Yuri Gagarin en Moscú y el de Rocky Balboa en Philadelphia; una de las torres del Kremlin y el Monumento a Washington en la capital norteamericana (el famoso obelisco blanco de 170 metros de altura); Gerald Ford y Brézhnev; un sello de 1980 sobre la mítica selección soviética de hockey sobre hielo y uno dedicado al Vietnam Veterans Memorial; y, para acabar, una fotografía del Estado Mayor del Ejército de los EE.UU. -curiosamente, con sus rostros censurados- y un busto de Stalin junto a un sello de Lenin con el escudo metálico “La URSS, baluarte de la paz” de fondo (este escudo aparece fugazmente al comienzo de estos mismos créditos).

¿Qué significado tiene este nuevo material? Es casi imposible saberlo. Gerald Ford fue un efímero presidente norteamericano que participó en noviembre de 1974 en un encuentro con Leonid Brézhnev en Vladivostok  (de ahí la foto de ambos mandatarios con sombreros de piel). La pregunta es: ¿Por qué no aparece también Richard Nixon, que viajó a Moscú en 1972 y tuvo un papel más relevante en la política internacional de su país? La ausencia de este personaje resulta, como poco, extraña. ¿Y Stalin? ¿Qué pinta Stalin en una historia situada en la década de los ochenta? La respuesta seguramente es que su sombra fue y sigue siendo muy alargada, pese al “deshielo” decretado en la URSS a finales de los años cincuenta. ¿Y los sellos? El que aparece tras el busto de Stalin es de 1987 y homenajea el III Congreso de Jóvenes Comunistas al que Lenin asistió tras la Revolución de Octubre, según un cuadro pintado en 1949 por Piotr P. Belousov (1912-1989). Pero entonces, ¿qué tienen que ver el Vietnam Veterans Memorial de Washington con el Red Army, el poderoso equipo soviético de hockey? Prácticamente nada. El único nexo común es la época, más o menos aproximada, a la que se remontan ambos escenarios.

Sin embargo, la comparación que se lleva la palma es la del monumento al cosmonauta Yuri Gagarin, en la Leninskiy prospekt de Moscú, con la estatua del personaje de ficción el boxeador Rocky Balboa, instalada cerca de los 'Rocky Steps', las escalinatas del Philadelphia Museum of Art. En este caso, y en contra de lo que la mayoría podría pensar, las dos estatuas tienen curiosos e interesantes puntos en común que vale la pena desgajar. Aunque la de Gagarin posee un estilo más futurista, ambas muestran una figura masculina de cuerpo entero perfectamente musculada. La del cosmonauta soviético fue inaugurada en julio de 1980, con motivo de los Juegos Olímpicos celebrados en Moscú. La del personaje interpretado por Sylvester Stallone se creó ese mismo año para aparecer en “Rocky III”, la tercera entrega de la saga de películas iniciada en 1976 y ambientada en Philadelphia. Tras el rodaje, el actor donó el monumento a la ciudad, dos años antes del estreno oficial de la película. En ella, Rocky Balboa se entrenaba en estas mismas escalinatas alzando los brazos en señal de victoria, siendo ésta una de las imágenes más recordadas del personaje y una de las más icónicas de la historia del cine. Y es lo que refleja precisamente la estatua, aunque en este caso no vaya en chándal sino con el calzón reglamentario de boxeador. En el caso de Yuri Gagarin, su monumento se instaló en la Leninskiy prospekt, concretamente en una plaza que tomó su nombre, porque por esa avenida se dirigió hacia el Kremlin en abril de 1961, procedente del aeropuerto moscovita de Vnukovo, tras su vuelo pionero alrededor de la Tierra en la nave Vostok. ¿Cuál es la diferencia entre ambas estatuas? La de Gagarin es más grande, mira hacia el cielo y es de titanio; la de Rocky mira ligeramente hacia abajo y es de bronce. Es imposible conjeturar qué grado de conocimiento tenían los diseñadores de los créditos de “The Americans” a la hora de elegir estos dos iconos de la Guerra Fría. Ni si este cambio obedeció a alguna causa que se le escapa incluso al más fanático de los seguidores de la serie. Puede que todo haya sido un capricho de sus creadores o una orden dictada desde los despachos de la productora, DreamsWorks Television. Aunque no olvidemos que en 1985 el personaje de Rocky Balboa se enfrentó al boxeador soviético Iván Drago en “Rocky IV”, la película más antisoviética de toda la saga. Son, pues, demasiadas coincidencias para ser una elección hecha al azar.

Sin duda, los créditos iniciales de "The Americans" son uno de los mejores productos en su género de los últimos años. Sin embargo, todo este simbolismo ha pasado por alto a buena parte de los usuarios de la página web filmaffinity España, que la ha colocado en el puesto 55 de un total de 60, únicamente con 5 puntos. Y es que resulta más fácil dejarse deslumbrar por la ficción de "Juego de Tronos" que conocer la historia reciente en el ámbito de la política internacional. Un lástima, porque la primera nos entretiene pero la segunda determina nuestras vidas. 

Mayakovski

 En el segundo 16 de los títulos de crédito iniciales aparece la imagen de un hombre encapuchado, aparentemente a punto de ser interrogado. En este momento se añadieron en la tercera temporada cinco segundos nuevos con otras imágenes en paralelo







 En la nueva versión de los títulos de crédito aparecen Yuri Gagarin y Rocky Balboa, una torre del Kremlin y el obelisco de Washington, Gerald Ford y Leonid Brézhnev, sellos de la 'Red Army' y del 'Vietnam Veterans Memorial' y una extraña combinación entre el Estado Mayor del Ejército USA y un busto de Stalin





 Tras el último fotograma (el del busto de Stalin) el montaje empalma con la versión antigua de los títulos de crédito, mostrando en el mismo orden la estatua de Lenin en el VDNJ de Moscú, una foto de una estatua de George Washington con la palabra 'People' sobreescrita -junto a un dibujo de una antorcha con la palabra rusa 'Narod' (Pueblo)-, una foto de Jrushchov al lado de una de Kennedy, una de Brézhnev junto a una de Reagan y una bandera norteamericana ligada a una estrella del Kremlin. Así acaban los títulos de crédito iniciales de cada capítulo, con esos 5 segundos añadidos a partir de 2015


La estatua de Rocky Balboa, junto a los 'Rocky Steps', es una de las atracciones más visitadas de Philadelphia (después de la 'Liberty Bell'). Emula, aunque con calzón de boxeador, el gesto de Sylvester Stallone cuando entrenaba en estas mismas escaleras, las del
Philadelphia Museum of Art


jueves, 23 de abril de 2015

10 secretos del legendario hotel Rossía

Ir a la entrada anterior sobre el 'Hotel Rossía'

El hotel Rossía, fotografiado en 2004 

El año pasado se cumplió el quincuagésimo aniversario del inicio de las obras del hotel Rossía, el principal símbolo de la hospitalidad soviética en la ciudad de Moscú. Inaugurado el 15 de enero de 1967, su construcción en el malecón Moskvoretskiy, junto a la Catedral de San Basilio, duró tres años. La historia de este coloso arquitectónico es una metáfora del signo de los tiempos en Rusia. Fue proyectado en la época de Jrushchov, finalizado bajo el mandato de Brézhnev y derribado en plena era postsoviética. Tras treinta y nueve años alojando a miles de huéspedes, cerró sus puertas el 1 de enero de 2006. Tres meses más tarde, protegido por una enorme valla, el hotel comenzó a ser derribado planta por planta. Una demolición casi artesanal que tardó más de un año en concluir: la explosión controlada de su estructura hubiese dañado los cimientos del Kremlin, situado a tan solo unos cientos de metros de distancia. A finales de 2007 toda aquella mole de hormigón se había transformado en una inmensa explanada junto a la plaza Roja. Un solar vacío, inaccesible y aislado de la mirada de los peatones.

El motivo de este abrupto final nunca ha sido aclarado del todo. Según las autoridades municipales, las instalaciones del hotel "se habían quedado obsoletas", una justificación muy poco verosímil en una construcción que era relativamente moderna. Lo más probable es que su desaparición formase parte de una operación urbanística que hubiese resultado muy lucrativa para algunas élites económicas del país. La idea inicial era construir en su lugar un gran centro de ocio y cultura diseñado por el arquitecto norteamericano Norman Foster. Un proyecto que incluía, paradójicamente, un nuevo hotel. Sin embargo, la llegada de la crisis inmobiliaria hizo imposible comenzar las obras. El proyecto de Foster acabó olvidado en el cajón de algún despacho burocrático mientras la hierba crecía cada vez más alta en el interior del descampado. Como dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente. Durante estos últimos ocho años, los moscovitas han transitado cada día alrededor de este erial fantasmagórico ignorando progresivamente su existencia. Sin embargo, después de casi una década de abandono, parece ser que el terreno donde antaño vivieron y pernoctaron decenas de miles de personas se convertirá en un parque público abierto a la población. Un final feliz para una rocambolesca historia que se remonta a los años treinta, mucho antes de que el hotel fuese ni tan siquiera un esbozo.

 Fotografía del año pasado con el solar donde se encontraba el hotel Rossía. Continúa así desde el año 2007
 
El devenir del hotel Rossía (o Rossiya) es tan surrealista como inesperado fue su final. Ocupó la superficie donde antiguamente se encontraba el barrio de Zaryadye, en la parte sur de la muralla de Kitái Górod. Este barrio había perdido una parte de sus casas durante la gran reforma urbanística de 1935, que incluyó la ampliación del puente Moskvoretskiy. A finales de los años cuarenta el resto de las viviendas fue arrasado definitivamente para edificar en sus terrenos el que sería el octavo "rascacielos de Stalin", uno de esos edificios altos con forma de tarta de boda que tanto destacan, incluso hoy en día, en el skyline de Moscú. Lo diseñó Dmitri Nikolaévich Chechulin (1901-1981), jefe de los arquitectos de Moscú y autor también del vecino rascacielos Kotelnicheskaya. Cuando ya se había construido una estructura de acero de ocho pisos de altura, Stalin falleció en 1953 y las obras quedaron paralizadas. Al año siguiente la estructura fue desmantelada e incluida en el armazón del Estadio Central Lenin (conocido después como Estadio Olímpico Luzhnikí), inaugurado en 1956. De esta forma, el solar junto al río Moscova quedó de nuevo libre de toda construcción a la espera de algún proyecto viable. El de Norman Foster no ha sido pues el único fracaso urbanístico que ha conocido este espacio de la ciudad.

Se dice que Dmitri Chechulin tardó mucho tiempo en superar el shock que le produjo la cancelación de su trabajo. Por fortuna para él, al cabo de unos años el Politburó le confió la construcción del hotel Rossía en aquel mismo emplazamiento. A juzgar por las cotas de megalomanía que alcanzó esta obra, es más que evidente que Chechulin la utilizó como terapia para superar la frustración que arrastraba desde 1953. La magnitud desmesurada del hotel no es ajena a las proporciones del rascacielos que tenía que haber habido en su lugar. 

El hotel Rossía fue construido siguiendo los dictados del Estilo Internacional, un punto de vista arquitectónico expuesto por primera vez en 1932. Se caracterizó por el énfasis en la ortogonalidad, el empleo de superficies lisas desprovistas de ornamentos, el aspecto visual de ligereza, el uso de la técnica del voladizo, la homogeneidad de los materiales empleados, la utilización de hormigón armado, la creación de amplios espacios interiores y la construcción de edificios similares integrando un conjunto unitario. Compartía características formales con el Movimiento Moderno y el Funcionalismo y tuvo como impulsores a nombres legendarios de la arquitectura internacional como Le Corbusier, Gropius y Mies van der Rohe.

En el caso concreto del hotel Rossía, llamaba la atención la regularidad y la simetría de sus formas ortogonales, la poderosa sensación de solidez que transmitía desde el exterior, la impresionante torre de veintitrés pisos que se alzaba por encima del resto del hotel y el enorme volumen del patio interior, abierto al cielo y limitado por los cuatro edificios perimetrales de doce plantas de altura.

La torre-mirador del hotel Rossía

 Estos son algunos de los secretos de su breve historia:

1) Como ya se ha comentado más arriba, en el sitio ocupado por el hotel Rossía tenía que haber existido un "rascacielos estalinista" de 32 plantas y 275 metros de altura. La leyenda dice que Lavrenti P. Beria (1899-1953), jefe del NKVD, pretendía instalar en él su despacho privado para poder observar el Kremlin "desde arriba", toda una metáfora del poder panóptico de los servicios secretos soviéticos. El rascacielos nunca se llegó a construir y Beria acabó siendo ejecutado en un calabozo meses después de la muerte de Stalin.

 El hotel Rossía en 1967, el año de su inauguración

2) Fue llamado durante algún tiempo el "Hilton ruso". Chechulin y su equipo de arquitectos viajaron por Europa y EE.UU. recabando ideas para la construcción del hotel. Incluso consultaron personalmente a los gestores de la famosa cadena Hilton. Nikita Jrushchov dio el visto bueno al proyecto en 1960. No es el único ejemplo de influencia occidental en la arquitectura moscovita de aquella época: los rascacielos de Novi Arbat están inspirados en los de Nueva York, después de la visita que hizo Jrushchov a los EE.UU.  

Vista desde una de las habitaciones en 1971

3) En el momento de su inauguración se convirtió en el hotel más grande del mundo, con 3.170 habitaciones. Fue inscrito en 1970 en el Libro Guinness de los Récords. Años más tarde otros establecimientos extranjeros lo superaron en tamaño. Sin embargo, hasta el último día en que funcionó como hotel, el 31 de diciembre de 2005, siguió siendo el más grande de Europa y uno de los mayores del mundo.
 
Apartamento de dos habitaciones en el ala Oeste del hotel Rossía, fotografiado en 1966, antes de su apertura

4) En tiempos soviéticos, el porcentaje de ocupación del hotel solía alcanzar la sorprendente cifra del 105%. Las habitaciones tenían que ser abonadas con antelación y eran ocupadas justo en el momento en que caducaba el período de estancia del cliente anterior. Un soviético sin influencia o sin un cargo relevante no podía aspirar a alojarse en el Rossía. Y no por una cuestión económica, como sucede ahora con los hoteles de lujo, sino por el overbooking permanente en sus instalaciones. Esta circunstancia inspiró una escena muy recordada en la película de culto Mimino (Georgiy Daneliya, 1977).
 
 Fotograma de una escena de la película "Mimino" (1977) situada en el hotel Rossía

5) El 25 de febrero de 1977 se produjo en el hotel Rossía uno de los incendios más devastadores de la historia de Moscú. Murieron cuarenta y dos personas y cincuenta y dos más resultaron heridas, entre empleados, huéspedes y bomberos. La noticia no fue comunicada oficialmente a la población hasta el 1 de marzo. Ese día un artículo en el diario "Trud" dio a conocer el incidente. Las causas del incendio nunca han sido esclarecidas y no se descarta que hubiese sido intencionado. Las leyendas que circulan por la ciudad hablan de la "maldición del Rossía". Sin embargo, a partir de aquel suceso se prohibió el uso de fogones y calentadores por inmersión en las habitaciones de todos los hoteles de la URSS. Un mosaico titulado "Edad de Fuego" homenajea a las víctimas de aquella catástrofe en el edificio de la Administración de Emergencias de Moscú.

Consecuencias del incendio en febrero de 1977

6) En el subsuelo del hotel había un búnker a prueba de ataques nucleares. De hecho, en el proyecto del octavo rascacielos de Stalin ya se contemplaba este espacio. Según los expertos, se construyó para proteger a los delegados de los partidos comunistas de otros países que se encontrasen reunidos en el Palacio de Congresos del Kremlin. Una leyenda urbana afirma que durante la demolición del hotel se descubrió la existencia de una completa red de túneles que lo comunicaba con el interior del Kremlin. Es posible que esta estructura subterránea siga existiendo en la actualidad, bajo el descampado del malecón Moskvoretskiy.
 
 Vista del restaurante del hotel Rossía, en 1967

7) En 2001 se retransmitió desde el interior del hotel Rossía el primer reality show de la historia de la televisión rusa: 'Za Steklom' ('Detrás del Cristal'). Tenía el mismo formato que el conocido programa 'Big Brother', creado en 1999 por la productora holandesa Endemol. 'Detrás del Cristal' fue un espacio tan polémico como su "hermano" occidental. Sin embargo, se da la circunstancia de que su creador, un personaje anónimo de quien incluso hoy en día se desconoce su identidad, dijo haberlo ideado en 1989, en tiempos de la Perestroika y diez años antes de que Endemol comenzase a emitir 'Big Brother' por televisión. Dijo además que se basó en la novela de 1921 titulada 'Nosotros', del escritor ruso Yevgeni Zamiatin (1884-1937). Dicha novela inspiró la obra de George Orwell '1984', que a su vez sirvió de base para la creación del 'Big Brother' europeo. Un galimatías de influencias y complicidades entrecruzadas con la extraordinaria historia del hotel Rossía como telón de fondo. Era un claro síntoma de los nuevos aires consumistas llegados tras la desaparición de la URSS. 

 Cola para acceder al "apartamento" del programa 'Za Steklom', construido en 2001 en el interior del hotel Rossía. La segunda edición del programa cambió de ubicación y se celebró en los estudios de televisión de Ostankino

8) Durante sus 37 años de funcionamiento, el hotel atendió a más de once millones de huéspedes, entre los que se encontraban dos millones de visitantes extranjeros.

 Las llaves del hotel Rossía fotografiadas en 1966

9) En 1993 frente a la entrada de la sala de conciertos se colocaron en el suelo noventa estrellas doradas con los nombres de las figuras más relevantes del panorama artístico ruso, como Leonid Utesov, Sofía Rotaru y Oleg Gazmanov. Se trató de una burda imitación del Paseo de la Fama de Hollywood, muy propia de aquella época de deriva identitaria en tiempos de Borís Yeltsin. Tras la demolición del hotel Rossía las estrellas y las baldosas de mármol fueron trasladadas al estadio Luzhnikí.

 Un fan besa la "etoile" de Utesov frente al hotel Rossía

10) Una vez derruido, algunos empresarios moscovitas se platearon la posibilidad de aprovechar una parte del hormigón de los escombros para la construcción de otro hotel en las afueras de la ciudad. Concretamente, uno de dos estrellas. Sin embargo, el derecho legal a hacer uso de esos materiales planteó serias dudas a los inversores del nuevo establecimiento. Finalmente, la idea fue desestimada. Algunos rumores apuntan a que hubo quien incluso pretendió subastar los escombros al mejor postor. En cualquier caso, se desconoce el destino final de esa ingente cantidad de material que surgió del derribo del colosal edificio. Algunas personas afirman que fueron triturados y utilizados como refuerzo en el proceso de asfaltado de ciertas calles. Sea como sea, es más que probable que entre ese hormigón quedasen restos de los numerosos micrófonos que el KGB había instalado en las paredes de las habitaciones del hotel.

 Obras de demolición del hotel Rossía, entre 2006 y 2007

 Mural conmemorativo en el patio de la Oficina Principal del Servicio de Bomberos de Moscú, en el distrito de Prechistenskaya. Aquí se encuentra centralizado el servicio de emergencias de la ciudad. En el mural se recuerda el incendio del hotel Rossía en 1977 y también el del Teatro Bolshói en 1853


 La estación de emergencias se encuentra situada en la calle Prechistenka número 22, a medio camino entre la Catedral de Cristo Salvador y el bulevar Zubovskiy (del Anillo de los Jardines). La flecha señala la pared del patio donde se halla el mural, que es visible desde la calle




 El parque de bomberos de Prechistenskaya, fundado en este lugar en 1770, contiene un interesante museo con una fascinante colección de miniaturas relacionada con el tema de los incendios


viernes, 12 de septiembre de 2014

Stalin, Hitler y Francisco José de Habsburgo en el Palacio de Schönbrunn

"Poco después, Stalin llegó al piso de los Troyanovski en una Viena helada, cubierta de nieve. Lenin decía de ellos que eran «buena gente... ¡Tienen dinero!» Alexander Troyanovski era un aristócrata joven y apuesto, además de oficial del ejército: su participación en la guerra ruso-japonesa lo había convertido al marxismo y por aquel entonces era el editor y socio capitalista de la revista Proveshchenie («Ilustración»), que publicaría un ensayo de Soso [Stalin]. Hablaba alemán e inglés con fluidez, y vivía con su bella esposa Elena Rozmirovich, también de noble cuna, en un piso grande y confortable situado en la Schönbrunnerschloss Strasse, 30 (*), el bulevar por el cual el emperador Francisco José pasaba cada día en coche para trasladarse desde su residencia en el palacio de Schönbrunn a su despacho en el Hofburg y viceversa.

El titular de la dinastía Habsburgo, con sus anticuadas patillas, cuyo reinado había comenzado en 1848, se desplazaba en una carroza dorada tirada por ocho caballos blancos, equipada de lacayos ataviados con uniformes ribeteados de blanco y negro y peluca blanca, y escoltada por soldados de caballería húngaros con pieles de pantera amarillas y negras sobe los hombros. Stalin no pudo dejar de contemplar aquella visión de magnificencia obsoleta, y no sería el único futuro dictador que la contemplara: la lista de los titanes del siglo XX concentrados en Viena aquel mes de enero de 1913 es digna de una obra de Tom Stoppard (**). En un albergue para hombre sito en Meldemannstrasse, en Brigettenau, en un ambiente muy distinto de aquel, mucho más aristocrático, en el que se movía Stalin por entonces, vivía un joven austríaco, pintor frustrado, llamado Adolf Hitler, de sólo veintitrés años.

Soso y Adolf presenciaron uno de los típicos espectáculos de Viena. Kubizek, el mejor amigo de Hitler, recuerda: «A menudo veíamos al viejo emperador cuando se dirigía en su carroza desde Schönbrunn al Hofburg». Pero los dos futuros dictadores no sintieron la menor emoción ante semejante espectáculo, antes bien se mostraron bastante desdeñosos: Stalin nunca lo menciona y «Adolf no prestaba demasiada atención, pues no le interesaba el emperador, sino sólo el estado que representaba».

En Viena, tanto Hitler como Stalin estaban obsesionados, aunque de manera bien distinta, por la raza. En aquella ciudad de cortesanos anticuados, intelectuales judíos y agitadores del populacho racistas, de hermosos cafés, cervecerías y palacios, sólo el 8,6 por ciento de la población eran judíos, pero su influencia cultural, personificada en Freud, Wittgenstein, Buber y Schnitzler, era mucho mayor. Hitler estaba formulando sus teorías völkische antisemitas de la supremacía racial que, luego, como Führer, impondría en su imperio europeo; mientras que Stalin, al tiempo que investigaba para escribir su artículo sobre las nacionalidades, daba forma a una nueva idea de imperio internacionalista con una autoridad central escondida detrás de una fachada autónoma, el prototipo de la Unión Soviética. Casi treinta años después, las estructuras ideológicas y estatales de ambos chocarían en el conflicto más salvaje de la historia de la humanidad.

Los judíos no tenían cabida en ninguna de esas dos visiones. A Hitler le repelían y le sacaban de sus casillas, pero provocaban irritación y confusión en Stalin, que arremetía contra su naturaleza «mística». Si para Hitler eran una raza que estaba de más, para Stalin no tenían lo suficiente para constituir una nación.

Los dos dictadores en ciernes compartieron un mismo pasatiempo vienés: a los dos les gustaba pasear por el parque que rodeaba la residencia de Francisco José, el palacio de Schönbrunn, situado cerca del domicilio de Stalin. Ni siquiera cuando se hicieron aliados en virtud del Pacto Molotov-Ribbentrop de 1939, llegaron a conocerse personalmente. Es muy probable que aquellos paseos sean las ocasiones en que llegaron a estar más cerca uno de otro.

«Las pocas semanas que el camarada Stalin pasó con nosotros las dedicó por completo a la cuestión nacional», dice la niñera de los Troyanovski, Olga Veiland. «Implicaba en su labor a todos los que tenía a su alrededor. Unos analizaban para él a Otto Bauer, otros a Karl Kautski». A pesar de haberlo estudiado intermitentemente, Stalin no sabía leer en alemán, de modo que la niñera lo ayudaba, como haría otro joven bolchevique al que conoció entonces: Nikolai Bujarin, un intelectual vivaracho, de chispeantes ojos y perilla. «Bujarin venía a nuestra casa cada día», dice Olga Veiland, «cuando Stalin estuvo viviendo allí». Mientras que Stalin, lleno de deseo, intentaba flirtear con la niñera, ésta prefería al ingenioso y vivaracho Bujarin. Además, la joven tenía que lavar las camisas y los calzoncillos de Stalin, labor que, diría en tono quejumbroso tras la muerte del dictador, resultaba un verdadero desafío.

(...) La permanencia de Stalin en casa de los Troyanovski supuso toda una revelación: fue su primera y última experiencia de la vida civilizada de Europa, según el mismo reconocería. Vivía en una habitación que daba a la calle y «trabajaba allí días enteros». Al anochecer solía ir a pasear con Troyanovski por los alrededores del parque de Schönbrunn.

(...) La pequeña Galina Troyanovskaya era una niña vivaracha que se llevaba bien con Stalin. «Le encantaba estar en compañía de los adultos», y Soso jugaba con ella, prometiéndole que iba a traerle «montañas de chocolate verde del Caucaso». Soso «solía soltar sonoras risotadas» cuando la pequeña decía que no le creía. Pero a menudo Galina también le tomaba el pelo: «¡Siempre estás hablando de nacionalidades!», protestaba la pequeña. Stalin le compraba golosinas en el parque de Schönbrunn". 

(Sebag Montefiore, S. (2007) Llamadme Stalin. Barcelona: Ed. Crítica, 2010, pp. 338-341)

(*) Actualmente una simple casa de huéspedes, la Pensión Schönbrunn, todavía conserva, cosa por lo demás insólita, la placa azul colocada en 1949 con la siguiente inscripción: «I.V. Stalin residió en esta casa durante el mes de enero de 1913. Aquí escribió su importante obra El marxismo y la cuestión nacional».
(**) Josip Broz, el futuro mariscal Tito, también estaba por entonces en la ciudad trabajando de mecánico.

Esto no es Moscú sino Viena. El cruce de caminos en las vidas de Iósif Stalin y Adolf Hitler invita a hacer este paréntesis histórico. Estamos en enero de 1913, cuatro años y medio antes de la Revolución de Octubre. El edificio donde vivía la familia Troyanovski aparece señalado en el mapa con un punto rojo. Actualmente es la Pensión Schönbrunn, en el número 30 de la Schönbrunner Schloss Strasse, a unos 750 metros al Sureste de la entrada principal del Palacio de Schönbrunn (cuyos jardines y dependencias se ven a la izquierda de la imagen). La flecha indica la trayectoria que seguía la carroza del emperador cuando salía del patio del palacio camino del Hofburg
(Fuente: Google Street View 09/09/2014)


Imágenes de la modesta y confortable Pensión Schönbrunn, situada en la calle que comunica el palacio de los Habsburgo con el centro de Viena. Junto a la puerta se ve con claridad la placa con un bajorrelive del rostro de Stalin. En este edificio, Iósif Vissariónovich trabajó junto a Nikolái Bujarin y escribió "El marxismo y la cuestión nacional", mientras perseguía a la niñera Olga Veiland. La ventana de su habitación era una de las que se ve en la primera fotografía


 Fotografías de la placa dedicada a Stalin, una reliquia extraordinaria sin parangón en todo Moscú. Sebag Montefiore la califica de "insólita". Sin embargo, la presencia aquí de esta lápida tiene "trampa". Justo debajo hay otra mucho más moderna instalada por el Wien Kultur que reza: "Esta placa que conmemora el 70º aniversario de Iósif Stalin (1879-1973) fue inaugurada por el alcalde Theodor Körner en 1949. Recuerda únicamente la estancia de Stalin en Viena pero debe ser vista hoy en día como recuerdo no sólo de los millones de ciudadanos soviéticos que murieron y sufrieron bajo la dictadura de Stalin, sino también de los cientos de austríacos que fueron arrestados y ejecutados por el régimen soviético después de huir de la persecución política en Austria entre 1933 y 1934 y del terror nazi de 1938". Da la sensación de que con estas reflexiones históricas las autoridades austríacas pretendan equiparar los crímenes de Hitler con los de Stalin. Aunque un asesinato es siempre un acto deleznable, no hay que meter en el mismo saco el exterminio sistemático e industrial de la raza judía con las deportaciones y ejecuciones políticas de la Unión Soviética. Cada uno de estos hechos tiene un trasfondo ideológico diferente, en absoluto justificables ni en un caso ni en el otro, pero que no pertenecen al mismo plano moral. Resulta irónico que un país como Austria, que recibió el 'Anschluss' con los brazos abiertos, se atreva ahora a dar lecciones de moralidad a todo el mundo. Sobre todo teniendo en cuenta que al memorial soviético de la Schwarzenbergplatz vienesa lo siguen llamando sarcásticamente "monumento al saqueador desconocido". Y que en la localidad de Mauthausen hoy en día siguen funcionando algunas empresas que hace setenta años utilizaron a los prisioneros del campo de concentración como mano de obra esclava. El restaurante que hay a pocos metros de la entrada de ese siniestro lugar continúa sirviendo cervezas alegremente, igual que lo hacía a los miembros de las SS que vigilaban el campo. En lugar de panfletos antiestalinistas, más valdría recordar que muchos de esos deportados austríacos encontraron refugio en la URSS
(Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Vienna_-_Stalin_Memorial_Tablet.JPG y http://susanabeijnsberger.wordpress.com/2013/07/13/wien-junio-2013-wien-enero-1913/)

 Fotografía de Adolf Hitler (1889-1945) cuando se alistó en el ejército alemán en 1914. Éste era más o menos el aspecto que tenía un año antes, mientras vivía en Viena. Por aquel entonces paseaba por el parque de Schönbrunn con pinta desaguisada y lucía un mostacho diferente al que le hará famoso años después. En 1938, ya como Führer, proclamará la anexión de Austria (su país de nacimiento) al Tercer Reich
(Fuente: http://dialoglexikon.de/hitler_1914x_als_gefreiter.htm)

Ficha policial de Stalin de 1913. Esta debió de ser su apariencia física durante el tiempo que pasó en Viena, con 34 años de edad. Tan sólo nueve años más tarde se proclamará Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Después de una vida de periplos por Georgia, Rusia, Siberia y Europa, se instalará definitivamente en el Palacio Poteshny del Kremlin y establecerá su despacho en el Palacio del Senado
(Fuente: http://pyhalov.livejournal.com/77132.html?thread=2699084)

Fotografía de Nikolái Bujarin (1888-1938), el joven "intelectual vivaracho, de chispeantes ojos y perilla" que pasó muchos ratos con Stalin en el piso de la Schönbrunner Schloss Strasse de Viena
(Fuente: http://little-histories.org/2014/02/22/от-бухарского-до-бухарина/)


 Fotografías de Francisco José saliendo del Palacio de Schönbrunn en un coche descubierto y del famoso carruaje dorado que utilizaba en invierno (exhibido hoy en día en el Museo del Carruaje de Viena)
(Fuentes: https://www.flickr.com/photos/mrsfujita/5908333680/ y http://www.kaiserliche-wagenburg.at/besuchen/sammlungen/hof-wagenburg/)

Los jardines del Palacio de Schönbrunn son visitados cada día por cientos de turistas y vieneses que disfrutan de este magnífico parque, el más grande de la capital austríaca. Aunque el palacio data del siglo XVI, fue María Teresa de Habsburgo quien mandó reformarlo en el siglo XVIII para convertirlo en su residencia de verano, con el aspecto que tiene hoy en día. Su nombre quiere decir "fuente bonita". Aquí pasó largas temporadas la emperatriz Elisabeth de Baviera, "Sissi", antes de ser asesinada en Ginebra en 1898. Y aquí falleció su marido Francisco José I, en 1916. Por estas avenidas llenas de árboles y flores paseaban con asiduidad Adolf Hitler y Iósif Stalin. Éste incluso compraba golosinas para la pequeña Galina. Nunca sabremos si coincidieron alguna vez en la misma parte del parque o si llegaron a entablar conversación. De ser así, quizás la historia a partir de entonces hubiese sido muy diferente
(Fuente: http://www.panoramio.com/photo/48189605)

Ironías de la vida, el Palacio de Schönbrunn fue testigo, casi medio siglo después, de una conferencia entre Nikita S. Jrushchov, sucesor de Stalin, y John F. Kennedy. El 4 de junio de 1961 los dos mandatarios se reunieron aquí para intentar suavizar las tensas relaciones que había entre las dos superpotencias. No parece que lo consiguieran: un año y medio después estalló la crisis de los misiles en Cuba
(Fuente: https://glorialana.wordpress.com/tag/khrushchev/)


Dejando de lado el caso de Hitler, el destino de cada uno de estos personajes fue muy diferente pese a compartir los mismos ideales. Tras unos años más en el exilio, todos regresaron a Rusia y participaron de una u otra forma en la Revolución de 1917. Stalin y Josip Broz "Tito" llegaron a dirigir sus respectivos países, la URSS y Yugoslavia. Trotski, que también vivió en Viena durante esa época, murió asesinado en 1940 por un agente del NKVD, Ramon Mercader. Nikolái Bujarin fue ejecutado el 15 de marzo de 1938 tras ser juzgado en la Casa de los Fusilamientos de Moscú, durante las grandes purgas estalinistas. Se le acusó de pertenecer a la "oposición de derechas". Elena Rozmirovich y Alexander Troyanovski se divorciaron unos años después de la visita de Stalin. Ella tuvo una aventura con Malinovski y más tarde se casó con el militar y comisario Nikolai Krylenko, que la abandonó en la década de los años veinte. Krylenko tuvo el mismo final que Nikolái Bujarin. Elena, sin embargo, falleció en 1953 de muerte natural. Galina Troyanovskaya se casó con el destacado bolchevique Valerian Kuybishev, que falleció alcoholizado en 1935 aunque siempre se sospechó que su muerte fue provocada. Una céntrica calle de Moscú fue bautizada con su nombre, la ulitsa Kuybisheva. El aristócrata Alexander Troyanovski sobrevivió de milagro a las purgas de Stalin (era menchevique y se opuso a la Revolución de Octubre). Llegó a ser embajador soviético en los Estados Unidos durante los años treinta. Falleció en 1955. La niñera, Olga Veiland, se convirtió en una apparatchik del PCUS y de la Komintern. Se retiró joven y vivió hasta llegar a la vejez.