lunes, 17 de agosto de 2015

Fallece Robert Conquest, el comunista británico que se hizo de extrema derecha


Hay virajes ideológicos que son dignos de estudio. Una persona joven, por naturaleza impulsiva e ingenua, puede y debe defender cuantas tesis políticas radicales crea conveniente. Con el contrapunto que aporta la experiencia personal, más adelante esas ideas serán vistas como devaneos doctrinarios que la misma persona, más madura y centrada, considerará necesario matizar. Es un proceso que se da constantemente en nuestra sociedad. Sin embargo, pasar de tener una conciencia comunitaria y empática con los más desfavorecidos a defender un neodarwinismo social casi salvaje, es una de esas mutaciones mentales difíciles de comprender. ¿Qué es lo que provoca que una persona sensible con todo lo relativo a la existencia humana acabe aborreciendo a los que no son de su clase social? Es una pregunta compleja de difícil respuesta. Quizás se trate, en el fondo, de un simple problema de personalidad. De identidades 'líquidas' que se adaptan al recipiente de la realidad cotidiana dejando de lado las abstracciones idealistas (y que Bauman me perdone por copiar sus conceptos). O puede que sea puro narcisismo, alimentado con el reconocimiento que artistas e intelectuales reciben de forma exagerada hasta convertirlo en enfermizo. O frustración acumulada por la decepción ante unas ideas que creyeron, en su día, infalibles. Quizás sea la suma de todo eso y de algo más que se nos escapa y que forma parte de los cimientos de la construcción social de los individuos. Lo que es indudable es que juntándose con los poderosos, estos seres 'líquidos' aumentan la importancia y la credibilidad de su obra, mientras aquellos los utilizan para dar legitimidad a sus actos, a menudo infames. Es la simbiosis perfecta.

Si existe un ejemplo paradigmático de lo denominado popularmente como 'pecado de juventud' y 'cambio de chaqueta' ese es el caso del historiador británico George Robert Acworth Conquest, fallecido el pasado 3 de agosto en Palo Alto (California) a los 98 años de edad. Conquest se afilió al Partido Comunista de Gran Bretaña en 1937, después de haber estudiado la carrera de Historia en las universidades de Oxford y Grenoble. En aquella época viajó a Bulgaria y a la Unión Soviética, una visita esta última (durante las purgas de Stalin) que según parece fue decisiva en su giro ideológico. Luchó en la Segunda Guerra Mundial en los regimientos de infantería de Oxfordshire y Buckinhamshire y acabó trabajando para la inteligencia británica. Más adelante entró en la Information Research Department (IRD), un organismo creado con el propósito de fomentar las ideas anticomunistas. A partir de entonces comienza su actividad como escritor, con obras en las cuales no solo luchó contra el estalinismo sino directamente contra el comunismo, un credo que el mismo defendía con fervor tan solo dos décadas atrás. En 1968 publicó El gran Terror: la purga de Stalin en los años 30, un libro basado en datos oficiales hechos públicos tras el 'deshielo' decretado por Jrushchov, en el que intentó demostrar la tesis de que Stalin provocó la muerte de 20 millones de soviéticos. No deja de ser interesante, y contradictorio a la vez, que un ya por entonces anticomunista radical y confeso, como Conquest, utilizase datos facilitados por un comunista y (ex) estalinista, como Nikita Jrushchov, para combatir ideológicamente a la URSS. Años más tarde, con la apertura de los archivos soviéticos, tuvo que suavizar estas cifras rebajándolas en un 25%. El número de muertos durante el periodo estalinista ha fluctuado siempre entre cantidades extremas que van desde los diez millones propuestos por Alec Nove a los cincuenta millones de Norman Davies, unas diferencias incongruentes que alcanzan el 400%.

A partir de entonces, el posicionamiento de Conquest derivó desde la moderación del Laborismo británico, en el que estuvo adscrito durante unos años, hasta el fanatismo de extrema derecha, apoyando explícitamente primero a Margaret Thatcher y después a George W. Bush, quien en 2005 le impuso la medalla presidencial de la Libertad. Nunca hizo autocrítica sobre los efectos de las políticas neoliberales de Thatcher en los años ochenta (cierre de minas y grandes empresas, incremento del paro, aumento desmesurado de las diferencias de renta en Gran Bretaña) ni sobre las misiones geoestratégicas ordenadas por Bush en Irak con la excusa de las inexistentes "armas de destrucción masiva", provocando enfrentamientos y matanzas que aún hoy en día perduran. Ni rebatió las críticas que él mismo vertió contra la URSS por la invasión de Afganistán en 1979, donde los talibanes fueron financiados por los Estados Unidos para hundir económicamente a la Unión Soviética. Los mismos talibanes que años después atentaron contra intereses norteamericanos en el 11-S. Conquest mantuvo un silencio absoluto en lo que respecta a todos estos temas incómodos. Tampoco entró nunca en polémicas sobre el destino de Rusia tras el colapso de la URSS, con un Yeltsin siempre ebrio, pero aplaudido por Occidente, cuyas políticas económicas condujeron a la desaparición de diez millones de rusos del censo oficial, una herramienta que fue esencial en sus estudios.

Robert Conquest, criticado en los años sesenta por el mismísimo Jorge Semprún (otro renegado de las ideas comunistas), quiso extender el término 'totalitario' hasta el exiguo mandato de Lenin. Un colega suyo, Eric J. Hobsbawn, nacido como él en 1917, opinó en su día que ni la URSS ni el estalinismo fueron totalitarios porque "no cambiaron la forma de pensar de los rusos". Como prueba, la forma en que la Unión Soviética acabó siendo colapsada por la misma acción (o inacción, en algunos casos) de sus ciudadanos. En cambio, el nazismo alemán sí lo fue porque llevó a todo un país a estar a favor del extermino de una raza, la judía, por el bien de una causa inviolable: la grandeza de Alemania. En este caso hubo un cambio claro en la "forma de pensar" de los alemanes, cuyos herederos parecen creer aún en ese destino eterno en lo universal (a juzgar por los últimos acontecimientos vividos en la Unión Europea).

Estos personajes 'líquidos' nunca hacen público el proceso intelectual y emocional que a lo largo de sus vidas les lleva a adoptar semejantes posturas incoherentes. Son eso, una pura contradicción imposible de discernir dentro de la lógica social marcada por el sentido común. Critican con visceralidad a los gobiernos populistas de izquierda, que les recuerdan lo que fueron ellos mismos en el pasado, mientras miran hacia otro lado cuando en su propio país se produce alguna violación de los derechos humanos o un acto de injusticia. Y todo, según parece, por la tríada inseparable que mueve el mundo: dinero, poder y prestigio.

El obituario de Robert Conquest se publicó ayer en el diario El País. Descanse en paz.

jueves, 13 de agosto de 2015

… Y el osito Misha atravesó el cielo de Moscú (leyendas de la mascota olímpica de 1980)


El 23 de octubre de 1974 la capital de la URSS fue designada sede de los XXII Juegos Olímpicos que se celebrarían seis años más tarde. Tras conocerse la noticia, miles de ciudadanos soviéticos enviaron cartas al Kremlin pidiendo, casi exigiendo, a los dirigentes del país que la mascota de los Juegos fuese un oso y se llamase Misha, como todos los osos rusos. El Comité Central del PCUS, ante la avalancha de peticiones, aceptó la decisión popular y convocó en 1977 un concurso público para su diseño. El 19 de diciembre de ese mismo año, el Politburó aprobó el boceto de un oso pardo presentado por Víktor Andreyévich Chizhikov, un ilustrador de cuentos infantiles de 42 años de edad nacido en Moscú. El osito Misha, hipocorístico de 'Mijaíl' y de nombre completo Mijaíl Potapich Toptigin, fue la primera mascota oficial que inició el lucrativo negocio del merchandising.

Los Juegos Olímpicos de Moscú, inaugurados el 19 de julio de 1980 en el Estadio Central Lenin, quedaron deslucidos por la ausencia de grandes figuras del deporte mundial y fueron, además, deficitarios. Sesenta y cinco países de todo el planeta, con EE.UU. a la cabeza, boicotearon la cita olímpica en protesta por la invasión soviética de Afganistán iniciada el año anterior. No fueron pues unas Olimpiadas memorables pero sí tuvieron la mejor ceremonia de clausura que se ha visto nunca, con un Misha volador que fue el gran protagonista de una efeméride de la cual se acaban de cumplir treinta y cinco años. El osito Misha sigue siendo considerado la mejor mascota olímpica de la historia.

Demostrando una vez más que la geopolítica y las relaciones humanas siguen a menudo caminos divergentes, muchos de los espectadores que el día 3 de agosto de 1980 acudieron al Estadio Lenin para presenciar en directo la ceremonia final de las Olimpiadas eran ciudadanos de las naciones que las habían boicoteado. Estados Unidos impidió que sus atletas, y los de otros países, participasen en aquellos Juegos, pero no pudo evitar que el mundo entero fuese testigo de aquel espectáculo. Dos mil millones de personas siguieron la ceremonia por televisión. Después de quince días de competiciones deportivas, la fiesta de despedida se inició con los rituales propios de este tipo de celebraciones. Casi al final del acto, un osito Misha de ocho metros de alto e inflado con helio hasta hacerlo flotar en el aire, fue introducido por una de las puertas del estadio y transportado por unos miembros del staff hasta el centro del césped. Veinticuatro globos de colores, también de helio, pendían de sus patas mediante cuerdas. Se trataba de un muñeco fabricado con un material de goma cuidadosamente diseñado en el Instituto Soviético de Investigación de la Industria del Caucho. Con los primeros acordes de la canción “Da Svidania, Moskva”, compuesta por Aleksandra Pakhmutova e interpretada por Lev Leshchenko y Tatiana Antsiferova, cuatro mil quinientos soldados del Ejército Rojo construyeron un enorme mosaico de la mascota, junto a la frase “Buen viaje”, en una de las graderías. El movimiento sincronizado de las cartulinas creó el efecto de que varias lágrimas caían de su ojo izquierdo. De improviso, con las luces del estadio atenuadas, el Misha gigante se despidió del público con las patas delanteras y comenzó a volar, primero verticalmente y luego desplazándose hacía el sur muy lentamente. Todo el mundo quedó impactado ante aquella coreografía simple pero perfecta, con una carga emocional nunca sentida hasta aquel momento en ningún acontecimiento similar. Una emotividad que no ha sido superada con el trascurrir de los años, pese a la irrupción de las técnicas digitales en el mundo del espectáculo. O, quizás, precisamente debido a ello. Los grandes protagonistas de aquel instante irrepetible continúan todos vivos: el dibujante Víktor Chizhikov (79 años), la compositora Aleksandra Pakhmutova (85 años) y los cantantes Lev Leshchenko (73 años) y Tatiana Antsiferova (61 años).

Escena de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de 1980. Para poder ver el vídeo completo (bloqueado por Mosfilm para páginas web como ésta) hay que ir al siguiente enlace: Olimpiski Misha Moscow 1980 

Circulan muchas leyendas sobre el origen y el destino final del gigantesco Misha de goma. De la invención de estos mitos se encargó el tradicional oscurantismo informativo que reinó en la Unión Soviética a lo largo de su historia. La costumbre de manipular y censurar las noticias, como mecanismo de defensa ideológico, fomentó durante años la difusión de rumores, algunos falsos y otros no, entre sus ciudadanos. Para completar las informaciones que les llegaban de forma fragmentaria, los soviéticos de a pie solían añadirles detalles que acababan, a menudo, reinventándolas. Y cuanto más fantasiosos eran, más rápidamente solían difundirse esos rumores. El osito Misha no fue indemne a ellos.

La primera y más repetida leyenda la encontramos escrita en los artículos de la Wikipedia que tratan actualmente sobre la mascota rusa. La mayoría de ellos, en sus respectivos idiomas, comentan de forma reiterada que tiempo después de aquel acto de clausura el globo con forma de oso fue “divisado en Siberia, Alaska y regiones septentrionales” del planeta. La idea de que Misha estuviese volando durante años, quizás décadas, por los cielos de todo el mundo es una historia inverosímil pero llena de ternura. Pocos padres, sobre todo rusos, se pueden resistir a la tentación de explicarles a sus hijos pequeños una fábula como ésa. Es por ello que la propagación de este rumor, y su posterior difusión viral a través de internet, ha convertido un hecho imposible en un mito. Porque la realidad es que el oso de goma fue mostrado aquel mismo año en la Exposición de Logros de la Economía de la URSS (VDNJ), por lo que en algún momento, inmediatamente posterior al 3 de agosto, tuvo que ser recuperado por las autoridades soviéticas.

Muchos rusos siguen queriendo encontrar al osito Misha entre las cimas de las montañas de su país 

La segunda leyenda se refiere a su caída en las inmediaciones del estadio olímpico, conocido ahora con el nombre de Luzhnikí. La mayoría de las descripciones que circulan sobre lo que ocurrió aquella tarde de agosto suelen insistir en que el globo cayó en las Colinas Lenin (las actuales Colinas de los Gorriones), en la zona de la Universidad de Lomonósov. La hipótesis es verosímil teniendo en cuenta la trayectoria que siguió en el aire y el hecho de que, una vez atravesado el río Moscova, se toparía sin duda con las elevaciones donde se halla el campus de la universidad. Algunas explicaciones más detalladas especulan con la idea de que el oso hinchable permaneció una hora flotando sobre las colinas antes de desplomarse en el suelo. O bien que tuvieron que ser unos francotiradores del Ejército Rojo los que lo derribasen desde un helicóptero disparando contra los globos. Y que al caer lo hizo sobre un puesto de venta de cerveza provocando “un susto de muerte” a sus dos empleados. Sin embargo, hay en esta conjetura algunos detalles dudosos. Aquella tarde, la ciudad de Moscú estaba invadida por visitantes soviéticos y extranjeros que habían asistido a los Juegos pero no a la ceremonia de clausura, limitada a unos miles de espectadores. Teniendo en cuenta que las Colinas Lenin tienen uno de los miradores más espectaculares de la ciudad, resulta sorprendente que nadie hiciese una foto del globo, tanto agitándose en el aire como estrellado contra el suelo, por mucho que la policía hubiese tomado el control de las calles. La falta de una prueba gráfica sobre aquellos hechos resta veracidad a esta hipótesis.


El mirador de las Colinas Lenin (actualmente, de los Gorriones) ofrece una perspectiva extraordinaria del estadio Luzhnikí, ahora cubierto (la fotografía es del autor del blog y fue realizada en 2006). Si el Misha de goma cayó en las inmediaciones de este lugar, alguien tuvo que verlo o fotografiarlo 

La tercera leyenda es la más completa y convierte a Misha en una nave tripulada. Tiene alguna parte plausible pero otras nos remiten a los episodios más novelescos de la época del Telón de Acero. La historia comienza con los dos inconvenientes que presentó a priori la idea de un Misha volador. En primer lugar, cómo conseguir que, alcanzada cierta altura, el globo se desplazase horizontalmente. Y, en segundo lugar, cómo hacer que no topase con el pebetero olímpico ni con alguna de las cuatro columnas de focos. Este accidente, de haber ocurrido, hubiese provocado una explosión con consecuencias catastróficas para el público del estadio y un ridículo espantoso a nivel internacional para las autoridades de la URSS. En abril de 1979, un grupo de trabajo del TsAGI, el Instituto Central de Aero-Hidrodinámica de Zhukovsky (Moscú), inició el proyecto denominado 'Medved' ('Oso'). Al cabo de unos meses de reuniones, la estrategia para controlar el Misha aéreo parecía no tener solución. Un ingeniero llamado Aleksandr A. Trusov propuso disfrazar a un hombre con un traje de oso y hacerlo volar mediante globos, de tal forma que él mismo controlase su propia trayectoria desde el cielo. El 23 de noviembre de 1979 la propuesta fue aceptada y se empezaron a realizar los primeros vuelos de ensayo en el aeródromo militar de Kubinka-2, al oeste de la ciudad. De forma sorprendente, el mismo Trusov, casado y con tres hijos, se ofreció voluntario para realizar estas pruebas. El primer vuelo, llevado a cabo a poca altura, culminó con éxito: el ingeniero se elevó, flotó en el aire y aterrizó suavemente a una corta distancia del punto de partida. El siguiente ensayo se efectuó hasta una altura de 100 metros, emulando lo que debería ocurrir al año siguiente en el interior del Estadio Lenin. Sin embargo, en un momento del ascenso, Trusov se dio accidentalmente la vuelta y fue ganando altura de forma descontrolada hasta alejarse a toda velocidad del campo de aviación. Cuando se le perdió de vista, las autoridades soviéticas organizaron un equipo de rescate para intentar localizarlo. Tras unos días de búsqueda infructuosa, al cabo de una semana se le dio oficialmente por desaparecido. Esta historia, muy propia de aquellos años, podría formar parte perfectamente del imaginario rocambolesco de los moscovitas, plagado de anécdotas inverosímiles. Porque, según comenzó a circular poco después por los mentideros de la ciudad, trasladados actualmente a los foros de internet, la familia Trusov al completo reside desde 1980 en Chicago, Illinois (Estados Unidos). ¿Murió Trusov en la caída y se le dio por huido para no desvelar la naturaleza del experimento? ¿Atravesó la frontera vestido de oso y pidió asilo político en el país donde aterrizó? ¿Existió realmente Aleksandr Trusov? Está claro que, transcurridos los años sin que nadie haya podido verificar esta historia, es poco probable ya que estos interrogantes obtengan respuesta alguna.

Señalado con una flecha, el aeródromo militar de Kubinka-2. El sitio donde supuestamente se llevaron a cabo los ensayos previos a la ceremonia del 3 de agosto de 1980 

Tras el supuesto fracaso del proyecto de Trusov, se optó por construir el muñeco de goma que todos conocemos, relleno de helio de cintura para arriba. Un miembro del TsAGI, Yuri Maltsev, presentó una propuesta para mejorar su diseño. La colocación de unos globos en sus patas fue, más que un recurso estético de cara a la ceremonia, una solución de ingeniería con la que se consiguió desplazar su centro de gravedad más allá del eje central de la figura. Esta variante de la historia no es en absoluto descabellada ya que, desde el punto de vista de la Física, el concepto es del todo correcto: con los globos tirando del muñeco y las extremidades traseras inclinadas hacia la parte posterior, el oso se propulsaría automáticamente hacia adelante. Sin embargo, el problema de la trayectoria y de los obstáculos en el estadio dependía demasiado del viento y el azar, una opción excesivamente arriesgada para una ceremonia televisada en directo a todo el mundo. Maltsev propuso colocar los globos en las patas traseras e introducir en una de ellas a un operador de vuelo que controlase in situ los movimientos del Misha hinchable. Aceptada la idea, se emprendieron nuevos ensayos de la maniobra, esta vez con el piloto I.K. Artamonov dirigiendo el artefacto desde su interior. Con las condiciones del estadio reproducidas en el campo de pruebas, Artamonov inició el vuelo con éxito hasta que, una vez más, el ingenio falló y acabó dándose la vuelta, aunque en esta ocasión con consecuencias desastrosas: pese a que consiguió controlar manualmente el globo, un incendio acabó con la vida del piloto, que murió en la ambulancia que lo conducía hasta un hospital. Esta historia pudo suceder perfectamente tal como viene explicada en algunas fuentes. La idea de gobernar el oso desde dentro, como en una nave aerostática, no es del todo disparatada. Sin embargo, resulta extraño que la propaganda antisoviética no utilizase este accidente para criticar internacionalmente la “ineficacia” del sistema, tal como a muchos les gustaba describirlo.

Ante este nuevo descalabro, uno de los directores del proyecto, A.I. Faber, decidió colocar los globos en las patas delanteras y diseñar unas orejas que dotasen de estabilidad a todo el conjunto. Los ensayos fueron esta vez un éxito y ese fue el modelo final de Misha que apareció el día de la clausura. Otra de las cuestiones que preocupaba a los organizadores era que el globo pudiese chocar contra algún medio de trasporte que se encontrase en aquel momento sobrevolando la ciudad. Se decidió entonces crear el llamado 'corredor del oso', un pasillo aéreo con los vuelos restringidos entre el estadio olímpico y el distrito de Solntsevo, más allá de la carretera de circunvalación. Fue trazado a partir de los datos estadísticos disponibles sobre el viento en Moscú.

 El 'corredor del oso', el espacio aéreo libre de aviones entre el Estadio Lenin y Solntsevo

Croquis de la versión definitiva del Misha gigante. De arriba a abajo, en los letreros pone: bolas de rodamiento, helio, cabina del piloto y lastre 

Sea cual fuese la realidad de todos estos prolegómenos, lo cierto es que al cabo de unos meses llegó la fecha definitiva que todos estaban esperando. La leyenda explica que un joven pero experimentado piloto de pruebas, llamado Ruslán Surov, fue el encargado de introducirse en una de las patas de Misha antes de que éste entrase en el Estadio Lenin. Desde ese rincón del muñeco controlaría la presión del helio contenido en su interior, pero no la de los veinticuatro globos que tiraban de él. La ceremonia se desarrolló tal como sabemos. Cuando el muñeco de goma alcanzó cierta altura, desapareció de la vista de los espectadores y de las cámaras de televisión gracias a su diseño y a un ligero viento del este que soplaba esa tarde en Moscú, esquivando la antorcha olímpica y los focos del estadio. Todo el mundo lanzó un suspiro de alivio. En pleno vuelo, Surov se comunicó por radio con varios puntos de la ciudad que le informaron de la dirección del viento, entre ellos el propio Faber y la torre de control de Kubinka-2. Repentinamente, su velocidad empezó a aumentar. El globo sobrevoló las Colinas Lenin y continuó su trayecto directamente hacia el sur, pasando de largo también del distrito de Solntsevo, punto final del 'corredor del oso' y lugar donde se había previsto que aterrizaría. Las personas involucradas en esta maniobra acordaron usar la palabra clave 'antorcha', muy apropiada dadas las circunstancias, para anunciar algún peligro inminente durante la operación. La fuerza del viento siguió aumentando y, mientras el público abandonaban el estadio completamente extasiado por el espectáculo que acababa de ver, Surov y el globo se dirigieron a toda velocidad en dirección hacia la población de Borodinó, el campo de batalla donde en 1812 Napoleón había perdido la guerra contra Rusia. Según parece, la palabra 'antorcha' sonó más de una vez por la emisora de radio, hasta que se perdió la señal. Con las comunicaciones cortadas y sin opción alguna de saber dónde se encontraba exactamente, a eso de las dos de la madrugada el piloto accionó la válvula de seguridad y Misha se precipitó al suelo. Afortunadamente para él y para los organizadores, Surov salió ileso del aterrizaje. Según esta leyenda, cayó en las inmediaciones de Mozhayskoye, un embalse inaugurado en 1962 que se encuentra a 125 kilómetros de Moscú. Hay tres variantes diferentes para explicar la caída del oso y el piloto: una dice que lo hicieron sobre una casa de huéspedes llamada 'Vympel'; otra, que cayeron a plomo sobre el espeso bosque de abetos que había en la zona; y la última, que se precipitaron sobre el puesto de venta de cervezas que otros sitúan en las Colinas Lenin. Transcurridas más de tres décadas desde entonces, lo que sucedió realmente aquella noche nunca será conocido del todo. Porque más que saber la verdad, cada uno prefiere quedarse con su versión favorita de la historia.

La supuesta trayectoria del globo aquella tarde-noche del 3 de agosto de 1980, entre el Estadio Central Lenin y el embalse de Mozhayskoye, a 125 kilómetros de distancia 

Independientemente del lugar y el momento en el que cayó, el Misha de ocho metros fue expuesto durante meses en el Pabellón de la Juventud del VDNJ de Moscú, donde miles de niños lo visitaron a diario antes de ser retirado a un sótano de la sede del Comité Olímpico de la Unión Soviética. Una empresa privada de la Alemania Occidental pretendió adquirirlo por cien mil marcos, en un intento descarado y premonitorio de expropiar un bien cultural de la URSS. Las autoridades soviéticas se negaron. Sin embargo, por desidia de sus cuidadores, el oso de goma comenzó a ser mordisqueado por las ratas del sótano donde había sido confinado, hasta que éstas acabaron destrozándolo.

 El Misha de ocho metros expuesto en el Pabellón de la Juventud del VDNJ de Moscú, en el otoño de 1980 

Los acontecimientos posteriores -la perestroika, la crisis final de la URSS, el golpe de Estado de 1991 y la abrupta desaparición del país- condenaron a Misha, al símbolo olímpico y a su sosias de caucho, al más completo y triste de los olvidos. Sólo un par de décadas después, superada la fiebre pro occidental de los años noventa y revalorizado el significado histórico de la Unión Soviética, la figura del oso olímpico ha vuelto a convertirse en un objeto de culto a recuperar. No así el gigante de goma, que se da por destruido o en manos de algún coleccionista que aprovechó el expolio de la era Yeltsin para añadirlo a su colección de reliquias. 

Un oso llamado Bely Mishka fue una de las tres mascotas que personificaron los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Sochi en febrero de 2014. Pese a tratarse de un oso polar, muchos lo vieron como la versión modernizada de un “nieto de Misha”, aunque el propio Víktor Chizhikov no se ahorró las críticas acusando a sus diseñadores de plagio. Casualmente, los Juegos de Sochi fueron los de la vigésimo segunda Olimpiada de Invierno, igual que los del verano de 1980. Y Mishka, en la ceremonia de clausura, soltó una lágrima que recorrió su mejilla, esta vez generada digitalmente y no con cartones de colores, tal como sucedió con Misha hace treinta y cinco años. Esta ceremonia, occidentalizada, sofisticada y espectacular, no tuvo nada que ver, desde el punto de vista emocional, con la de Moscú. Tampoco las circunstancias históricas eran las mismas. Nunca la frase “menos es más” ha tenido tanto sentido como en este caso.

Zaya, Bely Mishka y Leopard, las tres mascotas de los Juegos Olímpicos de Sochi 2014

 Las lágrimas del osito Misha en 1980 fueron imitadas en la ceremonia de clausura de Sochi 2014 

Todos llevamos dentro a un niño que necesitamos exteriorizar de vez en cuando. El osito Misha lo consiguió aquella tarde del 3 de agosto de 1980, en el Estadio Central Lenin de Moscú. Y lo sigue haciendo cada vez que vemos las imágenes de la mujer anónima que, entre sollozos, le lanza un beso al aire, despidiéndose de él. De tanto en tanto es conveniente volver a sentir la pureza de nuestros años inocentes y derramar algunas lágrimas por el simple placer de hacerlo. Deberíamos llevar siempre junto a nosotros a un osito Misha que nos recuerde quienes somos.

 Otra de las protagonistas de aquel momento histórico fue esta bella y anónima mujer, posiblemente rusa, que una de las cámaras de la TV soviética captó mientras lloraba en el momento en que Misha comenzaba a ascender hacia el cielo


En la población rusa de Cherepovéts, en el óblast de Vólogda, se conserva un Misha grabado en la fachada de un edificio de viviendas. Desgraciadamente, ha sido víctima de algún que otro acto vandálico

martes, 4 de agosto de 2015

El bloque de apartamentos del Comisariado de Finanzas, según Tatiana Pigariova

"El proyecto más interesante del nuevo tipo de vivienda perteneció a Mosei Guinsburg. Era un bloque de apartamentos para los funcionarios del Ministerio de Finanzas, llamado por su creador «máquina para vivir». Su construcción interior, complicada y original a la vez, correspondía perfectamente al concepto de una «máquina» con detalles enroscados y comunicados entre sí. La altura de los techos era desigual para aprovechar al máximo los espacios, los pisos estaban situados a lo largo de un corredor pensado como un «bulevar interior» y lugar de encuentro. Un bloque de servicios con comedor, lavandería y guardería tenía que resolver todos los problemas cotidianos. Pero los espaciosos pasillos para la «nueva clase de gente» se convirtieron pronto en trasteros, el comedor fue cerrado por ser poco rentable y la casa medio abandonada, cuyos escasos habitantes no dejan de quejarse de las «incomodidades experimentales», recuerda un barco náufrago de la utopía estrellada contra la realidad".

(Pigariova, T. (2001) Autobiografía de Moscú. Barcelona: Ed. Laertes, 2001, p.152)


Ver la entrada La Casa-Comuna del Narkomfin ("Dom Narkomfina") del 21 de enero de 2015