lunes, 17 de agosto de 2015

Fallece Robert Conquest, el comunista británico que se hizo de extrema derecha


Hay virajes ideológicos que son dignos de estudio. Una persona joven, por naturaleza impulsiva e ingenua, puede y debe defender cuantas tesis políticas radicales crea conveniente. Con el contrapunto que aporta la experiencia personal, más adelante esas ideas serán vistas como devaneos doctrinarios que la misma persona, más madura y centrada, considerará necesario matizar. Es un proceso que se da constantemente en nuestra sociedad. Sin embargo, pasar de tener una conciencia comunitaria y empática con los más desfavorecidos a defender un neodarwinismo social casi salvaje, es una de esas mutaciones mentales difíciles de comprender. ¿Qué es lo que provoca que una persona sensible con todo lo relativo a la existencia humana acabe aborreciendo a los que no son de su clase social? Es una pregunta compleja de difícil respuesta. Quizás se trate, en el fondo, de un simple problema de personalidad. De identidades 'líquidas' que se adaptan al recipiente de la realidad cotidiana dejando de lado las abstracciones idealistas (y que Bauman me perdone por copiar sus conceptos). O puede que sea puro narcisismo, alimentado con el reconocimiento que artistas e intelectuales reciben de forma exagerada hasta convertirlo en enfermizo. O frustración acumulada por la decepción ante unas ideas que creyeron, en su día, infalibles. Quizás sea la suma de todo eso y de algo más que se nos escapa y que forma parte de los cimientos de la construcción social de los individuos. Lo que es indudable es que juntándose con los poderosos, estos seres 'líquidos' aumentan la importancia y la credibilidad de su obra, mientras aquellos los utilizan para dar legitimidad a sus actos, a menudo infames. Es la simbiosis perfecta.

Si existe un ejemplo paradigmático de lo denominado popularmente como 'pecado de juventud' y 'cambio de chaqueta' ese es el caso del historiador británico George Robert Acworth Conquest, fallecido el pasado 3 de agosto en Palo Alto (California) a los 98 años de edad. Conquest se afilió al Partido Comunista de Gran Bretaña en 1937, después de haber estudiado la carrera de Historia en las universidades de Oxford y Grenoble. En aquella época viajó a Bulgaria y a la Unión Soviética, una visita esta última (durante las purgas de Stalin) que según parece fue decisiva en su giro ideológico. Luchó en la Segunda Guerra Mundial en los regimientos de infantería de Oxfordshire y Buckinhamshire y acabó trabajando para la inteligencia británica. Más adelante entró en la Information Research Department (IRD), un organismo creado con el propósito de fomentar las ideas anticomunistas. A partir de entonces comienza su actividad como escritor, con obras en las cuales no solo luchó contra el estalinismo sino directamente contra el comunismo, un credo que el mismo defendía con fervor tan solo dos décadas atrás. En 1968 publicó El gran Terror: la purga de Stalin en los años 30, un libro basado en datos oficiales hechos públicos tras el 'deshielo' decretado por Jrushchov, en el que intentó demostrar la tesis de que Stalin provocó la muerte de 20 millones de soviéticos. No deja de ser interesante, y contradictorio a la vez, que un ya por entonces anticomunista radical y confeso, como Conquest, utilizase datos facilitados por un comunista y (ex) estalinista, como Nikita Jrushchov, para combatir ideológicamente a la URSS. Años más tarde, con la apertura de los archivos soviéticos, tuvo que suavizar estas cifras rebajándolas en un 25%. El número de muertos durante el periodo estalinista ha fluctuado siempre entre cantidades extremas que van desde los diez millones propuestos por Alec Nove a los cincuenta millones de Norman Davies, unas diferencias incongruentes que alcanzan el 400%.

A partir de entonces, el posicionamiento de Conquest derivó desde la moderación del Laborismo británico, en el que estuvo adscrito durante unos años, hasta el fanatismo de extrema derecha, apoyando explícitamente primero a Margaret Thatcher y después a George W. Bush, quien en 2005 le impuso la medalla presidencial de la Libertad. Nunca hizo autocrítica sobre los efectos de las políticas neoliberales de Thatcher en los años ochenta (cierre de minas y grandes empresas, incremento del paro, aumento desmesurado de las diferencias de renta en Gran Bretaña) ni sobre las misiones geoestratégicas ordenadas por Bush en Irak con la excusa de las inexistentes "armas de destrucción masiva", provocando enfrentamientos y matanzas que aún hoy en día perduran. Ni rebatió las críticas que él mismo vertió contra la URSS por la invasión de Afganistán en 1979, donde los talibanes fueron financiados por los Estados Unidos para hundir económicamente a la Unión Soviética. Los mismos talibanes que años después atentaron contra intereses norteamericanos en el 11-S. Conquest mantuvo un silencio absoluto en lo que respecta a todos estos temas incómodos. Tampoco entró nunca en polémicas sobre el destino de Rusia tras el colapso de la URSS, con un Yeltsin siempre ebrio, pero aplaudido por Occidente, cuyas políticas económicas condujeron a la desaparición de diez millones de rusos del censo oficial, una herramienta que fue esencial en sus estudios.

Robert Conquest, criticado en los años sesenta por el mismísimo Jorge Semprún (otro renegado de las ideas comunistas), quiso extender el término 'totalitario' hasta el exiguo mandato de Lenin. Un colega suyo, Eric J. Hobsbawn, nacido como él en 1917, opinó en su día que ni la URSS ni el estalinismo fueron totalitarios porque "no cambiaron la forma de pensar de los rusos". Como prueba, la forma en que la Unión Soviética acabó siendo colapsada por la misma acción (o inacción, en algunos casos) de sus ciudadanos. En cambio, el nazismo alemán sí lo fue porque llevó a todo un país a estar a favor del extermino de una raza, la judía, por el bien de una causa inviolable: la grandeza de Alemania. En este caso hubo un cambio claro en la "forma de pensar" de los alemanes, cuyos herederos parecen creer aún en ese destino eterno en lo universal (a juzgar por los últimos acontecimientos vividos en la Unión Europea).

Estos personajes 'líquidos' nunca hacen público el proceso intelectual y emocional que a lo largo de sus vidas les lleva a adoptar semejantes posturas incoherentes. Son eso, una pura contradicción imposible de discernir dentro de la lógica social marcada por el sentido común. Critican con visceralidad a los gobiernos populistas de izquierda, que les recuerdan lo que fueron ellos mismos en el pasado, mientras miran hacia otro lado cuando en su propio país se produce alguna violación de los derechos humanos o un acto de injusticia. Y todo, según parece, por la tríada inseparable que mueve el mundo: dinero, poder y prestigio.

El obituario de Robert Conquest se publicó ayer en el diario El País. Descanse en paz.

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